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Centenario
Dalí (entre paréntesis)
Artista brillante (a ratos), exhibicionista
impúdico (todo el rato) y orgulloso ostentador
(media vida) de uno de los bigotes más
puntiagudos del mundo, Salvador Dalí fue
un icono cultural tan notorio (o más)
por sus excentricidades como por su arte
(y/o factoría). Fue un visionario complejo
(o un demente iluminado) cuyo arte evolucionó
constantemente (no siempre hacia adelante,
claro), pasando desde las seducciones
del impresionismo hasta el absurdo del
surrealismo para culminar en sus obras
tardías más clásicas y comerciales (sobre
todo, comerciales). Y fue pintor, escultor
y escritor, como también uno de los protagonistas
menos convencionales en el mundo del arte
(y del show bussines).
P. J. V. / Agencias (Madrid)
Una
anécdota, seguramente apócrifa pero verosímil,
de Salvador Dalí aparece en la
novela Las extraordinarias aventuras
de Cavalier y Klay, de Michael
Chabon, ganadora del Pullitzer de
2001, e ilustra cómo era vista
la personalidad del extravagante catalán
allende nuestras fronteras. En una fiesta
de bon vivant neoyorquinos en la
que Dalí ejecuta lo que años después llamaríamos
como una performance, el infeliz
se presenta con un traje de buzo, en el
que a punto está de morir asfixiado ante
la impávida mirada de la frivolidad presente,
que cree que el amoratamiento de Dalí
forma parte de la presentación. Finalmente
es rescatado por uno de los presentes
que lo salva de una muerte segura. Los
ojos desorbitados por el pánico, diríase
que quedaron así para siempre (en la caricatura
de la derecha, de Achille Superbi,
se hace patente ese rasgo).
Su extravagancia en el vestir y su hábitual
desconcertante mirada a las cámaras le
endilgaron la merecida reputación de amante
de la publicidad, mientras que muchos
pusieron en duda su estabilidad mental
por sus discusiones francas sobre la sexualidad,
la masturbación y la escatología. No hizo
mucho por mejorar su nombradía el empeño
que puso en que el régimen de Francisco
Franco le diera un título
nobiliario y su abierta simpatía hacia
la dictadura en sus años postreros, que
le sirvieron el rechazo de la intelectualidad
exiliada. Los que lo habían conocido de
joven, dieron en pensar que se había vuelto
loco, coartada perfecta para la decadencia
de su arte y la progresiva ridiculez de
sus comportamientos.
Año Dalí
Algunos
expertos aseguran que Dalí estaba bien
cuerdo y que su exhibicionismo eclipsó
su legado real: su arte. Y esperan confirmarlo
con el "Año de Dalí 2004",
una serie de exhibiciones y actividades
de un año para conmemorar el centésimo
aniversario de su nacimiento, el 11 de
mayo de 1904. La mayoría de las actividades
se llevarán a cabo en Cataluña, donde
Dalí nació en el pueblo agrícola de Figueres.
También se presentarán exhibiciones en
Europa y en algunos lugares en Estados
Unidos como Filadelfia y el Museo Salvador
Dalí en St. Petersburg, Florida.
"La personalidad pública de Dalí y
su obra siempre han estado estrechamente
vinculadas, pero su comportamiento a menudo
eclipsa su arte", dice Montse Aguer,
un organizador del Año de Dalí y director
del Centro de Estudios sobre Dalí en Figueres,
cerca de la frontera francesa. "Queremos
que el público lo conozca mejor. Dalí
tiene muchas facetas: mucha gente no sabe
que también escribió obras teatrales,
creó perfumes, hizo diseños para campañas
publicitarias, trabajó en modas y, durante
un tiempo, trabajó como peinador".
Su energía creativa (o avaricia, según
se mire) era tan prolífica que produjo
más de 1.500 pinturas y dibujos. La última,
Dos fénix en combate-Serie del torero,
fue de 1985, cuatro años antes de su muerte.
