Vida breve, eterna película

Head in the clouds (Juegos de mujer)
Director: John Duigan
Intérpretes: Charlize Theron, Penélope Cruz, Stuart Townsend.

Mirentxu MARIÑO (Madrid)

Los dramas perdurables a través del tiempo eran hace no demasiado un recurso muy utilizado en cine. Sobre todo si de por medio había incontenibles pasiones amorosas, guerras devastadoras y hasta la muerte de alguno de los protagonistas. El problema solía ser su duración con el peso añadido de un grueso de contenidos demasiado denso para el espectador. Al rescate de este género ha ido en esta ocasión John Duigan, que para mayor reclamo ha utilizado a dos actrices de características muy distintas pero muy en boga en la gran pantalla de hoy. Pero el resultado le ha salido, digamos, bastante rana.

Juegos de mujer es un compendio de coyunturas personales y generales, muy confuso y que aburre por su turbia claridad de intenciones. El guión parte de un hecho muy concreto: una adivina parisina pronostica a una adolescente británica que morirá a los 34 años. La niña, de nombre Gilda (Charlize Theron), hará todo posible a partir de entonces por vivir de forma salvaje sin importarle en absoluto las consecuencias. Durante sus idas y venidas entre EEUU y Europa, conocerá a dos personas que serán fundamentales en su corta existencia: Guy (Stuart Townsend), un estudiante irlandés comprometido con su tiempo, y Mía (Penélope Cruz), una enfermera asturiana huída de la Guerra Civil.

La relación de estos tres amigos discurrirá a través de la Francia de los años 30, de la mencionada contienda española y de la Segunda Guerra Mundial. Ni más ni menos. Y lo que se suponía inicialmente una trayectoria definida de un complejo personaje en declive constante, acaba por derivar en un 'no se sabe qué' inundado por doquier de delirios de sexo, espionaje nazi o sentimientos atropellados y poco creíbles. Todo es un quiero y no puedo con aspiraciones literarias casi al estilo de El paciente inglés. Y aunque se intenta que una de las tramas aguante como la principal, las secundarias acaban engulléndola por momentos.

Theron eclipsa al resto de actores. Por su inevitable belleza pero también por su solvencia interpretativa, cualidad de la que Cruz no rebosa precisamente en este film pero que le basta para conseguir un aprobado raspado. No resulta muy veraz esa doble cara suya de libertina y de alma de la caridad, siendo que su esbozo emocional así como el de su escaso background como personaje son bastante planos. Y lo de que es de Asturias nos lo creemos porque ella lo deja bien claro con un perfecto acento madrileño. La importancia de Mía flaquea, y mucho, como tercera pata del endeble taburete que completa, con una réplica muy correcta, Townsend.

Su rol de indeciso hasta el final desconcierta bastante pero todo el mundo entiende que su misión es dejarse llevar por la alocada Gilda. La actriz sudafricana, que ya tiene en su poder el ansiado 'tío Oscar', demuestra una vez más que con arrojo es capaz de adaptarse a cualquier papel, por menos lucido y más compartido que resulte de lo esperado. La culpa es del añadido salto constante de atención de uno a otro de los tres principales que propone Juegos de mujer y que impide que ninguno de ellos lleve de verdad la batuta de los acontecimientos. Todos quedan, por desgracia, bastante desdibujados. El resto del reparto, en cambio, hace su trabajo y deja en evidencia en ciertas secuencias a los que pululan a su alrededor. El sadomasoquista y el militar alemán son buena prueba de ello.

Mención aparte deben recibir las localizaciones y decorados de la película. Resulta extraño que en una producción como ésta se note tanto la falta de presupuesto. El hecho de que se utilicen los mismos escenarios para simular lugares distintos (véanse las dos veces que nuestro país es mostrado y jueguen a las siete diferencias) o que ciertas escenas parezcan sacadas de una serie de televisión por lo exagerado de su falso atrezzo, no hacen sino provocar una peculiar sonrisa en el respetable. Pero ya se encargan ellos, los montadores, de poner los contrapuntos a estos desmanes exhibiendo a diestro y siniestro la Universidad de Cambridge, la Torre Eiffel o la catedral de Notre Damme. Para que nos creamos que han estado allí.

Por último, habría que reflexionar sobre las poco desarrolladas aunque agradecidas escenas de batalla; sobre el momento del clímax argumental, que con caracater inusual apreciamos situado justo al final de la película; y desde luego, sobre qué rayos nos han querido contar en las eternas dos horas de metraje: si un ensayo sobre la desdicha, una oda al libre albedrío, una simple tragedia vital o una versión moderna de cualquier volumen de la Grecia clásica. Por decir algo. Que una no está ya para descifrar entuertos de este calado.