Ser el más fuerte

El método
Director: Marcelo Piñeyro
Intérpretes: Eduardo Noriega, Najwa Nimri, Eduard Fernández, Pablo Echarri, Ernesto Alterio, Carmelo Gómez, Adriana Ozores, Natalia Verbeke.

Mirentxu MARIÑO (Madrid)

Muchos podrían contar a qué tipo de estrambóticos trances han tenido que enfrentarse a la hora de conseguir un puesto de trabajo. Las empresas están cada vez más empeñadas en sacar en una hora de reloj lo mejor (o lo peor) de nosotros sólo por el mero hecho de comprobar si encajamos en sus, a veces incomprensibles, aspiraciones. El método, va más allá. Retrata el nulo pudor del capitalismo más salvaje y lleva hasta el paroxismo una situación de pura supervivencia laboral. Y todo, bajo la atenta mirada del 'maquiavelo' que maneja la situación, que es, básicamente, el dinero.

Marcelo Piñeyro y Mateo Gil han conseguido adaptar con relativo éxito la obra de Jordi Galcerán El método Grönholm. Haciendo los cambios oportunos y dándole un toque infinitamente más agresivo y dramático a esta versión para la gran pantalla, han juntado a siete aspirantes a ejecutivo alrededor de una mesa en una claustrofóbica sala de un rascacielos madrileño, con el fin último de que se 'coman' los unos a los otros. Metafóricamente y, desde luego, interpretativamente también. De ahí la doble maldad de esta historia.

El plantel de actores es espléndido, incluso resultan aceptables hasta Eduardo Noriega y Natalia Verbeke (la inquietante secretaria), que para esta cronista nunca suelen dar el nivel, claro que, teniendo al lado a Eduard Fernández, Carmelo Gómez o Adriana Ozores todo esfuerzo es poco. Todos llevan incorporado de serie un rol que intentan explotar al máximo y que en ciertos casos resulta demasiado evidente, como por ejemplo ocurre con Ernesto Alterio, que sin demérito de su interpretación, que la borda, resulta en exceso previsible. Aun así, la impresión durante toda la proyección es que el entorno les congela en las intenciones, están todos demasiado serios.

El guión, por su lado, hace de los estereotipos más feroces una verdad absoluta, y quizá se excede, aunque pienso que todo él va dirigido, a pesar de la tragedia que presenta, hacia una parodia retorcida sin límites. No acaba de convencerme, sin embargo, cómo se va resolviendo la situación, que más o menos pasada la mitad del metraje va perdiendo fuelle y se hace, si cabe, más confusa que al principio. Y, desde luego, no me gustan nada las moralejas tipo 'vivimos en un mundo horrible y no nos queda más remedio que ser más los más listos, los más fuertes e incluso los más despiadados' que con una palmadita en la espalda tiene que llevarse a casa el respetable.

Esto me recuerda a aquella escena de la fallida La guerra de los mundos en la que se justifica el asesinato porque sí. Pues aquí pasa un poco lo mismo aunque sin rebasar ciertos límites, claro, y quedándose el argumento en poco más que una broma macabra. Los diálogos están bien ejecutados así como concebidos y no dejan margen al descanso, salvo en las pausas de la reunión que los personajes mantienen durante toda una mañana. El hecho, además, de que casi toda la acción transcurra en una localización interior podría llevar a un tedio visual que sin embargo el director resuelve bien jugando con primeros planos rápidos.

Y hay dos contrapuntos a destacar. El primero, el comienzo, muy sugerente y en el que se utiliza el recurso bien avenido de partir la pantalla en dos o tres planos para insuflar un dinamismo que después se corta sin avisar. Es tremendo el choque entre el ruido de la calle y la posterior 'música de ascensor' que suena constante en las oficinas de la multinacional. Y el segundo, el desarrollo paralelo de unos hechos que suceden en el exterior del edificio donde se encuentran los candidatos y que nunca se nos llegan a mostrar, de hecho, ni ellos mismos pueden verificar lo que ocurre, como si estuvieran en una burbuja opaca. Es una metáfora, sin duda, de lo ajena que le resulta a veces la realidad a una determinada elite económica.

El potencial de la idea original de El método es infinito. Podría haberse jugado más con las vivencias personales, que quedan por completo al margen aunque se nos quiera hacer ver que son el último motor del comportamiento del grupo. Por ahí habría salido toda la rabia esperada de la que sólo hay un par de amagos contundentes en todo el film. Se echa en falta, a mi juicio, ese poso amargo y desagradable al final, en serio. No obstante y a pesar de sus fallos, este experimento a lo 'Gran hermano' se deja ver, eso sí, si consiguen olvidar, si la han visto, la magnífica representación en las tablas.