El periódico alternativo
Los Príncipes de Asturias se sinceran

Los periodistas del grupo Crónica, que engloba a quince comentaristas de todas las tendencias y empresas, y que han cumplido ya sus bodas de plata como grupo -el único que sobrevive a los tiempos de la transición- compartieron su almuerzo semanal con los Príncipes de Asturias, que se metieron a esos veteranos de la crónica política en el bolsillo. El Príncipe no dudó en hablar de todas las cuestiones que le presentaban, incluso las más delicadas, como por ejemplo el futuro de la monarquía y las tensiones que se viven actualmente en el escenario de la política, mientras que Doña Leticia tuvo que responder sobre todo a preguntas relacionadas con la adaptación a su nueva vida, así como las relacionadas con el nacimiento de su próximo hijo o hija.

Los miembros del grupo han guardado su habitual silencio, presumen de que sus almuerzos semanales "no existen", pero sí han contado algunas anécdotas. Por ejemplo, que la Princesa lleva regular su embarazo, con náuseas frecuentes y muy molestas; que Doña Letizia se siente una privilegiada por la familia política que le ha tocado en suerte, a lo que añadió el Príncipe que él se considera también un privilegiado por tener la familia política que tiene, y que los dos son apasionados del cine y que se escapan en cuanto pueden. Ahí discrepan en cuanto a géneros, a Don Felipe le gustan las películas "difíciles", de tesis, ante lo que Doña Letizia cede y acaba en salas medio vacías donde se proyectan películas de público minoritario. En cambio Don Felipe es menos aficionado a la ópera que su esposa, que siempre está dispuesta a llevarle al Real.

Lo que quedó claro es que la Princesa de Asturias ha pasado página de forma definitiva: no echa de menos el periodismo, aunque antes de cada viaje oficial aparece con un "tocho" de recortes o de páginas de Internet que entrega a su marido para estudiarlo juntos. Y una anécdota más: Doña Letizia, a la que gusta comer de todo y tiene muy buen diente, durante el viaje de novios se atrevió incluso con unas cucarachas fritas que compró en un puesto callejero. El Príncipe no quiso ni mirarla mientras probaba lo que se suponía era una exquisitez.


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