| El Padrino
ha vuelto The departed Director: Martin Scorsese. Guión:
William Monahan, inspirado en la película "Infernal affairs" de Andrew Lau y Alan
Mak. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Wahlberg,
Martin Sheen, Ray Winstone, Vera Farmiga, Alec Baldwin, Anthony Anderson, Kevin
Corrigan, James Badge Dale ). Mirentxu MARIÑO (Madrid)
Si Jack Nicholson no hubiera sido actor, había sido mafioso. Esta es la
sensación que deja su excelente encarnación de Jack Costello, un desconcertante
capo irlandés que domina toda la zona sur de Boston, Policía incluida. El histrión
más loado de todos los tiempos desde su debut hace cincuenta años, es uno de los
tres pilares de Infiltrados, un thriller trepidante con el que el
mejor Martin Scorsese reaparece en la gran pantalla. Los otros dos, Leonardo
Di Caprio y Matt Damon, tampoco se quedan cortos.
Tres cosas
también son las que destacan de esta película. Una, es el guión (inspirado en
otro honkonés): las trayectorias de dos jóvenes 'topos' -un poli en el crimen
organizado y otro reconvertido para la mafia en la unidad de élite de la autoridad
local- discurren parejas hasta el límite de lo racional y hasta el punto de que,
cada vez que se acercan lo más mínimo el uno al otro, saltan chispas tanto en
la ficción como en la platea. El juego del gato y el ratón llevado hasta el extremo
(Véase Enemigo a las puertas).
No
sólo la(s) trama(s) no resulta(n) confusa(s), si no que el engranaje no permite
ni un solo cabo suelto. Y lo que más gusta es que, a pesar de que los personajes
de Di Caprio (Costigan) y Damon (Sullivan) representan las dos caras
de la moneda, en el fondo y en origen son iguales; y terminan sufriendo en sus
carnes la traición de la que han colmado sus vidas. Asistimos desde el principio
a su evolución en paralelo, tanto personal como 'profesional', a sus dudas y temores
y a su superación del conflicto.
Es posible que sólo en algunos momentos
se haga un 'pelín' evidente quiénes son y qué hacen, puesto que se les quiere
mostrar en su faceta descarada de informantes, pero no llega a chirriar del todo
este intento de conducirnos por los caminos de la intriga. Quizá, que ambos se
enamoren (o no) de la misma mujer sea ya rizar el rizo, aunque era bien necesario
desahogar de alguna manera la parte emocional de la historia por cierta tercera
vía para no colapsar al espectador con tanto devaneo criminal.
Encanta el que nadie se fíe de nadie. Y satisface que todo se acabe convirtiendo
en una lucha por la supervivencia personal que, si nos damos cuenta, no dejó de
serlo nunca desde la primera imagen. Las figuras paternales tienen también mucho
protagonismo, una en cada bando. Se trata de aleccionar, de proteger, de transmitir
y de dejar hacer. (Véase Uno de los nuestros). Nada está sujeto al azar,
aunque lo parezca. Y la ley de la vida no hará si no poner las cosas en su sitio,
que para eso está.
La dirección de actores es, en segundo lugar, otro
de los aciertos del film. Está claro que de donde no hay no se puede sacar,
así que el director de El aviador no lo tenía difícil a priori con el reparto.
El resultado es notable, sobre todo con el trío protagonista. Damon y Di Caprio
se esfuerzan (este último algo más) y consiguen estar a la altura, no en vano
tienen al lado un maestro, Nicholson, que, sin dejar nunca de sobreactuar pero
con ese deje malvado plagado de sorna, se lleva de calle hasta a los buenos.
Es, diríamos, un Padrino renovado aunque más inteligente que el Tony
Soprano de turno. Pero en vez de enfrentarse al también agente enemigo de
turno en un duelo a muerte, consigue ceder el protagonismo a las nuevas hornadas.
Por eso no se le ve, aunque se le intuye, la crueldad para con el prójimo; eso
lo deja para otros. En cuanto a los secundarios, los veteranos Alec Baldwin
y Martin Sheen y el 'cachas' de Mark Wahlberg redondean un coro
sin reproche cuya misión es batir palmas a los susodichos infiltrados. Hay más,
la psicóloga y los circunstanciales. No sobra nadie.
Por último, el manejo
de la cámara, como sólo sabe hacerlo Scorsese y el vibrante envoltorio musical
que, como buen melómano, el de Queens coloca estratégicamente en cada toma. No
hay momento para mirar el reloj, y eso que la producción es larga -dos horas y
media-. Sólo se encuentra hueco para el respiro entre disparo y disparo, porque,
eso sí, la violencia está muy presente, aunque por una vez casi es imprescindible
y nada engañosa. Hablamos de la mafia, y la muerte es el pan de cada día. Disfruten.
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