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Una profunda sensación de inestabilidad se
está apoderando de la política catalana, a raiz
del estallido del denominado caso Carod. Las primeras
decisiones del gobierno tripartito, previstas
en el pacto de coalición suscrito por Pasqual
Maragall, Josep Lluis Carod Rovira y Joan Saura,
se están viendo deslucidas y tapadas por las consecuencias
de la crisis provocada por la visita del conseller
en cap a Perpiñán para entrevistarse con dirigentes
de ETA. La desilusión está empapando a los votantes
de izquierdas, mientras CiU continua casi en estado
catatónico.
Ramón BORRELL (Barcelona)
Numerosos altos cargos de la Generalitat desl
segundo y tercer nivel están todavía por cubrir.
Una cifra indeterminada de ofertas de cargos de
responsabilidad en la Administración pública autonómica
han sido rechazadas por ejecutivos y profesionales
asalariados en empresas privadas que cobran sueldos
superiores que los que les ofrecen los consellers
para ser directores generales o cargos de confianza
de los diferentes departamentos de la Generalitat
postpujolista. A esa diferencia salarial hay que
añadir la desconfianza que en no pocos casos les
merece embarcarse en una travesía, la del Tripartito,
que muestra un rumbo vacilante y nada definido.
Sólo Maragall parece seguro de saber hacia
dónde se va.
El escándalo producido por Carod Rovira
ha sido la gota que ha colmado el vaso. Pero ya
antes -y después- se han producido nombramientos
que ha asombrado a seguidores de los tres partidos
coligados. El más sorprendente fue el de un hermano
de Carod-Rovira como secretario general del departamento
del conseller en cap. En otras ocasiones, esta
perplejidad ha ido acompañada de irritación. Es
el caso de miembros destacados de la plataforma
maragalliana Ciutadans pel Canvi (Ciudadanos por
el Cambio).
Muchos de ellos son profesionales cualificados
que durante más de ocho años han hecho una voluntariosa
campaña a favor de un cambio capitaneado por Maragall.
En el aparato del PSC se les llamaba desconfiada
y malévolamente Ciutadans pel Càrrec (Ciudadanos
por el cargo). Ahora, una vez Maragall está en
lo alto de la Generalitat ven como se desvanecen
sus esperanzas de lograr poder ayudar desde dentro
del Gobierno a cambiar Cataluña. Y encima, el
PSC de Montilla no cuenta con ellos para
figurar en las listas de las elecciones legislativas
del 14 de marzo.
La correlación de fuerzas alcanzada en las elecciones
del pasado 16 de noviembre -con un fortísimo ascenso
de ERC-no era la prevista por Maragall y los suyos.
Y la distribución de cargos dentro del organigrama
de la administración autonómica ha tenido que
adaptarse a ese escenario menos propicio a los
socialistas que a los republicanos.
Y mientras se apaga la ilusión inicial entre los
votantes progresistas, crece la tensión entre
los socialistas catalanes y los del resto de España.
Nunca habían estado tan al rojo vivo las relaciones
entre PSc y PSOE como ahora. La situación más
parecida es la que se produjo a raiz de la aprobación
de la Ley Orgánica de Armonización del Proceso
Autonómica (LOAPA) en los años ochenta del siglo
pasado. Si entonces los socialistas catalanes
pagaron en comicios autonómicos posteriores el
pacto autonómico suscrito en Madrid por la declinante
Unión de Centro Democrática y el PSOE rampante
de Felipe González, ahora pueden resultar
tremendamente nocivos los cruces de descalificaciones,
amenazas y contradeclaraciones de los Rodríguez
Ibarra, Bono, Montilla y Maragall.
El brillante periodista Joan Barril, nada
sospechoso de antisocialista, escribió el miércoles
en El Periódico: "Maragall no paga las facturas,
dice Ibarra. Pero lo dice un amigo y a los amigos
se les ha de perdonar todo. Amigos que te hacen
la cama de la escisión en cuanto pueden. Amigos
que tientan a otros amigos para que vuelvan a
fundar la Federación Catalana del PSOE. Realmente,
viendo lo que estamos viendo, empezamos a creer
que la amistad política es un oxímoron, una definición
que se niega a si misma, como capitalismo popular,
militares humanitarios o, a partir de ahora, compañeros
socialistas". Esto es, grave desencanto entre
los votantes progresistas catalanes que sólo puede
tener un beneficiario: el PP.
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