| El sobrio caballero
español Alatriste Director: Agustín Díaz Yanes
Intérpretes: Viggo Mortensen, Elena Anaya, Javier Cámara, Jesús Castejón, Antonio
Dechent, Juan Echanove, Eduard Fernández, Francesc Garrido, Ariadna Gil, Enrico
Lo Verso, Cristina Marcos, Eduardo Noriega, Blanca Portillo, Unax Ugalde. Mirentxu
MARIÑO (Madrid)
Un duro competidor le ha salido al original hidalgo de la triste figura. De nuevo,
un antihéroe, y sorpresivamente un personaje que, más que atormentado, es reflexivo,
enjuto, complejo y demasiado sobrio para lo que se esperaría de un espadachín
tan sobrepublicitado. Muy literario él. Quizá no cumpla el estereotipo, pero por
ello se gana el favor del público, y más cuando vive rodeado de una corte literal
de impecables interpretantes sabedores de las más oscuras tramas palaciegas. Obsesivos
y ambiciosos pero conscientes de sus dificultades para sobrevivir en la España
decadente del XVII.
Alatriste es, digámoslo así, un mercenario
con valores. Siente y padece sin perder de vista el 'bando' en el que debe permanecer
y con la angustia de no poder desarrollar plenamente una vida personal relegada
por fuerza mayor al rincón más oscuro. Quisiera ser padre, marido, amigo, etc.;
pero la experiencia le ha enseñado que no puede fiarse de nadie. Su rostro, bien
elegido, es el de Viggo Mortensen. Le da presencia y serenidad, que puede,
no obstante, confundirse con una leve apatía por las lentas maneras del capitán,
cuya habla pausada confunde un tanto al espectador. Cosas de la dicción.
También
le aporta un pretendido halo enigmático. Y estas dotes bien le ayudan a deslizarse
con soltura en el baile que supone su discurrir por entre los poderosos y a la
vez emplearse a fondo en el frente de guerra. Porque, ciertamente, la película
que nos ocupa se asemeja a un baile, a una tragedia griega y, quizás, a una ópera
inacabada. Es complicado encerrar en dos horas la existencia de un hombre así,
siendo que además su origen proviene de un extenso bagaje sobre papel. Siempre
faltan cosas y, sobre todo, minutos. Por eso, algunas situaciones quedan relegadas
a tan poco que casi no se ven.
Hay que tener en cuenta, no en vano, que
Alatriste abarca nada menos que treinta años. Pero no es tanto la trayectoria
del protagonista la que se nos muestra sino, y de forma general, la de una época,
y por eso se diluye un tanto la fuerza del personaje a lo largo del metraje, unas
dos horas de paseo por Madrid, Flandes o Francia. Son a veces más importantes
los aspectos secundarios, las tramas subyacentes, y da la impresión de que para
cerrar el círculo se ha tenido que renunciar a profundizar con acierto en la historia
con el fin de ceder el paso a puntuales y prácticos golpes de efecto. Hay ganas
de más.
Pero no es guión todo lo que reluce. Si por algo se destaca Alatriste es
por su reparto coral, tan bien escogido y ensamblado que hasta Eduardo Noriega
obtiene un notable. A destacar, como viene siendo habitual, Eduard Fernández,
Javier Cámara (un altivo e inseguro Conde Duque de Olivares), Blanca
Portillo, Unax Ugalde y el asombroso Juan Echanove, capaz de
convertirse en quien quiera que le venga en gana y que borda el papel de Francisco
de Quevedo. La lista se completa con nombres como Ariadna Gil, Enrico
Lo Verso, Elena Anaya, Pilar López de Ayala, Pilar Bardem,
etc.
Muchas de las apariciones son casi testimoniales. Aunque este despliegue
de medios se extiende a todos los aspectos del film: los responsables de
vestuario, localizaciones o ambientación han hecho un alarde de profesionalidad
y ni una coma se les puede reprochar. Con la música y la luz, lo mismo. Esa permanente
penumbra es el elemento crucial que le da el sabor querido a la imagen, un sabor,
como ya se ha mencionado, tan sobrio que echa por tierra cualquier idea preconcebida.
Mucho mejor; esto no es Hollywood, esta es la historia de un hombre de
su tiempo. Y ya está. |