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LA IGLESIA ANTE LOS ATENTADOS
TERRORISTAS EN MADRID.
Majestades
Altezas
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos familiares de las víctimas
de los atentados terroristas del
pasado día 11 de marzo en Madrid,
queridos hermanos en el Señor:
I. Dolor, esperanza y oración compartidas
Mucho y muy grande ha sido el dolor
que ha embargado vuestras vidas
y la de vuestras familias desde
aquel día negro en el que la brutal
violencia terrorista, programada
y ejecutada con indecible crueldad,
segaba la vida de vuestros seres
más queridos. Vuestro dolor se convirtió
desde el primer momento ?el de la
búsqueda angustiada y de la verificación
inevitable de los vuestros? en el
dolor de nuestra querida ciudad
de Madrid, de España y, muy pronto,
de todo el mundo. Hemos llorado
y orado juntos, hemos tratado de
ofreceros consuelo, cercanía y ayuda
personal e institucional. No queremos
dejaros solos ni ante la duda o
incertidumbre, tan humanas, sobre
la suerte final de vuestros muertos,
sacrificados desalmadamente por
el terrorismo ?la muerte es siempre
en sí misma un enigma indescifrable
para el hombre; no digamos la muerte
violenta? ni sobre el valor de sus
sufrimientos y de los vuestros que
Dios bien conoce. La condolencia
de España, sentida y manifestada
tan unánime y conmovedoramente todos
estos días, se quiere sintetizar
en este Funeral de Exequias propiciado
por las más altas instituciones
del Estado, al que se han querido
sumar con gesto de exquisita delicadeza
los más ilustres representantes
de los pueblos y naciones, amigas
y hermanas de todo el mundo, especialmente
de Europa y América.
La plegaria desgranada en las Eucaristías
celebradas por los fallecidos en
el terrible atentado del 11 de marzo
en todas las Catedrales e Iglesias
de Madrid y de toda la geografía
española, y la oración silenciosa
de tantas almas y comunidades consagradas
a Dios, que no han cesado ni un
solo momento de pedir por ellos
y su eterno descanso y por vosotros,
sus familiares, encuentra en esta
solemnísima Eucaristía concelebrada
por los Obispos de España su máxima
expresividad e intensidad eclesiales.
Nuestras comunidades diocesanas,
sus pastores y fieles, unidos al
Santo Padre, que no ha dejado ni
un solo instante de acompañarnos
con su oración personal y su bendición,
queremos rodearos, junto a todas
la demás víctimas del terrorismo,
con nuestro afecto fraterno, el
apoyo incondicional y la oración
más sincera.
II. "Tu hermano resucitará"
Ante la magnitud de la tragedia
ocurrida y, sobre todo, ante vuestro
inmenso dolor, es muy comprensible
que le dirijáis a Jesús, "el amigo
del alma", la misma queja que le
hizo Marta al verlo llegar a su
casa cuatro días después de la muerte
de su hermano Lázaro, tan querido
por el Maestro: "Señor, si hubieras
estado aquí no habría muerto mi
hermano". Aunque inmediatamente
añadirá: "Pero aún ahora sé que
todo lo que pidas a Dios, Dios te
lo concederá". ¿Dónde estaba Jesús,
el Hijo del Dios vivo, el hermano
y salvador del hombre, el Señor
de la vida y de la muerte, en aquella
terrible mañana madrileña de las
bombas y de los cuerpos destrozados
de tantos amigos por los que Él
había dado su vida en la Cruz? Lo
que llevamos de más terrenalmente
humano en el corazón nos tienta
a la formulación desconcertada e
incluso rebelde de la pregunta.
La contestación de Jesús, sin embargo,
no se hizo esperar en el caso de
Marta; tampoco se hace esperar en
nuestro caso, queridos familiares
y amigos de los fallecidos: "Tu
hermano resucitará". Aún más, Jesús
precisa el contenido extraordinariamente
lacónico de su respuesta, luminosa
por lo demás hasta límites insospechados
para el hombre, cuando la hermana
de Lázaro le replica con la resignada
constatación de que el acontecimiento
de esa resurrección se dilatará
hasta "el último día". Jesús le
habla a aquella mujer de un presente
transido ya de resurrección y de
vida, que se hace accesible y operante
por la fe a los que peregrinan en
este mundo: "Yo soy la Resurrección
y la Vida: el que cree en mí, aunque
haya muerto, vivirá; y el que está
vivo y cree en mí, no morirá para
siempre. ¿Crees esto?" Si creemos
y oramos por nuestros difuntos,
si creemos y revisamos nuestras
propias vidas delante de Jesucristo
Crucificado y Resucitado por nuestra
salvación, conoceremos y sabremos
con esperanza indestructible que
nuestros seres queridos asesinados
por la vesania terrorista han alcanzado
las puertas de la vida eterna y
bienaventurada y que nosotros, por
nuestra parte, "no moriremos para
siempre". Más aún, venceremos y
triunfaremos con Él "que dio su
vida por nosotros". En el sacrificio
de la vida de nuestros hermanos,
en el sufrimiento de los heridos,
queremos vislumbrar, con la certeza
que nos proporciona la esperanza
cristiana, cómo una nueva llama
del amor misericordioso de Dios
ilumina ya e irreversiblemente los
trasfondos de la historia humana,
aun los más trágicos y dolorosos;
cómo a través del servicio heroicamente
prestado por tantos hermanos nuestros
en estos días de lacerante dolor
alumbra de nuevo la esperanza.
