El seleccionador Jürgen Klinsmann devuelve a Alemania el orgullo patrio

16/06/2006
Úrsula Moreno (Berlín)

Apenas hace una semana que arrancó este Mundial de Fútbol, y ya se ven todos en la final el próximo 9 de julio en Berlín: España, Argentina, Alemania… Un poco pronto para especular acerca de finalistas. Aunque ya hay una ganadora clara, y ésta es la Alemania de Jürgen Klinsmann. No sólo porque la selección ha luchado con garra y ha hecho buen fútbol en los dos partidos disputados hasta ahora, cosechando un 4 a 2 frente a Costa Rica primero y un 1 a 0 frente a Polonia después. Sino también porque este campeonato ha conseguido en una semana desatar una ola de optimismo, que ha sumido a Alemania en un carnaval. Una fiesta que ha contagiado hasta la política.

La imagen de Angela Merkel -una canciller que no destaca precisamente por su gracia espontánea- el pasado miércoles en el estadio de Dortmund, celebrando eufórica el gol de Oliver Neuville en el minuto 91, lo dice todo. Ni siquiera el hecho de que a su lado en la tribuna, el presidente polaco Lech Kachinsky, sufriera en silencio cada tiro a puerta de los alemanes, impidió que la mandataria germana diera rienda suelta a sus sentimientos. Angela Merkel está orgullosa de ser alemana, del rendimiento de la selección y de su país. Incluso al lado de uno de los representantes de las víctimas de la maquinaria asesina de Adolf Hitler, la vecina Polonia.

Klinsmann ha devuelto a los alemanes el orgullo patrio, pero sobre todo la ilusión futbolística. Berlín se ha convertido estos días en un mar de banderas, de todas las selecciones, pero también de la alemana. Se agotan las camisetas del once teutón en las tiendas, en las ventanas pueden verse los colores negro, rojo y amarillo. Algo inédito en este país que siempre se ha guardado muy mucho de hacer alarde patriota alguno.

Pero estos días hay razones de más para estar orgullosos. Las manifestaciones anunciadas por los neonazis se han visto reducidas a un par de decenas de ultraderechistas acordonados por contramanifestantes pacíficos, dispuestos a demostrar que en este país la mayoría defiende los valores de la tolerancia y la igualdad de derechos.

Cuando lo normal en este país era defender a la selección brasileña y denostar a la propia, los términos se han invertido. Quienes juegan con mayor decisión y aplomo son los teutones. Y el carnaval de Río se ha trasladado a Berlín.

La capital alemana, que generalmente es un oasis de tranquilidad, se ha transformado en una gran fiesta de hinchadas y turistas curiosos, que día tras día inundan con sus coloridas camisetas los alrededores de la Puerta de Brandeburgo. Y como para demostrar que el lema del Mundial, el “en casa entre amigos” va en serio, no hay recintos acordonados. Pasear en bicicleta o andando por el recinto gubernamental, a pocos metros de la Cancillería , es un placer, que puede seguir disfrutándose estos días.

Nadie habla de los puntos débiles de la defensa alemana. Klose, Ballack, Neuville y sobre todo el jovencísimo Philipp Lahm son objeto de alabanzas. Por no hablar de Jürgen Klinsmann, que después de ser vapuleado durante meses, vuelve a ser un héroe nacional. Como en 1990, cuando en octavos de final metió ese gol que le permitió a la selección alemana vencer a Holanda y avanzar en su camino hacia la Copa del Mundo.

El mismo diario que inició una campaña persecutoria contra el seleccionador germano, se encarga de recordar estos días sus bondades. Y es que hasta el mismísimo Bild nada en un mar de euforia. Porque no sólo tienen un Papa teutón, sino que además, pronto podrían alzar la Copa del Mundo. Lo que consigue el fútbol.

 

 

 

 

 

 

 

 

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