El anuncio del envío de 367 guardias civiles a Cataluña –aunque otros 160 se marchen, según otras fuentes- , hecho público ayer por Joan Mesquida, director general del Cuerpo, como continuación de las palabras de Zapatero el día anterior, durante la sesión de control al Gobierno en el Senado (por la mañana) y en el Congreso (por la tarde), no han cuajado tan bien como el propio ZP hubiera deseado.
Esta mañana, el diario La Vanguardia califica en su portada esta medida como “parche policial” y añade que “guardias civiles veteranos han dejado la provincia [en referencia a Barcelona] en las últimas semanas” , además de los “mossos d'esquadra” y guardias “en prácticas” que vigilarán Tarragona.
Pero si la medida se considera insuficiente en Cataluña, en la Comunidad de Valencia ha sentado aún peor. Y no porque al Gobierno autonómico del popular Francisco Camps le moleste que se aumente la vigilancia en su vecina del Norte, no. El enfado de la Generalitat valenciana viene de que hace dos meses que pidió refuerzos para el control y la seguridad ciudadana en las costas levantinas, donde se han producido multitud de asaltos a chalets y casas en las playas, “más que en Cataluña” , según el conseller de Justicia, Interior y Administraciones Públicas, Miguel Peralta Viñes.
¿Y qué responde el Ejecutivo de Zapatero a este “mosqueo” de los valencianos? Como anunciábamos ayer mismo en este boletín, el PSOE puede estar iniciando una “Operación Valencia” , o campaña de actuaciones de envergadura para mejorar su imagen en esta comunidad y no le interesa “quedar mal” . Así pues, el Gobierno socialista responde que no se va a desatender esta petición de refuerzos; es más, se dice que ya hay un compromiso para enviar 200 nuevos guardias civiles a dicha región. Pero el consejero Peralta replica que estos guardias no van a trabajar por la seguridad ciudadana, sino en los preparativos del operativo que se va a desplegar con motivo de la Copa de América y de la visita del Papa a la capital del Turia, y que después volverán a los destinos desde los que hayan sido desplazados.
La sensación de “agravio” en comparación con Cataluña es, pues, muy grande
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