Tardaron
veintidós días en repartirse las conselleiras
y pactar la estructura del nuevo Gobierno autónomo.
Y el acuerdo, naturalmente, se venda como se venda,
es una historia de vencedores y vencidos. Un docente
universitario compostelano, Ramón Baltar
(nada que ver con el cacique ourensano de idéntico
apellido) se mostraba categórico con respecto
a la gente del Bloque: "Que se pongan la corbata,
que pisen moqueta y que gobiernen. A ver si así
se dan cuenta de que la Galicia real es muy distinta
de la imagen que tienen de ella".
La Galicia real, la del pacto, la de la transacción
ha salido al encuentro de socialitas y nacionalistas.
Han negociado el reparto de poder a cara de perro,
sabiendo que la política hace extraños compañeros
de cama (Fraga dixit en el Pleistoceno)
y ya se han mirado de reojo, de forma atravesada,
por un quítame allá esas filtraciones de reparto
de consejerías. Porque unos y otros han ido soltando
a sus reporteros de cabecera lo que les convenía
en cada momento.
¿Y el programa de Gobierno del bipartito? Bueno,
por lo visto éste puede esperar. Vamos, que no
existe, hoy por hoy. Eso sí, el socialista Emilio
Pérez Touriño quiere escenificar mediáticamente
el pacto, echando una firmita en el mismo papel
que el bloqueiro Anxo Quintana. Se podían
haber hecho las cosas de otra manera, sin pompa,
pero con efectividad, lanzando a la opinión pública
el mensaje de que las dos fuerzas del gobierno
de coalición saben perfectamente lo que se hacen.
Pues no. El BNG no abandona sus maximalismos formales
de toda la vida, los que les imprimen carácter.
Y con estos maximalismos en la mochila, los negociadores
nacionalistas se sentaron frente a sus contrapartes
socialistas.
A trancas y barrancas hicieron el reparto: dos
para mí, una para ti. Serán consejerías monocolores,
auténticos reinos de taifas, muy alejados de lo
que en realidad demanda la sociedad gallega, tan
azacaneada por los veinte años de régimen fraguista.
Y es que al nuevo gobierno gallego le toca administrar
la época de las vacas flacas, una vez se cierren
los grifos de Bruselas. Ese capital líquido tan
alegremente despilfarrado por el gobierno saliente,
destinado a lo que gráficamente podría considerarse
como un eterno festival de coros y danzas, de
ferias y romerías. La Galicia invertebrada, herencia
fraguista, no la van a vertebrar ni socialistas
ni nacionalistas cada uno desde sus parcelas de
poder. Porque se ha optado por lo que tanto se
criticó a los populares: el reparto de áreas de
influencia, o sea, en otra forma de clielentelismo
electoral.
El nuevo gobierno gallego no hablará con una sola
voz y, además, (es lo grave) no tendrá una sola
política. Este es el vicio de origen. Que ambas
fuerzas llegasen a la apretada victoria electoral
del 19-J sin haber previsto la posibilidad de
que podrían gobernar en coalición es algo casi
de aurora boreal. Y que ese gobierno de coalición,
más allá de la atribución de consejerías a unos
u otros, debía tener un programa común.
Han primado los intereses de partido sobre los
intereses de la sociedad gallega. Y este egoísmo
partidista acabará pasando factura. Porque la
ciudadanía en general y la sociedad civil en particular
quiere saber qué políticas se piensan aplicar
en materia de infraestructuras, o en el fomento
del empleo, o en la sanidad pública o, en algo
de trágica actualidad, como la prevención de los
incendios forestales, o en el envejecimiento progresivo
de la población (un estudio de prospectiva apunta
que, en el año 2017, el 70 % de los habitantes
de Galicia será mayor de 65 años), o en la mengua
del tejido productivo.
El BNG se emperra en lo de la deuda histórica
que nunca existió, puesto que, desde 1983, por
cada 70 pesetas de PIB producidas en la comunidad,
el Gobierno central ha puesto 10. Es decir, que
Galicia está subvencionada desde el punto y hora
que empezó a echar andar su autonomía. Y el Gobierno
central, el paritario de José Luis Rodríguez
Zapatero, en función del viento reinante (léase
la Ley de Presupuestos Generales del Estado) necesitará
en el Congreso todos los votos de sus aliados
circunstanciales, Bloque Nacionalista Galego incluido.
Y los de Quintana ya están armando bulla
con el PEIT. Es el talón de Aquiles de
Rodríguez Zapatero en Galicia.
Y tras la deuda histórica, la reforma del Estatuto
de Autonomía, la otra gran bandera de los bloqueiros.
El sexo de los ángeles. ¿Nación o nacionalidad?
Por ahí, en salvas, se irá parte de la pólvora
laboriosamente conseguida el 19 de junio. Y a
ZP, otro problema añadido: el de las nacionalidades
históricas. Son las tres patas del banco -más
bien potro de tortura- que en clave centrífuga
se le viene encima. El Bloque, por su presencia
en el nuevo Gobierno gallego, aspira a que se
les reciba en La Moncloa con el mismo entusiasmo
que a Carod-Rovira.
Eso sí, el BNG se lleva la vicepresidencia de
la Xunta y cuatro consejerías. A Anxo Quintana
lo vamos a ver hasta en la sopa, tanto en
Compostela como en Madrid, que para algo se reserva
las Relaciones Institucionales. O, en todo caso,
a oírlo, si es que se realiza bajo mano el reparto
de los medios de comunicación públicos, dejando
al PSdeG el control de la televisión autonómica,
mientras la radio pública gallega, la que mejor
cobertura territorial posee en la comunidad, queda
bajo control del BNG. Un auténtico disparate que
tiene visos de consumarse.
En la Galicia del 2005 quienes podrían tenerlo
fácil son los del Partido Popular. Eso sobre el
papel, porque en el seno de los conservadores
abundan las taifas. O sea, que tanto en el gobierno
como en la nueva oposición, más de lo mismo. Galicia
y los gallegos merecíamos mejor suerte.
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