Allen en tres actos

Match Point
Director: Woody Allen
Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Matthew Goode, Emily Mortimer, Scarlett Johansson, Brian Cox, Penelope Wilton, James Nesbitt, Alexander Armstrong, John Fortune, Ewen Bremner.

Mirentxu MARIÑO (Madrid)

Son muchos los que a estas alturas piensan que Woody Allen ha perdido algo de fuelle. Quizá se trate de una añoranza de las viejas comedias alborotadas de hace años o quizá tiene que ver con la propia ausencia del genial e histriónico director en los repartos más recientes. En cualquier caso, y con la excelente Match Point queda bien confirmado, lo que el neoyorquino ha sabido no dejar escapar todavía de sus manos es la capacidad de sorprender. Con la inteligencia por delante y con suspense incluido, una mezcla que al mismísimo Hitchcock le habría gustado y desagradado al tiempo.

Esta fascinante producción, ambientada (cosa excepcional) en Londres, narra una gran tragedia en tres actos al estilo de las óperas clásicas más dramáticas. La Traviata de Verdi es incluso mostrada sin pudor varias veces en el film. Su tempo, suave e in crescendo de la primera a la última escena, otorga a la historia una intensidad difícil de superar con la que Allen, que ha logrado dar una vuelta de tuerca a sus planteamientos doctrinales, dejará un tanto pasmado al espectador. Sin embargo, hay cosas que no abandona, como su fijación por la intelectualidad adinerada y por ciertos diálogos existenciales que coloca incluso en boca del menos indicado de sus personajes.

El protagonista, dentro del reparto coral, es un extraño cuarteto que a la larga va convirtiéndose en trío, luego en dúo y, finalmente, en uno sólo, que será el único que en definitiva tome las decisiones fundamentales para el devenir de la trama. Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) es un ex tenista profesional irlandés de origen humilde que es contratado para dar clases particulares en un selecto club deportivo londinense. Allí conoce a Tom Hewett (Matthew Goode), un ejecutivo bien situado y 'niño de papá' que le admite en su círculo y con cuya hermana Chloe (Emily Mortimer) termina casándose, no tanto por amor como por consecuencia lógica.

Match Point presenta a un hombre que madura con las circunstancias pero que al comprobar que la suerte juega un papel crucial en su imparable ascenso social, se muestra dispuesto a que nada ni nadie interrumpa su momento dulce. La desgracia, no obstante, se desencadena sola cuando Chris conoce a Nola Rice (Scarlett Johansson), la exuberante novia americana de su amigo, aspirante frustrada a actriz y casi perteneciente a su misma 'clase' difícil de encajar con el entorno. La obsesión por ella tornará su comportamiento en irracional y hará que su vida se tambalee haciendo del engaño una rutina en la que se ve atrapado sin salida.

Johansson, fetiche desde hoy de Allen (saldrá también en su próxima película), es la tentación hecha carne. La delicadeza sinuosa con la que borda su interpretación (atención a su sensual voz, en V.O.) hace entendible la deriva hacia la que su réplica masculina se termina dirigiendo. Rhys Meyers, un descubrimiento más que agradable, hace de su particular rostro un poema cuando las cosas no le salen como él había planeado. Las trayectorias de ambos confluirán de forma violenta para después dispararse en paralelo, y es entonces cuando la pasión imposible aunque consumada se revela como enemigo a batir.

La doble y brillante evolución emocional, vaticinio de una destrucción mutua inminente, congela a los demás de personajes (ya de poca importancia, la verdad) dejándolos en un transitorio stand by. Son ellos dos, Nola y Chris, los que tendrán que jugar irremediablemente el partido de tenis que el azar les ha servido en bandeja. Y esto, aunque sabido, no complace al respetable hasta quedar visto y comprobado por la ansiedad que causa la situación avanzado ya el metraje. Allen se regodea como nunca en describir actitudes desesperadas en momentos desesperados y sigue con la cámara a su alter ego do quiera que vaya, quedándose junto a él incluso en los momentos más complicados para reflejar en sus ojos la acción pertrechada. Una técnica del cine negro que ha sabido aprovechar con tacto.

El círculo se cierra finalmente con mimo y el director juega con el espectador planteándole no uno sino dos acertijos. Lo mejor, sin duda, es la sensación de liviandad con la que una sale del cine, la misma que bulle en los últimos planos del inquietante Chris Wilton. Por último, hay que reseñar que los encuadres fuera de lugar ayudan a fomentar la naturalidad del relato, adornado con una no menos necesaria voz en off imitando las maneras del cuento moderno y la aparición de dos 'extras' bien simpáticos que desplazan momentaneamente la atención. Y que la banda sonora, con remaches antiguos y poso amargo, deja una huella imborrable que tiene a la 'furtiva lagrima' del L'Elisir d'Amore como verdadera estrella. Saldrán del cine tarareándola.