Un King Kong mineralizado y supervitaminado

King Kong
Director: Peter Jackson
Intérpretes: Naomi Watts, Jack Black, Adrien Brody, Thomas Kretschmann, Colin Hanks, Kyle Chandler, Jamie Bell, Evan Parke, Andy Serkis.

Mirentxu MARIÑO (Madrid)

Da miedo pensar qué podría hacer el director de El Señor de los Anillos con una historia sobre el espacio sideral al hilo de La Guerra de las galaxias o similares. Ha nacido un nuevo mago de la espectacularidad que está poniendo contra las cuerdas a gentes importantes como el señor Spielberg, aprovechando que últimamente no hace más que dar bandazos. Peter Jackson ha vuelto con una historia que a él mismo le impresiona, la de la mítica relación 'amorosa' entre un mono gigante y una desgraciada actriz: King Kong. Y ha aprovechado hasta el último fotograma para sacarle jugo a un remake que era tan apetitoso como innecesario.

El neozelandés, como ya viene siendo su estilo, ha cubierto la falta de originalidad con una clara intención de abrumar al público para no dejarle respirar. Tres horas dura la película y desde luego no se hace pesada para los que adoran este tipo de cine centrado única y exclusivamente en la forma y no en el contenido. Porque el alarde de efectos digitales, incluyendo al primate estrella, es la razón fundamental de disfrute del film, y eso que incluso se permiten algún un toque 'retro' (que no descuidado) en algunos planos para que el espectador no olvide su experiencia de años ha. Son las ventajas de hacerlo todo, absolutamente todo, en estudio.

Esta 'versión extendida' de King Kong, que hará las delicias del DVD en los próximos años, consta de dos partes muy diferenciadas, tanto que podrían ser hasta dos producciones diferentes. La primera está centrada en la locura de Carl Denham (Jack Black), un cineasta incomprendido que se lleva engañado a todo un equipo a rodar a una isla misteriosa e inexplorada. En el barco le acompañan Ann Darrow (Naomi Watts), una actriz muerta de hambre y Jack Driscol (Adrien Brody), un dramaturgo algo soso. Una vez allí comprueban que el pedazo de tierra está habitado por una tribu ancestral que vive atemorizada por la presencia de un monstruo despiadado y de otros animales prehistóricos inimaginables.

Persecuciones entre la maleza, caídas imposibles y bichos retorcidos componen un relato aderezado con un par de sustos previsibles y algún reclamo a la náusea del espectador. Jurassic Park en todo su esplendor, vamos. El segundo acto transcurre en Nueva York y es de sobra conocido. El simio es trasladado a la capital (nadie explica cómo, y aunque se trate de una elipsis alguno está todavía intentando averiguar porqué el barco no se hundió), es presentado en sociedad y en una de esas se escapa y se sube al Empire State con la chica. Godzilla está muy presente, pero la escena final disipa toda duda: merece la pena haber visto lo anterior para asistir a este legendario y reconvertido desenlace. Todo lo demás se antoja en dicho momento insignificante.

El hecho de que Kong pareciera enorme en sus terrenos selváticos y que al llegar a lo alto de la torre de la Gran Manzana se vea ridículo no es gratuito. Es, si quieren, una muestra de la superioridad con la que el hombre se ha desarrollado y un claro anuncio de la muerte que le espera al desubicado protagonista. Una fatalidad esta vez narrada quizá con demasiadas pretensiones visuales aunque muy efectista de principio a fin. La lucha con los aviones y el ímpetu de Ann por estar con su 'amado' tensan de nuevo la cuerda de cara a un happy end que se queda a medias, porque aunque todos llegan tácitamente a aceptar lo ocurrido, el pobre Driscol parece no haberse enterado de nada.

Pese al trabajo bien hecho, que lo está, hay que decir que la sombra de la trilogía Tolkien, algo que ya cansa un poco, es bien alargada, y eso se nota sobre todo en la música y en todas esas secuencias a cámara lenta en las que el ruido ambiente desaparece y cuyo fondo sonoro melódico parece provenir del mismísimo Rivendel. Asimismo, la confusión que la cámara provoca intentando seguir a los elementos, reales o ficticios, en las escenas de más acción, recuerdan a esas interminables y apabullantes batallas de casi una hora de duración, sin embargo, es justo decir que aquellas impresionaban mucho más por lo mimado del detalle.

Por último, las personas. La única que despunta es Watts. Realmente se parece a aquellas intérpretes de los años treinta que sabían bailar, cantar y todo lo que se les pusiera por delante. Aunque no es nada fácil intentar compenetrarse con un compañero virtual, ella sí es capaz de hacer entender el feeling que llega a tener con el mono, algo que por cierto nunca consigue con Brody, que permanece en su propio mundo durante todo el largometraje. Las 'caras' del animal, bien ejecutadas y que en ocasiones se sirven de un humor leve para traspasar la pantalla, ayudan bastante a la 'relación'.

En cuanto a Black, llega a dar bastante lástima, muy circunspecto él, aunque su aportación es 'suficiente' además de repetitiva en cuanto a maneras y desmanes. Los secundarios, por su parte, sólo tienen voz y voto hasta la mitad del film, hecho que desconcierta un poco, pero como no son necesarios para la última parte Jackson se los quita de encima de un plumazo. Se podría haber ahorrado, por tanto, la historia entre en chaval y el 'segundo de a bordo' o podría haber rescatado al capitán para algún 'cameo' posterior. En cualquier caso, están todos los que son y son todos los que están, incluyendo a los jefazos de la Universal.

Concluyendo, esta superproducción muy orientada a las rentas 'marketinianas' quedará en la retina de los más jóvenes como un prodigio del arte pixelado; los demás, y sin acritud, procuraremos recordar quién tuvo, allá por 1933, el mérito de verdad.