El más duro del inframundo

Constantine
Director: Francis Lawrence
Intérpretes: Keanu Reeves, Rachel Weisz

María José ARIAS (Madrid)

Una muestra más de que el cómic se ha convertido en una de las fuentes más prolíficas para el cine es el estreno de Constantine, basada en la serie gráfica Hellblazer, cuyo personaje tiene su origen en la mítica Saga of the Swamp Thing, del británico Alan Moore. En los últimos meses ya hemos podido comprobar como el séptimo arte ha recurrido al papel para paliar la sequía de ideas. Aún están en cartel Sky Captain o Elektra y pronto llegarán American Splendor y la nueva de Batman, sin contar los proyectos de los clásicos V de Vendetta o Sin City. La que ahora nos ocupa, Constantine, es la adaptación, más bien libre, de un cómic que en los últimos tiempos estuvo de capa caída por culpa de un cambio de guionista no demasiado afortunado y tras sufrir el rechazo del padre de la criatura, que tampoco ha visto con buenos ojos la adaptación cinematográfica de su creación. Pero, dejando a un lado las referencias al original, la historia resulta llamativa, rodada con acierto, con una música muy bien elegida, y con un Keanu Reeves que hasta parece que da el tipo -bien es cierto que tampoco es que tenga mucho que hacer-.

John Constantine es uno de esos personajes cargados de mala leche, individualista y con el cigarrillo siempre colgando de los labios. Sea por aparentar ser más duro que nadie o simplemente porque quiere morir joven. El personaje creado por Alan Moore en los ochenta, al que ahora da vida un Keanu que en nada se parece físicamente con su protagonista, está basado originariamente en el rostro del cantante Sting y puramente británico. Es de esos tipos que cuándo entran en un bar todos los de la barra se giran para observarle y se pelean por invitarle a una cerveza sólo por no ponerse lo en contra. Un solitario con un pasado oscuro y un trabajo aún más negro.

Un mundo en el que diablos medio humanos, humanos medio ángeles y simplemente humanos conviven sin que estos últimos tengan que saberlo es el ambiente en el que Constantine se ve obligado a parasitar en pos del equilibro de una sociedad que se niega a aceptar la realidad. Desde que dio el primer grito en el paritorio, ha visto lo que otros no pueden: maldades, híbridos, demonios y toda clase de seres fuera de lugar que en la mente de un niño-adolescente lo único que pueden provocar es que se vuelva loco. O, lo que es aún peor, que lo demás piensen que lo estás si tienes el valor suficiente para reconocer tu 'don'. Ante tanta presión, Constantine decidió poner fin a su sufrimiento y se suicidó. Pero eso no gustó a Dios, que considerando el suicidio como un pecado mortal lo envió al calorcito del infierno, de donde logró volver.

Y en esa vuelta entre los vivos comienza la película. La lucha de un hombre desahuciado por un cáncer de pulmón por ganarse el cielo de la mejor forma que se le ocurre: matando a los híbridos demoníacos y angelicales que se empeñan en romper el orden lógico de las cosas. Una forma de ganarse las 'alas' que no resulta de todo adecuada para el Creador. Para quienes no han abierto en su vida un cómic de Hellblazer, la trama resulta atractiva y hasta puede darnos que pensar. Una forma de dar vueltas a las cosas que pueden provocar más de un dolor de cabeza a la salida del cine. ¿Qué haría si me diesen sólo unos meses de vida? ¿He sido lo suficientemente bueno para que San Pedro me dé el visto bueno?

La película, que en algunos momentos resulta algo desagradable por la cantidad de seres horrendos y desagradables que pueblan la ciudad, recrea un ambiente sórdido en el que cada uno se preocupa de sus propios asuntos. Personajes de lo más estrafalarios contribuyen a la sensación de ahogo y caos que reina en la vida del protagonista, cuya forma de ganarse la vida y el cielo, no lo olvidemos, es similar a la de un exorcista. Un cura alcohólico, un freaki que colecciona todo tipo de objetos esotéricos, el dueño de un club al estilo Abierto al amanecer y una policía que se refugia en la religión para no recocer que tiene el 'don'. Desde luego todo un mejunje de personalidades del que puede salir cualquier cosa.

A pesar de lo extraño que puede, y es, el argumento de esta película el resultado es convincente hasta los minutos finales, cuando recurren a un tópico católico para resolver una trama enredada que podría haber ofrecido una resolución más trabajada. Al menos para quienes Constantine era todo un desconocido hasta el primer minuto de metraje. Entretiene e invita a pensar, aunque esto último quizá no lo haga intencionadamente. Como cuando Keanu Reeves parece que actúa. Si ustedes también lo perciben no se asusten. Probablemente sólo sea una ilusión óptica provocada por el humo del cigarrillo que sólo suelta para practicar exorcismos.

La co-protagonista de Constantine, Rachel Weisz, encarna a la agente de policía torturada que se ha obligado así misma a olvidar el 'don' que le persiguió durante su infancia y que tendrá que despertar de nuevo para salvar el alma de su hermana gemela. Es algo así como la contrapartida del personaje masculino. Una especie de paralelismo en sus torturadas vidas que acaba de romperse y que les obliga a unir fuerzas.

El resto es más de lo de siempre: efectos especiales, música sin letra que acompaña las escenas de acción para dar, tomar y disfrutar, y poca actuación. Lo mejor, sin duda, una historia llamativa, un personaje con gancho y mucho marketing. La segunda parte no se hará esperar demasiado tiempo. Preparen palomitas y disfruten de la acción sin comerse demasiado la cabeza con ideas trascendentales sobre la vida después de la muerte. No merece la pena, ¿o sí?