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Por su nombre le
conoceréis
Alfie
Director: Charles Shyer
Intérpretes: Jude Law, Marisa Tomei, Susan
Sarandon, Nia Long, Omar Epps, Jane Krakowski,
Sienna Miller
Mirentxu MARIÑO (Madrid)
Llena
a rabiar de tópicos sobre las relaciones entre
hombres y mujeres, Alfie es una película
que se deja ver hasta el final sin tener que revolverse
demasiado en el asiento. Nos encontramos ante
uno de esos remakes que gustan aunque no
terminan de convencer, quizá porque el origen
de este subproducto estaba capitaneado ni más
ni menos que por Michael Caine.
En esta ocasión, el seductor con más éxito de
Manhattan se llama Jude Law, que, perdónenme
la irreverencia, 'está demasiado bueno' para el
papel. Es decir, la ocurrencia estaba en jugar
con la atracción del hombre feo, y como eso ahora
no debe vender nada se ha procurado que el protagonista
de la versión moderna lo tenga más que fácil.
Su alter ego, Alfie, es un inglés de apariencia
chic con un lado femenino muy desarrollado,
a pesar de su inicial filosofía de vida un tanto
machista, que se traslada a los EEUU para disfrutar
al máximo de lo que el entorno le ofrece.
Es chófer de limusinas y su obsesión son las mujeres
y la ropa. Ambas cosas de todas las clases y colores.
A ellas las enamora, las camela y tras 'quererlas'
un tiempo razonable las abandona buscando algo
mejor huyendo del apego emocional. La ropa suele
quedársela. Nada original. Lo distinto de este
largometraje no es la historia o el pedazo de
realidad que se nos presenta del protagonista,
sino la manera en la que él mismo relata sus vivencias
y, sobre todo, la radiografía que hace de "ellas".
En un alarde de expresionismo, Alfie camina entre
dos existencias paralelas. De un lado, interpreta
su continuo papel de ligón empedernido y el de
amigo circunstancial de Marlon (Omar Epps),
su compañero de trabajo. De otro, no hace más
que justificarse por sus acciones, mejores o peores,
hablándole a la cámara. A ella sí le cuenta cosas,
a ella le pregunta qué debe o no debe hacer, a
ella o a ellos, los que supuestamente asisten
mudos al espectáculo y que sin embargo no conocen
nada de él, de su pasado.
Resulta éste un recurso que sorprende y, por encima
de todo, fascina. No suele ser muy utilizado en
el cine, quizá más en televisión, y gusta porque
el descaro y, por qué no, el atrevimiento que
supone dirigirse al respetable suponen una última
satisfacción del ego, la de saberse partícipe
la historia, la poder atravesar la pantalla y
sentirse como en La rosa púrpura de El Cairo,
salvando las distancias. A Law se le ve bastante
suelto en esta extraña faceta para él, y en la
ficción, a Alfie le resulta casi un desahogo,
pero no le ayudará en los momentos en los que
necesite contar con una persona de carne y hueso.
Para eso las mujeres no le sirven.
Marisa Tomei, Susan Sarandon, Sienna
Miller, Jane Krakowski y Nia Long,
constituyen una pequeña muestra de ese mundo frenético
del sexo y escuetos sentimientos en el que se
mueve Alfie, y que tiene a bien ofrecernos el
director Charles Shyer. Hay que decir que,
a pesar de la breve presencia de algunas de ellas
en pantalla, al final terminan por volverse imprescindibles
no sólo para el guapo inglés sino también para
el propio espectador. Sobre todo las dos primeras.
Y a pesar de lo que pueda parecer, todas son presentadas
como personas fuertes, supervivientes natas.
La estética del film se da aires 'sesenteros'.
Los graffiti en las calles reflejando los sentimientos
cambiantes de Alfie, su inseparable moto, esos
planos cortos, cortados y superpuestos, a veces
en blanco y negro y, sobre todo, el ritmo inquieto
de los primeros tres cuartos de metraje, ese 'no
parar'. Después, llegado el segundo punto de inflexión
de la película (tiene dos, uno de ellos bastante
previsible y el otro algo más diluido), el castillo
de cartas se cae y todo adquiere un cariz más
calmado que destila una casi inapreciable dosis
de moralina. Aunque no la suficiente como para
provocar rechazo.
El círculo no llega a cerrarse. Quedan atados
todos los cabos sueltos menos uno, el del propio
Alfie y sus aspiraciones en la vida, y lo que
nos queda al final pretende ser una reflexión
que seguramente casaría del todo con la época
de la trepidante 'movida' de los sixties,
pero que en ésta puede resultar un poco desfasada.
Es lo que pasa con las fotocopias adornadas en
el cine, que pierden todo el encanto.
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