El Cónclave: permanencia y curiosidades en la historia de la Iglesia


Cónclave: del latín 'Cum clavis', que significa 'con llave'. Así deberán permanecer los 115 cardenales, un récord en la Historia, que desde este lunes se congregan en la Capilla Sixtina hasta que designen al sucesor de Juan Pablo II, que se convertirá así en el 264º Papa de la Iglesia Católica. El aislamiento se orienta a conseguir la mayor celeridad posible en la elección del nuevo pontífice, evitando así que el trono de San Pedro quede vacante durante un gran plazo de tiempo, tal y como ocurriera con la histórica reunión cardenalicia que se prolongó durante 33 meses, tras la muerte de Clemente IV.

19/04/2005
A. MARTÍN LARIOS/Madrid

En los primeros tiempos de la Iglesia era frecuente que cada Papa eligiera a su sucesor -según todos los indicios San Pedro lo hizo así-, aunque no siempre sus indicaciones fueran seguidas al pie de la letra. Durante estos veinte siglos han sido numerosos los cambios, tanto en el sistema de elección, como en el cuerpo electoral y en las características del propio pontífice. Tan sólo dos requisitos se han mantenido inalterables a lo largo de los tiempos: ser varón y haber recibido bautismo. El resto, incluyendo la ordenación sacerdotal, puede esperar al final del cónclave.

Lo cierto es que, a pesar de su rígida apariencia, el procedimiento para escoger al cabeza de la Iglesia católica ha sido modificado una decena de veces a lo largo de la Historia. Corría el año 419 cuando el emperador Honorio introdujo los primeros cambios con el objetivo de evitar un cisma como consecuencia de la elección de dos pontífices. De esta forma se decretó la presencia y participación de un representante del emperador en la elección del nuevo Papa, llegando incluso a imponerlo. Este sistema también tuvo adeptos entre los emperadores del Sacro Imperio romano: algunos incluso se atribuyeron derechos para nombrar al legítimo sucesor del apóstol Pedro.

La prueba más cercana y evidente del carácter efímero de las normas que rigen la elección del nuevo papa la encontramos en el cónclave iniciado este lunes para escoger al sucesor de Juan Pablo II. Poco más de nueve años tienen las normas, recogidas en la Constitución apostólica, impulsada por Karol Wojtyla, que reformaba así la anterior disposición promulgada por Pablo VI y que tan sólo se aplicaría en dos ocasiones, durante los cónclaves, ambos en 1978, que designaron a Juan Pablo I y a Juan Pablo II como obispos de Roma. La Universi Dominici Gregis ratificaba la disposición introducida por Pablo VI que impedía que los cardenales que superaran la barrera octogenaria tomaran parte del cónclave.

Una creación tardía

Los primeros cónclaves, en sentido estricto, surgieron de forma tardía, especialmente si tenemos en cuenta la larga trayectoria de la Iglesia católica: hubo que esperar al 1274 para que se institucionalizara la reunión cardenalicia para la designación del nuevo Papa. Parece que en un primer momento los pontífices venían elegidos entre la comunidad cristiana, es decir, entre una mayoría laica. La leyenda cuenta que, durante una de las asambleas que se celebraban con este propósito, una paloma se posó sobre Fabiano, hecho que se interpretaría como símbolo de la voluntad de Dios y que serviría para su proclamación como Papa.

Los primeros cambios en el 'sistema electoral' los apreciamos en el 1059, cuando se designa a los cardenales como únicos integrantes del cuerpo de electores. Un siglo más tarde se establecería como requisito indispensable que el elegido como nuevo pontífice recibiera el apoyo de dos tercios de los votantes, una disposición que ha sido modificada en ciertos momentos con el objetivo de restar peso al voto del 'candidato a Papa'.

'Cum clavis'


El aislamiento como pieza clave del cónclave se impondría en 1271, tras la larga reunión cardenalicia que se prolongó durante más de 33 meses para elegir al sucesor del Papa Clemente IV. Se cuenta que durante la mítica asamblea - la última celebrada en Viterbo, que cedería el protagonismo definitivamente a Roma- una enojada multitud arrancó el techo del aula gótica en que se reunían los purpurados, dejándolos a la intemperie. El éxito de la 'medida popular' originó la instauración de una serie de restricciones que evitaban que la decisión se prolongara durante mucho tiempo. De esta forma, si tres días después del inicio del cónclave los cardenales todavía no habían emitido un veredicto, se les servía únicamente una comida diaria. Si a los cinco día todavía no proclamaban su decisión, debían contentarse con pan y agua como único sustento. La medida surtió efecto y en el siguiente cónclave, celebrado en 1276, tan sólo hubo que esperar un día para conocer al nuevo Papa.

Un cambio importante en las antiguas reglas fue el que se introdujo en el cónclave celebrado en 1903, a la muerte de León XIII, cuando el emperador de Austria hizo valer, a través del arzobispo de Cracovia, un 'veto de exclusión' contra Mariano Rampolla del Tindaro, secretario de Estado del recién fallecido pontífice. Los cardenales lo rechazaron y eligieron a Giuseppe Sarto, más conocido como Pio X, quien, pocos meses después, prohibiría la aceptación de posibles futuros vetos.

Asesinatos y papisas

Las elecciones papales se han desarrollado de los más diversos modos: según la decisión de los cardenales, del pueblo o por la imposición desde el poder -caso de los emperadores de Bizancio y del Sacro Imperio romano-. Los siglos han visto tanto cónclaves breves y pacíficos como verdaderos 'conflictos armados' y asesinatos de pontífices, un aspecto bastante frecuente entre los siglos X y XII, los correspondientes a los denominados 'antipapas' - sólo en el siglo X fueron asesinados una treintena de papas y antipapas-. También a aquel período pertenece la leyenda de la papisa Juana y del joven que se convirtió en Papa con tan sólo 18 años bajo el nombre de Juan XII. Nada que ver con el cónclave que se inició este lunes, que promete ser cómodo y moderno. Veremos si también es pacífico.

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