La Mona Lisa se pone seria

Miriam QUEROL

La fina lámina de madera de álamo que desde hace medio milenio sostiene el misterio y la ambigüedad del rostro más contemplado del planeta se está deformando. Los responsables del Louvre están "inquietos" y van a examinar la salud de la madonna Lisa, la enigmática mujer de identidad desconocida recluida en una pequeña vitrina del Museo del Louvre. Sus 38 milímetros de grosor no logran mantenerla a salvo de las miles de visitas diarias, y del paso de años.

Una mañana de agosto de 1911, el Museo del Louvre amaneció con una obra de arte menos. Entre la Santa Catalina de Corrigio y la Alegoría de Tiziano, los guardias que recorrían las salas del museo antes de abrir las puertas, encontraron un hueco estremecedor. La Gioconda de Leonardo había desaparecido. Fue el robo del siglo. Nada se supo de la sonrisa de la Mona Lisa hasta dos años después. Un hombre que, sin pudor ni disimulo, decía llamarse Vicenzo Leonardi trató de vender la joya robada al coleccionista Alfredo Geri. La compró y no perdió la pista del profanador del templo del arte. La copia parecía tan real, que el mecenas acudió al director del Museo Uffizi, y ambos se dirigieron directamente a la policía. Y la Mona Lisa, tras dos años de paseo, volvió a casa, de donde solo ha salido para visitar Japón, en 1963 y EEUU, en 1974.

Le prepararon a su llegada, además de un recibimiento de lujo, un habitáculo con unas medidas de seguridad que no conseguiría burlar ninguna misión imposible y la mantendría a salvo del paso de los años. La pequeña obra de arte de Da Vinci, de 1,40 por 1,30 metros, ha permanecido desde entonces en una vitrina de 38 milímetros de espesor, antibalas, antirreflejo, antiultravioleta, protegida con claves secretas que se cambian todos los días, y climatizada a una temperatura y humedad capaz de conservar, hasta casi la inmortalidad, el rostro más ambiguo de la Historia del arte. Pero algo falla.

El soporte, una delgada lámina de madera, está deformada. Los años y los miles y miles de flashes que cada día rebotan en la vitrina que la guarda resienten al mito. El museo va a comenzar a comienzos del año que viene un estudio científico y técnico dadas las "inquietudes que suscita su estado de conservación". Pero el cuadro seguirá expuesto al público.

Los restauradores aprovecharán, además, para estudiar los materiales y la técnica de la obra, en la que Leonardo buscaba la perfección, igualar su obra a la creación divina. Tal era su obsesión que tardó tres años en pintar a la modelo italiana en el fondo onírico con el que el maestro humanista logró lo que él mismo denominó sfumato, el juego sutil de sombras, que superan al realismo, y artífice del misterio que envuelve el rostro ambiguo y perfecto de la Mona, la madonna, quizá una florentina llamada Lisa, quizá un travesti, como sostienen algunos, una obra que lucha por ser inmortal después de cumplir 500 años.