También creó decorados para producciones
como Romeo y Julieta y trabajó
en películas como El perro andaluz
de Luis Buñuel, con sus imágenes
chocantes de un ojo asaeteado y burros
muertos. Creó la famosa secuencia del
sueño en la película Recuerda de
Hitchcock, trabajó con Walt Disney
en un esfuerzo infructuoso por hacer una
película Destino al estilo de Fantasía,
e incluso colaboró brevemente con los
Hermanos Marx.
Algunas
de sus obras provocaron disgusto (por
decir lo menos); otras, perplejidad (y
maravilla). Una de ellas expuesta en la
Feria Mundial de 1930 tenía "sirenas"
vivas retozando en un tanque de agua.
Una mujer estaba encadenada a un piano
de cola; otras ordeñaban una vaca. La
profesora de historia del arte Lourdes
Cirlot, de la Universidad de Barcelona,
dice que Dalí apeló a sus excentricidades
sólo para ganar notoriedad. "Trató
de proyectar una imagen de extravagancia
porque 'vende'. Era consciente de ello;
quería provocar. Dalí estaba enormemente
interesado en la fama [y el dinero],
pero básicamente era normal", afirma.
El nombre del hermano muerto
Como el mismo Dalí lo dijo con su gracejo:
"la única diferencia entre un loco
y yo, es que no estoy loco". Nacido
en 1904 en el seno de una familia acomodada,
Dalí recibió el nombre de un hermano mayor
que había muerto de infante un año antes,
hecho que lo marcó para toda su vida.
Desde joven ideó extravagancias para concitar
atención. En su autobiografía, La vida
secreta de Salvador Dalí, dijo que
de niño "era la mar de divertido"
patear la cabeza de su hermanita.
Al
igual que en el caso del genial Picasso
su talento artístico se reveló muy
temprano, y sus padres le construyeron
un estudio en la residencia de vacaciones
que tenían en Cadaques, en la Costa Brava
española. A los 18 años Dalí estudiaba
arte en Madrid, donde trabó amistad con
estudiantes como el poeta Federico García
Lorca y el cineasta Buñuel, dos hombres
que a la vez ejercieron influencia sobre
Dalí y fueron influidos por éste.
Poco después, Dalí leía los escritos de
Sigmund Freud sobre el significado erótico
del subconsciente. Sus interpretaciones
de la obra de Freud alentaron al artista
a explotar sus propios temores y fascinaciones
por lo erótico, un motivo que se reflejó
una y otra vez en sus obras. Recientes
publicaciones, generalmente proveniente
del entorno más inmediato del artista,
sobremanera durante los últimos años de
vida de Dalí, ponen el acento en los particulares
comportamientos sexuales del pintor de
Figueres, sus inclinaciones de voyeur,
y los vericuetos de su sexualidad, así
como el papel que su esposa, Gala,
jugaba en todo ello.
Su importancia e influencia, al cabo,
están mucho más reconocidas
que su calidad, que él mismo se
ocupó de cuestionar con su descosido
aprecio por la fama y su ingente producción
furto más bien de su aprecio al
candelero y el dinero que de la pulsión
creativa que en ocasiones impostaba. El
mayor snobs de todos los tiempos,
como él mismo se definio, se esforzó
tanto por divinizarse que una parte de
la crítica lo lanzó a los
infiernos. Ahora, dicen sus defensores,
ya podemos mirarlo con perspectiva y considerarlo
(o despreciarlo) en lo que justamente
vale.
En cierto sentido, su comportamiento,
mezcla de showman, científico loco
y estrella del rock, lo convierte en un
autor plenamente contemporáneo
(absolutamente postmoderno), quizá
en ese sentido, el más audaz (o
cara dura) de los de su generación,
porque entendió como nadie en qué
consistía esa disciplina indispensable
del marketing (¿un pintor
pop?), es decir, que hablen de uno, aunque
sea mal (aunque sea bien).
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