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tensiones existentes en las negociaciones de adhesión de Turquía a la UE podrían
acabar, como auguran los más pesimistas, con el llamado choque de trenes
que ponga punto y final a los contactos bilaterales. Mientras que Bruselas exige
a Ankara que abra sus puertos y aeropuertos a los barcos y aviones grecochipriotas,
los turcos, por su parte, se reafirman en su postura, alegando que no hay apertura
posible si persiste el aislamiento de los turcochipriotas del norte de la isla.
Desde Europa, la falta de progresos en el proyecto constitucional y la preocupación
por la ralentización de las reformas del Gobierno de Erdogan pone en entredicho
la viabilidad de la ampliación en general y de la incorporación de Turquía en
particular.
Diariocrítico/Bruselas
Poco
más de un año después de que la Unión Europea iniciase formalmente las negociaciones
con Turquía sobre su adhesión al club comunitario, las tensiones procedentes de
ambas partes acrecientan el riesgo de terminar en lo que se ha dado en llamar
un choque de trenes, que podría suponer la suspensión indefinida de los
contactos bilaterales.
Desde la UE, se considera que el motivo principal
de la posible fractura no es otro que la negativa turca a abrir sus puertos y
aeropuertos a los grecochipriotas, a pesar de haber firmado, en julio de 2005,
el llamado Acuerdo de Ankara, que hace las veces de protocolo adicional al convenio
de unión aduanera con la UE. Por su parte, el primer ministro de Turquía, Recep
Tayyip Erdogan, se ha mostrado firme en su postura: su país no abrirá los puertos
hasta que termine el bloqueo que sufren los turcochipriotas, tal y como prometió
la UE en abril de 2004, de manera que los puertos del norte de Chipre queden también
abiertos.
Bruselas ha insistido en que no ve el vínculo entre ambas cuestiones
y ha confiado en que la apertura de los puertos turcos sirva para poner punto
y final al problema del reconocimiento de Chipre, algo que Ankara se niega a hacer
a menos que se produzca un acuerdo que acabe con la división de la isla. Hasta
la actual crisis y desde que los turcochipriotas, con el estímulo del Gobierno
de Erdogan, votaron "sí" en el referéndum de abril de 2004 al plan de Naciones
Unidas de reunificar la isla (conocido como "plan Annan") y los grecochipriotas
lo rechazaron de manera masiva, Turquía había sido vista como la parte más dialogante
y positiva de las dos. De hecho, Ankara dice no entender por qué los turcochipriotas
siguen aislados a pesar de que votaron "sí", algo que considera un error del que
es principalmente responsable la UE.
Otro factor que mina las relaciones
bilaterales son las crecientes dudas turcas sobre la seriedad del compromiso europeo
de abrirles puerta a la UE, lo que combinado con los problemas políticos a escala
nacional dificultan el diálogo cada vez más. A este hecho se une la preocupación
de Bruselas por la ralentización de las reformas en Turquía, acentuado por la
falta de éxito del proyecto constitucional comunitario, algo que hace que se cuestione
la viabilidad de la ampliación en general y la incorporación de Turquía en particular.
¿Qué podría hacer la UE si Turquía se niega a abrir sus puertos?
Si
la negativa turca de abrir sus puertos a los barcos chipriotas persiste, la UE
tendrá que tomar una decisión política e imponer castigos que podrán variar desde
el simbólico tirón de orejas a Ankara hasta una suspensión total y permanente
de las negociaciones, algo que no beneficia a ninguna de las partes, según considera
Kirsty Hughes. Mientras que algunos Estados miembros, como el Reino Unido,
se han mostrado más moderados a la hora de penalizar a Turquía, otros como Francia
han defendido la mano dura. La Presidencia finlandesa de turno de la UE tiene
la labor de lograr el consenso en este sentido, lo que no carece de dificultad
si se tiene en cuenta que el desacuerdo de uno solo de los Veinticinco socios
puede bloquear el proceso de negociación.
La autora considera que en función
de cómo se desarrollen las relaciones bilaterales se pueden producir escenarios
distintos. En primer lugar, puede que se mantenga la buena voluntad política y
no se produzca el temido "choque de trenes", algo que Hughes considera "lo
menos probable". Para ello, sería necesario que Ankara lograse un avance sustancial
de sus reformas y que se produjese un compromiso sobre el norte de Chipre que
diera a Turquía el espacio suficiente de maniobra para abrir los puertos. La UE
debería lograr que se restableciese el diálogo entre greco y turcochipriotas a
fin de que se abriese el puerto de Famagusta bajo supervisión comunitaria o de
Naciones Unidas y se pusiese punto y final al aislamiento de la parte norte de
la isla. Otra manera de incorporar a los turcochipriotas en el club comunitario
sería concederles estatus legal de observadores en el Consejo o en el Parlamento
Europea y haciendo del turco una lengua oficial de la UE. Ante tal maniobra Ankara
no tendría excusa razonable para negarse a abrir los puertos.
Otra posibilidad
sería optar por ralentizar las negociaciones hasta que se produzcan cambios importantes,
estableciendo una cláusula que permita la revisión de la situación más adelante
por parte de la UE. Esta opción y la de la ruptura total parecen las más probables
a ojos de Hughes. Si Bruselas opta por una penalización dura, pero sin suspender
los contactos, la actitud que demuestre Turquía entonces sería crucial. Si la
UE, por el contrario, decide anular todo contacto existiría el riesgo de que la
situación se recrudeciese entre Turquía y Chipre al estilo del conflicto Israel-Hezbolá-Líbano
y de que se interpretase el gesto de la Unión como que ha preferido no negociar
con un país musulmán, con lo que la credibilidad de su política exterior sería
puesta en entredicho.
Sin embargo, a pesar de estas predicciones pesimistas,
Hughes recuerda que hasta ahora la UE ha hecho siempre hincapié, triunfen o no
las negociaciones de adhesión, en la importancia de mantener una perspectiva europea
para Turquía. Por ello, -sugiere la autora- quizá sería oportuno preguntar a aquellos
Estados miembros que abogan por sustituir el concepto de "pertenencia" a la Unión
por el de "asociación privilegiada" cómo tienen pensado reparar las relaciones
bilaterales en caso de que resulten gravemente deterioradas y cómo creen que se
podría recuperar entonces el interés de Ankara por la UE.
Hughes concluye
que tanto la UE como Turquía necesitan afrontar algunas cuestiones delicadas y
esenciales de su propia política interna si quieren reafirmar sus compromisos
mutuos y su relación estratégica global. Así, se reafirma en que "a Turquía
no le interesa alejarse de la UE y a la UE no le conviene estropear su relación
con Turquía por lo que pueda ocurrir en los próximos años".
El think
tank Friends of Europe fue creado en 1999 por expertos europeos que pretendían
analizar y proponer soluciones a una amplia gama de cuestiones comunitarias. Se
trata de una organización con carácter no lucrativo e independiente. La autora
de este informe, Kirsty Hughes, es una escritora y comentarista de política internacional
y europea que suele colaborar con asociaciones del tipo de Friends of Europe.
Su trabajo, en esta ocasión, se ha basado en cerca de 50 entrevistas, realizadas
entre julio y agosto de este año, a políticos, periodistas, académicos y organizaciones
no gubernamentales de ciudades como Bruselas, Londres, Ankara, Estambul y Nicosia.
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