El
desgraciado accidente de Brihuega, en el que fallecieron
cinco guardias civiles la semana pasada arrollados
por el camión de un conductor rumano que se quedó
dormido, ha encendido todas las luces de alarma
respecto a la política que se lleva con los carnets
de conducir extranjeros.
España ha aprobado la homologación no sólo con
los países europeos, lo que viene dado por su
pertenencia a la UE, sino con muchos de los países
iberoamericanos, algunos de ellos con "manga
ancha" para la obtención del carnet, hasta
el punto de que se ha podido comprobar que ciudadanos
españoles aprovechaban sus vacaciones en Iberoamérica
para hacerse con un carnet de conducir por poco
dinero, a través de un examen escasamente riguroso.
Pero eso significa que vienen a España inmigrantes
que tampoco han demostrado capacidad sobrada para
conducir, y que además lo han hecho en países
con muy bajo nivel de infraestructuras, de manera
que la mayoría de los recién llegados a España
apenas se orientan en las autovías y se aturden
con la velocidad de los vehículos.
Pero lo más grave es que también se ha homologado
el carnet con países árabes, el último ejemplo
Argelia hace sólo un par de semanas. En este caso,
a las dificultades de tratarse de un país con
ciudadanos de muy baja capacitación profesional,
se encuentra la dificultad añadida de muchos de
que sus conductores no comprenden nuestro idioma,
nuestro alfabeto y nuestras indicaciones.
Las asociaciones de transportistas han denunciado
en varias ocasiones la escasa profesionalidad
de algunos inmigrantes que se ponen al volante
de grandes camiones. La mayoría de ellos no cuentan
con la documentación a la que están obligados,
y circulan por las noches porque saben que a esas
horas no es probable encontrar controles de la
guardia civil de tráfico.
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