Madrid capital mundial del dolor


Dolor y lágrimas contenidas, rostros serios, duros, impenetrables, emoción a raudales y, al final, tensión sólo rebajada por el gesto amable y doliente de los reyes al ofrecer su mano a todas y cada una de las familias de las 190 víctimas de la masacre terrorista. La catedral de La Almudena, de Madrid, se quedó pequeña para acoger a tan alto número de jefes de Estado y de Gobierno, de altos cargos nacionales y extranjeros que se dieron cita en el funeral de Estado por las víctimas del 11-M. En el aire se respiraba un silencio que gritaba a voces que no habrá perdón ni olvido.

Manuel Ángel Menéndez/Diariocrítico (Madrid)

Poco antes de las doce y media, el padre de una víctima, desgarrado por la pena y con el alma hecha jirones, no pudo soportar la presencia del presidente del Gobierno en funciones, y le gritó a su paso: "Señor Aznar, le hago responsable de la muerte de mi hijo". Aznar ni pestañeó. Es un político profesional. No hubo más incidentes, sólo las lágrimas de los reyes unidas a las de las familias.

Nunca antes se había visto tan alto número de purpurados por metro cuadrado para concelebrar un funeral: 30 cardenales, arzobispos, obispos y obispos auxiliares para asistir en el oficio al presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, quien, embargado por la emoción, mostró una voz dolorida -quebrada en ocasiones y sin duda desafinada- a lo largo de toda la Eucaristía. Así quería mostrar la Iglesia su condolencia por las víctimas de la masacre miserable del 11-M. Hacia las 11.30 horas llegaron hasta La Almudena en un autobús de la Conferencia Episcopal los titulares de Jaca y de Cartagena, de Teruel y de Orihuela, de Zaragoza y de Valencia, de Barcelona y de Córdoba, de España entera en definitiva.

La catedral de La Almudena, la misma en la que dentro de dos meses se desposará el Príncipe de Asturias con Letizia Ortiz, se quedó pequeña para tan alta asistencia: se contabilizaron 18 jefes de Estado -entre ellos el de Francia, Jacques Chirac, el Príncipe Carlos de Inglaterra y el Príncipe Moulay Rachid, hermano del rey de Marruecos, Mohamed VI, quien iba vestido de un inmaculado blanco y tocado con un gorro rojo que no se quitó en ningún momento de la ceremonia- y 16 jefes de Gobierno -entre ellos el alemán Gerhard Schröeder, el británico Anthony Blair, el polaco Leszek Miller y hasta el albano Fatos Nano-. Y mucho mandatario en los segundos escalones, como el secretario de Estado norteamericano, Collin Powell, el presidente del Senado ruso, Sergey M. Mironov, o el ministro de Justicia danés, Lene Espersen.

Por parte española asistieron representantes de todos los partidos políticos y los presidentes autonómicos. Allí acudió el lehendakari vasco, Juan José Ibarretxe, flanqueado por el presidente de la Generalitat catalana, Pasqual Maragall, y el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. En esa misma fila se hallaban Mariano Rajoy junto a José Luis Rodríguez Zapatero y la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre. En bancos sucesivos se hallaba el Gobierno en pleno, encabezado por el presidente en funciones, José María Aznar, acompañado de su esposa, la concejala Ana Botella.

Los mandatarios entraron por la puerta del Arzobispado de Madrid, donde eran recibidos por la familia real en pleno: los reyes, el Príncipe de Asturias y su prometida y los duques de Lugo y de Palma, todos de riguroso luto. Tras el saludo de la Familia Real, eran conducidos a la catedral por los servicios de protocolo hasta su asiento reservado. Era tal el número de asistentes que tuvieron que desplegarse sillas en los laterales. Como telón de fondo se había colocado un enorme lienzo blanco detrás del Altar Mayor, sobre el que pendía un gran lazo negro.

Puede comprenderse el nivel de expectación que despertó el funeral de Estado a nivel internacional si se tiene en cuenta que casi un centenar de medios de comunicación extranjeros se habían acreditado para el acto: desde la BBC británica hasta Le Monde francés o el New York Times. Hubo un centenar de reporteros gráficos acreditados, sin contar el personal de TVE, y más de 40 medios nacionales. Los literarios hubieron de acomodarse en el coro elevado, donde se habían instalado tres pantallas de televisión.

Se había invitado a los familiares de los 190 fallecidos en la masacre, pero dada la falta de espacio se les pidió que entraran cinco por familia afectada y que otros tantos, si querían, podían seguir la ceremonia desde la plaza, donde se había habilitado un enorme pantalla de televisión, al igual que en la Puerta del Sol, relativamente cercana a la catedral.

La misa había sido convocada para las doce y media, pero comenzó diez minutos tarde, a la espera de que llegaran los mandatarios que habían comprometido su presencia. Uno de los últimos en llegar fue el Príncipe Carlos de Inglaterra, que no hizo honor a la puntualidad británica. El acto, sin incidentes, exceptuando la culpabilización a Aznar, se alargó hasta las 14.00 horas, más de lo previsto ya que los reyes, rompiendo con los ojos húmedos y rompiendo el protocolo fueron banco por banco dando el pésame a cada uno de los familiares asistentes. La reina no pudo contener el llanto. Fue quizá el momento más emocionante de toda la ceremonia.

En su homilia, monseñor Rouco Varela habló de la vida y de la muerte, de la resurrección eterna: "No queremos dejaros solos ni ante la duda o incertidumbre, tan humanas, sobre la suerte final de vuestros muertos, sacrificados desalmadamente por el terrorismo", recordando las palabras de Jesucristo a Marta, la hermana de Lázaro: "Tu hermano resucitará". El cardenal hizo un llamamiento a la paz, a la concordia y pdió que frente a la estrategia del odio hay que oponer la estrategia del amor. A lo largo de su homilía, Rouco pidió alejarse de "toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia" y que se responda "a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor".Pero no hizo ni una sola concesión a otras religiones minoritarias. Algunos de los muertos no eran católicos.





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