Un cuento entrañable

Charlie y la fábrica de chocolate
Director: Tim Burton
Intérpretes: Johnny Depp, Freddie Highmore

María José ARIAS (Madrid)

Érase una vez un hombre llamado Tim, de apellido Burton, que, dotado con una imaginación portentosa, creo su propio mundo de fantasía en el que la lógica no tiene hueco y los sueños vuelan libremente para quien quiera alcanzarlos. Su última obra cinematográfica es la adaptación del incorruptible cuento de Roald Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate. Una historia entrañable, bien hecha y con moralina que hará las delicias del público infantil y de sus acompañantes de más altura. En Charlie y la fábrica de chocolate, Burton recrea, con su particular toque, un mundo mágico en el que la materia prima son el azúcar y el cacao, alcanzando un fórmula magistral para mezclar con éxito estos dos elementos. La película no sólo resulta casi perfecta (siempre hay algún pero) en su conjunto, si no que, a pesar de los ingredientes, no es ni demasiado dulce ni demasiado amarga. Con la dosis justa de cada uno el producto no sólo apetece, si no que es altamente recomendable para todo tipo de públicos. Una forma de ver algo con calidad y refrescante en pleno verano.

El argumento es el propio de un cuento para niños en el que la moraleja se ve venir, pero que no por ello deja de ser encantador; al tiempo que enternece desde el primer título de crédito. Charlie (Freddie Highmore) es un niño pobre que vive en una casa de madera donde el frío y la nieve se cuelan por todos los rincones. En una sola habitación conviven sus cuatro abuelos, su madre (Helena Bonham Carter), su padre y él mismo. Su sueño, alentado por uno de sus abuelos, es conocer a Willy Wonka (Johnny Depp), el dueño de la mayor fábrica de chocolate de la que sólo una calle le separa y cuya silueta contempla cada noche antes de dormir. Su ilusión se verá avivada con el anuncio de que Wonka ha incluido en cinco de sus chocolatinas un billete dorado que premia al niño portador de una visita guiada por él mismo a las instalaciones chocolateras.

Tras varios intentos fallidos, dramáticos a más no poder, como debe ser en este tipo de historias, el niño logra su preciosa entrada, la última. El pequeño Highmore transmite en cada escena la mirada asombrada de su personaje, un pequeño a quien la necesidad le acrecenta la imaginación ayudándole a descubrir el valor de las pequeñas cosas. Algo que los otros afortunados con el billete de oro en sus no sólo no saben apreciar, si no que además lo desprecian. Una niña adicta al chicle y competitiva, Violeta Beauregarde, a quien su madre animadora le insta a que sea siempre la mejor en todo. Mike Tevé, un niño científico y aficionado a los videojuegos más violentos. Veruga Salt, hija de un anciano millonario que la consiente en exceso. Y por último un germano, Augustus Gloop, cuyo único interés está en las chocolatinas. De entre los cinco sólo uno llegará al final del tour y será el ganador de un premio muy, muy especial.

La misteriosa fábrica sorprende a todos. Desde hace 15 años que volvió a abrir sus puertas, tras un obligado cierre por culpa de las triquiñuelas expiatorias de la competencia, ningún trabajador entra y sale. Su peculiar propietario ha recreado un universo de golosinas en el que todo está compuesto por chucherías, con una cascada de chocolate como atracción principal. Una explosión de colorido y sabor que probablemente nadie hubiese sido capaz de captar con el acierto con el que lo ha hecho Burton. Aunque existe una versión anterior muy recomendable.

Dentro de este universo de fantasía lo más llamativo son los Oompa-Loompas, unos curiosos enanitos que trabajan para Wonka a cambio de chocolate y que alegran con sus cancioncillas risibles y con rimas absurdas. Antes decíamos que la perfección en el cine no existe, que siempre hay un 'pero'. En este caso lo encontramos en las escenas de estos curiosos personajillos. Los tres primeros números musicales animan, pero al cuarto empiezan a ser algo cansinos. Eso sí, es justo reconocer que los bailes sensuales de estos rechonchos trabajadores son de lo más gracioso.

Para recrear esta entrañable historia, Tim Burton ha dejado caer todo el peso de la misma en el niño Highmore y en su viejo conocido Johnny Depp, con el que ya trabajó en Eduardo Manostijeras y Sleepy Hollow. Ambos, infante y adulto, se conocían también con anterioridad, concretamente de Descubriendo Nunca Jamás, lo que favorece una complicidad que se nota en pantalla. Depp hace de él mismo, de lo que mejor se le da. Interpreta a un personaje histriónico, que ya le valió el reconocimiento por aquel impagable Jack Sparrow, y peculiar, como el inocente Eduardo Manostijeras.

Canciones alegres de letras pegadizas, color hasta decir basta, personajes increíbles, fantasía, buen humor, buenos y malos, sueños y mil cosas más en una sola película. La interpretación de Depp y el sello de Burton son garantía. ¿Qué más se puede pedir? Sólo una cosa: que no se la pierdan. Aprenderán un lección de vida al estilo de los cuentos de antes. No lo piensen demasiado. Historias así ya no le ocurren a nadie.