Palomitas y artes marciales para Verne

La vuelta al mundo en 80 días
Director: Frank Coraci
Intérpretes: Jackie Chan, Steve Coogan, Jim Broadbent, Cécile De France

Mirentxu Mariño (Madrid)

He aquí la primera película puramente estival de este año. Y eso hay que tomárselo como lo que es, es decir, como un producto para la gran pantalla cuya misión es la de llegar al mayor número de gente posible desde una posición de clara desventaja, ya que al parecer se ha puesto de moda realizar grandes premieres en julio y agosto y la competencia es feroz: Spiderman, Fahrenheit 9/11 (Michael Moore) o Kill Bill 2 (Tarantino).

Con este handicap y al estilo "comediafamiliardeaventuras" se presenta la enésima adaptación al cine del clásico literario de Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días, aunque con unos pequeños cambios en el guión como reclamo publicitario y algún que otro efecto especial, que sin llegar a cotas tan altas como las de cualquiera de sus vecinos de cartelera, salvan muy dignamente el desarrollo del filme.

El problema de este tipo de largometrajes en los que ya se conoce el final y que el gran público se sabe de memoria, puesto que han tenido hasta su reflejo televisivo (un tanto desviado, todo hay que decirlo), es que director y guionistas tienen que romperse la cabeza para ofrecer algo diferente. Y en este caso, la novedad llegó de la mano del polifacético Jackie Chan.

Actor y productor ejecutivo, Chan despliega su tan explotado arsenal de artes marciales en un argumento adaptado a su medida, en el que interpreta al por casualidad mayordomo (chino), Passepartout, que acompaña al inventor Phileas Fogg (Steve Coogan) en su periplo mundial para ganarle una apuesta al malísimo Lord Kelvin (Jim Broadbent), el estirado inglés presidente de la Real Academia de las Ciencias de Londres. En esta ocasión, el oriental, que lleva casi todo el peso de la película, se pliega más a los gags cómicos que a su dominio de la lucha, no obstante, resulta más convincente que los un poco 'sosos' y desconocidos Coogan y Cécile De France, actriz que encarna a Monique, la pintora francesa que se apunta in extremis a realizar el arriesgado recorrido por el globo.

Esta baza es quizá el acierto del filme, que juega con la historia personal del mayordomo, la combina con la original y prima la fórmula 'acción más humor' que tantas alegrías le ha dado en su carrera cinematográfica a un Chan que acucia visiblemente el paso de los años. La trama, supuestamente secundaria, de la figura del Buda robada sobresale por encima de la del viaje de los protagonistas y, aunque no encaja demasiado con todo lo demás, cumple con eficacia su papel. Por otro lado, y aludiendo a otro de los añadidos al remodelado relato, la extraña "profesión" de inventor de Fogg y sus escarceos con la electricidad y la aerodinámica, resulta una obviedad su condición de simple recurso para resolver sin obstáculos tanto el comienzo como el previsible final.

Frank Coraci, que dirigió a Adam Sandler en El chico ideal y The Waterboy, ha convertido esta versión de La vuelta al mundo en ochenta días, muy alejada de aquella primera protagonizada en 1956 por David Niven, en una entretenida comedia sin grandes pretensiones, con historia de amor incluida, malos y buenos y pinceladas de animación a lo 'Disney' que referencian, sirviéndose de la elipsis, el paso inevitable de los días. Rodada entre Berlín y Tailandia, el largometraje rebosa colorido y transcurre con rapidez, algo que se agradece si uno no está muy convencido de lo que ha ido a ver.

Pero lo que sin duda constituye una grata sorpresa es la inclusión de varios 'cameos' (unos hilados más finos que otros) de actores archiconocidos, un recuso muy útil para mantener en buena forma la atención del espectador. Siempre merece la pena contar con la presencia de 'monstruos' de la interpretación como John Cleese o Kathy Bates, aunque sólo aparezcan unos minutos y, por lo que parece, pasándoselo en grande.

Los niños disfrutarán de la historia y los adultos que les acompañen no se irán del todo con las manos vacías; eso sí, deben acudir sin ningún tipo de prejuicio y quitándose de la cabeza la idea de que van a revivir la maravilla "verniana" de antaño. Así lo han querido los creadores.