III. Frente a la estrategia del
odio, la estrategia del amor
"Ya sabéis que ningún homicida lleva
en sí vida eterna". A la vista de
los atentados, tan terribles, de
Madrid, sería lícita la siguiente
glosa de este versículo de la primera
carta de San Juan: el terrorista
lleva en sí la semilla de la muerte
eterna. Y homicida es "el que odia
a su hermano". En la estrategia
del terrorismo opera siempre la
siembra del odio como su inspiración
y motivación últimas y decisivas.
Así ha ocurrido también con la masacre
del día 11 de marzo. La forma de
proyectar, disponer y actuar de
los terroristas no puede ser calificada
de otro modo que como la estrategia
del odio que porta en sus entrañas
el asesinato y la muerte. No hay
que dejarse engañar con relación
a la verdadera naturaleza de sus
planes y objetivos últimos. Los
terroristas se han propuesto atacar
y dañar profundamente la convivencia,
la concordia y la paz de los españoles
y, a la vez, avanzar en la consecución
de uno de sus más importantes objetivos:
el de minar progresiva y aceleradamente
las bases morales y espirituales
sobre las que descansan nuestras
sociedades y naciones de raíces
cristianas; a saber: la afirmación
de la dignidad inviolable de todo
ser humano desde su concepción hasta
su muerte natural, la integridad
de los derechos fundamentales que
le son inherentes y la comprensión
solidaria del bien común.
Frente a la estrategia del odio
sólo cabe al final una sola respuesta
eficaz: la del amor, que implica
y exige para su puesta en práctica
una estrategia divina: la de la
Ciudad de Dios, opuesta a la de
la Ciudad Terrena, que diría San
Agustín, cuando de ella se apodera
el puro y duro egoísmo. ¿Cuándo
y cómo se puede hablar verazmente
de amor? Cuando se mira a Cristo
clavado en la Cruz, dando la vida
por nosotros, y cuando unidos a
Él, e imitándole, damos la vida
por los hermanos. Cuando esto sucede,
sabemos que hemos pasado de la muerte
a la vida ya en este mundo y que
una nueva civilización comienza
a perfilarse en el horizonte de
la propia historia.
¡Amar a los hermanos! ¡Abandonar
"el amor de sí mismo" como el absoluto
de la conciencia personal y colectiva!
He ahí la tarea ante la que nos
coloca el amor del Señor compasivo
y misericordioso, lento a la ira
y rico en piedad y clemencia, que
invocábamos y cantábamos con el
salmista. Éste ha de ser nuestro
programa: amor compasivo y entrañable
para con vosotros, queridos familiares
de la víctimas de los atentados
del pasado 11 de marzo; amor compasivo
y activo en el cuidado de los que
todavía se encuentran heridos en
los hospitales de Madrid; amor suplicante
para que el Señor convierta y traiga
a penitencia y conversión a los
terroristas ?¡que se entreguen a
la justicia y abandonen sus siniestros
planes!?; amor agradecido para todos
los que se han dado y vaciado en
gestos y actitudes de heroica y
generosa disponibilidad en la atención
incansable a los heridos y atribulados,
material y espiritualmente; y amor
esperanzado y orante por los que
luchan, justa y denodadamente, en
la superación y erradicación del
terrorismo.
IV. Nuestra plegaria por los jóvenes
de España
Amor que queremos expresar ya, desde
ahora mismo, en plegaria ardiente
a la Virgen María, Madre de Dios
y Madre de la Iglesia, Madre de
la Vida y del Amor Hermoso, Vida,
Dulzura y Esperanza nuestra, por
la paz y el bien de España y del
mundo: ¡Que vele por nuestros jóvenes!
¡Que les tome de la mano para que
respondan valiente y coherentemente
a la llamada que el Papa Juan Pablo
II les dirigía en el Aeródromo de
Cuatro Vientos en el atardecer primaveral
de aquella inolvidable Vigilia mariana
del tres de mayo del año pasado!:
"Responded a la violencia ciega
y al odio inhumano con el poder
fascinante del amor. Venced la enemistad
con la fuerza del perdón. Manteneos
lejos de toda forma de nacionalismo
exasperado, de racismo y de intolerancia.
Testimoniad con vuestra vida que
las ideas no se imponen, sino que
se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar
por el mal!".
Los Obispos españoles, a través
de la Nota del Comité Ejecutivo
de la CEE del pasado 17 de marzo,
afirmábamos que "los terroristas
responderán de sus crímenes ante
la justicia humana y ante la de
Dios. Pero si no nos hacen perder
el ánimo y la generosidad, se habrán
quedado sin armas para someternos".
Si todos nosotros, en especial nuestros
jóvenes, nos disponemos decididamente
a poner amor ?en el sentido de San
Juan de la Cruz (Carta 26)? "adonde
no hay amor", entonces sacaremos
amor, y se abrirán de nuevo para
nuestro tiempo los amplios y luminosos
caminos de la paz.
Amén.
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