Alejandro, maGnon troppo

Pablo M. Beleña / Silvia Serrano

Hollywood sigue a lo suyo. Convierte en oro todo lo que reluce y lo que no. Tanto las historias más chabacanas como los mitos de la Europa clásica. Hace mucho que los yanquis habían abandonado el cine de cartón piedra, pero la incursión de Ridley Scott en Gladiator volvió a marcar la senda de las producciones históricas. Alejandro, Alexander para los amigos anglosajones, es otro caso (y víctima) de ello.

Pero es cierto que Oliver Stone ha sabido dirigir una superproducción norteamericana -aunque en la producción figura capital europeo- sin hundir el barco de la gran historia que hay detrás del filme. No hace falta recordar los enésimos casos de maltrato yanqui, ni remontarnos en exceso. La mencionada Gladiator o Troya han sido casos recientes de destrozo sistemático de la Historia a favor del 'show'.

Alejandro Magno es un filme hijo de un híbrido entre el cine comercial y el amor de un director grande, como es Stone, por la mítica figura del joven conquistador macedonio. Envuelta en la polémica por tratar la bisexualidad del protagonista, la película no adolece precisamente de rigor en este punto, sino en la extrema dificultad de recoger su vida y sus conquistas en tres horas de rollo de película. Lo de "rollo" no va con segundas. De hecho, es una obra digna de ver en cualquier momento y por supuesto, ante la pantalla de una gran sala de cine.

Stone se ha sabido rodear de un buen elenco de actores sin abusar en el talonario, y ha confiado el guión, la fotografía y la banda sonora en grandes manos. El guión, comentó Massimo Manfredi en una entrevista a ABC, autor de la trilogía literaria sobre Alejandro y que ha inspirado al filme, es "unilateral" y castiga en ocasiones el rigor de la fuentes históricas. Pero es correcto y salva el tono asiduo del cine hollywoodiense. En cuanto a la fotografía, obra del mexicano Rodrigo Prieto, hay que referirse a ella como una verdadera joya. Su momento cumbre, la batalla en el Indo ante las tropas del rey Poro, en la que Alejandro es herido mortalmente. La matización en capas rojas de luz envuelve toda la pantalla.

¿Y qué decir de la banda sonora magna de Vangelis? Para empezar, la película acierta en su elección porque evita con ello crear otra música de película basada en el recurso ya más que mascado de la orquestación sinfónica y tono épico basado en los coros y la sección de percusión. El compositor y teclista griego, creador de míticas bandas sonoras para Blade Runner o Carros de fuego, envuelve las gestas de Alejandro en una atmósfera de música electrónica, envolvente y mágica. Cuando necesita de la fuerza expresionista que da la orquesta, de ella echa mano. De lo mejor de la película.

Las sensaciones finales tras el visionado de Alejandro Magno pueden se varias. Para los más puristas, Stone no ha conseguido quizás reflejar las facetas más atractivas del rico personaje. ¿Dónde está el gran estratega militar y el orador, y el amigo fiel? Más bien Stone abusa del recurso de la figura del rey demasiado joven, a veces inmaduro para la guerra y la política, de sensibilidad a flor de piel, bisexual... Colin Farrell no está a la altura y tan sólo cumple encarnando al protagonista. Angelina Jolie sorprende con una contundencia en su actuación como la madre del conquistador. Val Kilmer no convence en la piel del padre y antecesor en el trono macedonio. Sobreactúa.

En general, los actores exageran sus papeles porque Stone quiere convertir en tragedia griega un guión que no da para ello. Porque la vida de Alejandro Magno es muy posterior al tiempo de los mitos que se reflejan en los textos de Esquilo, Eurípides o Sófocles. Ya no es la vida de un héroe mitológico. Es un personaje histórico cuyas fuentes son escasas y muy parciales, pero nunca envuelto en un velo de misterio más allá de la leyenda.

Pero no nos olvidemos de el otro grupo de espectadores. Quienes esperan encontrarse un peliculón de aventuras y drama sentimental, encontrarán un fuerte argumento para seguir creyendo en Oliver Stone y, sobre todo, para caer en la nueva moda: la alejandromanía. Al tiempo. Porque el filme da pie al entusiasmo. No nos engañemos, es un peliculón. Por qué dejar que la verdad estropee una buena... película.