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El partido socialista catalán (PSC-PSOE) ha demostrado que, en lo fundamental, sigue siendo PSOE aunque se manifieste con un acento distinto. Mientras Maragall tuvo fuelle y agallas –se le acabaron con la nonata remodelación de su Gobierno en octubre- pareció que el PSC iba más allá en sus pretensiones que CIU y que la propia independentista Esquerra. Pero eran fabulaciones con un Maragall iluminado que quería deslumbrar al personal.
Al final, cuando le cortaron las alas y el presidente quedó a merced de Montilla y de los barones de un partido que es más PSOE que catalanista. Se ha visto lo que es el PSC: un partido supuestamente autónomo que al final vota lo que digan desde Madrid. Como ha pasado siempre con los partidos del Gobierno.
El día que Miquel Iceta se sentó en la mesa negociadora con el PSOE y no del lado del tripartito ya se vio qué papel jugaba los socialistas catalanes. Y cuando el jueves pasado Iceta se entregó y dijo que el PSC daba ya por bueno el Estatuto tal como se estaba redactando con el Gobierno quedó claro que el PSC no iba a poner en un aprieto al Gobierno ni iba a votar diferente.
Habrá qué ver también hoy qué película nos venden los socialistas catalanes para justificar el nuevo texto salido del pacto unilateral Zapatero-Mas sin necesidad de su concurso.
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