El tema del día no es otro que la independencia de los bancos centrales. El próximo relevo de Alan Greenspan como Presidente de la Reserva Federal está teniendo como consecuencia inevitable la aparición de un buen número de valoraciones de su legado al frente de tan poderosa institución; naturalmente, estos ejercicios sirven también como punto de partida para analizar las expectativas sobre el estilo de gestión del Presidente entrante.
Es difícil negar que el Mercado escucha a Greenspan como a un moderno Oráculo de Delfos, y que ese manto de infalibilidad se lo ha ganado a base de "gestionar el riesgo", que es como el antiguo consultor financiero entiende su trabajo actual. No en vano tuvo su bautismo de fuego en el mismísimo crack bursátil de 1987, y repitió suerte en 1998 al inyectar liquidez con decisión para evitar que el colapso de un hedge fund -en cuyo consejo de dirección había dos premios Nobel de Economía-, aunque esta actuación fue ciertamente más controvertida.
El prestigio personal de Greenspan, unido al de la Institución que preside, hacen poco sospechoso al banco central americano de falta de independencia. Esta impresión se hace mucho más firme cuando se compara el mensaje de la FED, trasmitido con una sola voz, con las discordancias a las que nos tienen acostumbrados en Japón- esta misma semana hemos podido ver a funcionarios de Banco de Japón y del antes todopoderoso Ministerio de Finanzas, discrepando abiertamente sobre el momento adecuado para cambiar la política monetaria -o en Europa, donde las decisiones del BCE son "reinterpretadas" por distintos miembros del Consejo de Directores del Banco, y también por políticos de los diferentes países miembros.
Precisamente por esta aparente independencia de la FED, resulta más controvertido el apoyo explícito de su Presidente a los recortes fiscales de la administración Bush en 2001. No sólo se trata de que existiesen otras opciones fiscales que podían haber hecho menos necesaria la agresiva rebaja de tipos de interés subsiguiente; lo que se cuestiona es la ética de utilizar el prestigio de una institución para apoyar medidas políticas.
De modo que el hecho de que la FED haya hablado durante los últimos años con una sola voz, no debe hacernos caer en el error de pensar que los bancos centrales son independientes. La realidad es que las políticas macroeconómicas son ante todo políticas, y como tales afectan de forma distinta a grupos diversos, que a su vez pueden tratar de influir por caminos diferentes en quienes toman las decisiones.
De forma muy simplificada, las herramientas de política fiscal están en manos de políticos, mientras que las monetarias son controladas por los funcionarios de los bancos centrales. El éxito cada grupo está en conseguir que la otra parte haga el trabajo sucio. Al conseguir que Greenspan apoyase explícitamente unas medidas fiscales que beneficiaban principalmente a las empresas y a las familias de renta alta, la administración Bush se ahorró las subidas de impuestos que hubiesen sido necesarias para financiar un política fiscal anticíclica que estimulase la demanda interna; y de paso consiguió que la FED pagase la fiesta.
Los resultados de aplicar uno u otro tipo de medidas afectan de forma importante a las expectativas de los mercados financieros. En la formación de estas expectativas, los próximos meses, correspondientes a la toma de relevo del señor Bernanke, serán muy interesantes. Comprobaremos si el profesor de Princeton es capaz de conseguir que los políticos le permitan centrarse en un objetivo explícito de inflación y olvidarse de la segunda parte del mandato de la FED: la consecución de un entorno de crecimiento económico razonable. Promete ser un enfrentamiento apasionante: a juzgar por el título de un manuscrito incluido en el currículo vitae del doctor Bernanke, bajo el epígrafe de "otros escritos y trabajo en curso" -que se puede traducir como "La era del engaño: cómo políticos y banqueros centrales crearon la Gran Depresión"- el nuevo Presidente de la FED sabe muy bien dónde se mete.
|