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El ministro de Trabajo, Jesús Caldera , parecía durante la etapa de la oposición el alter ego de ZP . El bueno y el malo, como en las películas simplistas, iban juntos a todas partes y se repartían las declaraciones según hubiera que ser dialogantes y constructivos o dar caña al PP. Pero ZP le recompensó con un gran ministerio, apartado de su entorno. Nadie ha logrado descubrir por qué lo alejó de su lado. Desde entonces, son todo sufrimientos para Caldera.
Por un lado, le pusieron a Consuelo Rumí de secretaria de Estado de Inmigración. Sus relaciones con ella son muy tensas. Según nos aseguran, ya son famosos los gritos en los pasillos entre ambos y la única esperanza de Rumi es que ZP le cree un Ministerio de la Inmigración, a imagen y semejanza de la consejería que recientemente instituyó Esperanza Aguirre , y a cuyo frente está Lucía Figar , que se casa este próximo viernes con Carlos Aragonés , aunque retrasará la luna de miel hasta fin de año.
Por otro lado, Caldera –que asumió en solitario el primer proceso de regularización de inmigrantes, sin dejar intervenir a Rumi- está harto de que en cada reunión con ministros europeos le saquen los colores con la extraordinaria legalización de 700.000 inmigrantes. No hay reunión en que un ministro europeo no le reproche la inoportunidad y el desacierto de esa acción, que tan ardorosamente defendió.
Mientras tanto, en su Salamanca natal tampoco encuentra los brazos abiertos en la gente. Y no sólo por el traslado del Archivo a Cataluña, sino por el proyecto estatutario catalán. Y la última, su enfrentamiento con los abogados, a los que obliga a darse de alta en la Seguridad Social. Y López Aguilar , sin enterarse. Pero las cartas amenazando con recursos se dirigen a él.
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