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Folletín pasado de
rosca
Arsène Lupin
Dirección: Mariano Barroso
Intérpretes: Romain Duris, Kristin
Scott-Thomas, Pascal Greggory, Eva Green, Robin
Renucci, Patrick Toomey, Mathieu Carrière, Philippe
Magnan, Marie Bunel, Philippe Lemaire.
Mirentxu MARIÑO (Madrid)
Las adaptaciones literarias están de moda.
En este caso, llega a las pantallas españolas
Arsène Lupin, una creación que data
de 1905, obra del escritor francés Maurice
Leblanc, quien protagonizó una saga de historias
folletinescas con un ladrón de guante blanco como
principal atractivo. A España llegó también, años
después, en forma de serie animada para televisión,
que resultó, a ojos de esta cronista, mucho mejor
perfilada que la versión que ahora nos ocupa.
Lupin es otro de esos miles de personajes
atormentados que la ficción nos ha regalado. Su
único amor son las joyas, cuanto más caras mejor,
algo que le enseñó su padre antes de desaparecer
perseguido por la Policía cuando él no era más
que un niño. Años después, la obsesión por encontrar
al misterioso asesino de su progenitor y sus supuestas
habilidades con las féminas, centrarán la mayor
parte de los quehaceres del Arsène adulto que,
guiado por una mirada contaminada por el odio,
comprobará con asombro que no es, ni mucho menos,
el único ser enigmático del film.
Por decirlo vulgarmente, el conjunto se asemeja
a un plato combinado. Es una maraña de tramas
confusas que se desarrollan ante los ojos del
espectador y que desvían la atención hasta el
punto de que ya no es posible distinguir si la
historia va de un elegante afanador y de su búsqueda
personal o de una conspiración milenaria contra
el Gobierno galo. Así, la ración incluye un poco
de masonería, un valioso tesoro de la Corona,
unas cuantas brujas (reales y metafóricas) y demás
elementos arrancados sin duda, y sin pudor, del
mundo del cómic.
Poco nos cuentan, aunque parezca mentira, de aquellas
trepidantes aventuras en las que Lupin se metamorfoseaba
para colarse en casas, palacios o museos y llevarse
así las piezas más preciadas. Es lo que ocurre
con esa manía de querer aglutinar en una única
primera producción los orígenes del protagonista,
sus razones para actuar y, encima, uno de sus
más importantes encontronazos con la dualidad
del bien y el mal. El resto se lo tiene que imaginar
el respetable. Y eso que, a buen seguro, habrá
segunda parte, aunque no le auguro el más mínimo
éxito.
Aun así, y a pesar de una duración un tanto desmesurada
del metraje, todo se deja ver. Ayudan un poco
los actores, capitaneados por Romain Duris
(Una casa de locos), al que no obstante
le queda grande el papel de Lupin. Es poca cosa
para la complejidad del sujeto y no acaba de encajar
exactamente en sus modos y maneras. Kristin
Scott Thomas (El paciente inglés),
la condesa de Cagliostro, aporta
belleza esotérica y desesperación en su hacer
como precoz y eterna enemiga del poder establecido.
Es obvio que le ha gustado hacer de la 'mala',
algo que explota hasta el final con ese inquietante
saber estar. Por último, Pascal Gregory
(Beaumagnan), el más serio y veterano contrapunto
en esta historia.
Con una estética que por momentos recuerda al
Drácula de Coppola, aunque con unos
efectos especiales bastante mediocres para los
tiempos que corren, el director Jean-Paul Salomé
intenta construir en esta coproducción cinematográfica
un universo que no tiene futuro. Podría haberse
ahorrado parte de la 'magia' y haber mantenido
los pies en la tierra haciendo desaparecer ciertos
movimientos de cámara y algunas secuencias incomprensibles
del guión, flash backs aparte. Así que,
lo dicho, hubiera sido mucho mejor quedarse en
los dibujos animados, habrían dado más juego.
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