Mi pueblo…


No es exactamente el mío, pero podría serlo porque cada vez son más, lamentablemente más, desgraciadamente más, repugnantemente más, los pueblos andaluces en los que un simple levantar de alfombras están dejando al descubierto una corrupción que están mancillando, si es que no destruyendo, el concepto de la democracia que había arraigado en muchos de nuestros conciudadanos. Lo de Marbella está claro que no es sino el gran castillo de fuegos de artificio con que termina un gran evento. Pero ocurre que en muchos, en demasiados pueblos andaban también con sus propios fuegos artificiales para poner fin a mandatos en los que son demasiados los que han confundido lo de servir a con el servirse de para un enriquecimiento personal indigno de cualquiera, pero mucho más de quien llegó al cargo por decisión del pueblo.

Manuel M. Molina

Insisto, no es mi pueblo, pero podría serlo porque es el de un amigo, el de uno de esos profesionales que cuando vas a verlo para demandar sus servicios encuentra un hueco para desahogarse, para contarte, entre indignado, cabreado, asombrado, irritado, desconcertado e incrédulo, lo que está ocurriendo con ese alcalde que durante la campaña había encontrado tantos defectos en los rivales políticos y había hecho gala de una honradez que casi podría llevarle directo a los altares… de no ser porque con sus promesas y bondades llegó a ocupar antes el sillón de la Alcaldía.

Porque fue todo llegar a él y conseguir que unos familiares (matrimonio e hijo) constituyeran una pequeña empresa dedicada a la construcción (algo que casi se moría de risa en el pueblo por lo que mal futuro podía ofrecérsele). Una empresa a la que también anda vinculado, por lo que dicen, un concejal del mismo partido que el máximo mandatario. Y como dicen que el que la lleva la entiende, una mujer propietaria de unas tierras en el pueblo sevillano en cuestión (que sin ser Alcalá se ha hecho famoso también en los últimos años por su pan) recibió una oportuna visita para que vendiera parte de esos terrenos… al precio que se le ofrecía y sin reservarse solar alguno a cambio como además era su deseo.

Al principio fueron muchos los que no entendían que hubiera vendido tierras a un precio que era bueno… hasta que inmediatamente fueron recalificados y pasaron a valer casi infinitamente más. Aquello fue el comienzo. Rápidamente le llegó el turno a otros terratenientes (sin otro uso de la palabra que el de tenedores o tenientes de tierras) que igualmente se vieron forzados a vender. Incluso a algunos propietarios de viejos corralones de esos que aún quedan en algunos pueblos andaluces clavaditos casi en el mismo corazón del centro de los mismos. Los precios fueron aumentando, eso sí, pero no al mismo ritmo con el que aumentaban los de las posteriores ventas. Y la razón, dicen en el pueblo y me contaba mi amigo, era bien fácil: Llegan, te dicen que te dan tanto por tus tierras, que se las tienen que vender a ellos, que no van a consentir que se las vendan a nadie porque en ese caso no se recalifican… y que si no lo hacen pronto se pone en marcha la máquina de la expropiación y van a coger menos dinero.

La verdad es que parece fácil. Es más o menos aquello de o tragas, o a la carretera. Y calculan que en muy pocos años, ese familiar del alcalde que puso su empresa familiar con una mano delante y otra detrás, ahora se tapa sus vergüenzas con unos mil millones de las antiguas pesetas por delante y otros tantos por detrás. Del alcalde no se sabe, salvo que ya quizás no vaya a poder ir a los altares, porque el sillón de la Alcaldía desgasta mucho. ¿O tal vez pudre?


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