La semana política que empieza
La segunda transición española


por Fernando JÁUREGUI

Teóricamente, la noticia política de la semana --la otra noticia ya sabemos que es 'la' Boda, con mayúsculas-- será la de las llamadas a la negociación entre el Gobierno y el principal partido de la oposición, el PP. En algún momento de esta semana se producirá la llamada de Rodríguez Zapatero a Mariano Rajoy, proponiendo concertar una cita, la primera 'escena del sofá' entre el jefe del Ejecutivo y el líder de la oposición. Ambos se verán pronto. Lo único que queda pendiente es si la entrevista se ha de producir ya mismo, antes incluso de que comience la campaña electoral para los comicios del 13 de junio, o si debe posponerse hasta que se conozcan los resultados de las elecciones europeas. Pero los temas que se pondrán sobre la mesa tienen gran importancia: el consenso que debe salir de la 'cumbre' va a afectar de manera profunda y, si todo sale como debe, beneficiosa, a la marcha de la democracia española. Si es verdad que han llegado nuevos tiempos, saldrán de este primer encuentro entre Zapatero y Rajoy. Nada menos.

Puede que lo aconsejable sea aguardar hasta después del 13-j. Pero, en todo caso, las elecciones europeas, que a nadie parecen apasionar, son un accidente en el camino, algo a lo que los propios partidos --no hay más que ver cómo han confeccionado sus candidaturas, sobre todo en el PP-- conceden una importancia secundaria. Y estarán marcadas por la sombra de la negociación futura entre el PSOE y el PP. Sin reprochesy sin protagonismos. Acabó la 'era Aznar', el ex presidente que, desde las tierras de Bush y Rumsfeld, sigue haciendo declaraciones, en medio de la tormenta de arena iraquí, contrarias a una retirada de las tropas que reclaman al menos tres cuartas partes de los españoles. A Rajoy le ha llegado el momento de abandonar la tutela aznariana, como le reclaman tantos dirigentes del partido. Y, de hecho, al aceptar por escrito y ante los micrófonos iniciar una negociación al menos sobre reforma constitucional, reformas estatutarias y financiación autonómica con Zapatero, ha roto con el 'espléndido aislacionismo' que impuso un Aznar partidario de mantener cerrados con siste llaves el sepulcro del Cid y las puertas de La Moncloa.

Tengo para mí que no serán solamente --y nada menos-- los tres temas enunciados los que podrían ser objeto de una negociación en busca de consenso entre dos partidos que acaparan, entre ambos, más de veinte millones de votos de españoles. La marcha de la UE, y el acercamiento a París y Berlín, también debe ser cuestión a hablar entre dos personas que se entienden bien en lo humano y, me parece, en lo político. Y ¿por qué no hablar también de las relaciones con los Estados Unidos, ahora que parece aproximarse, Dios lo quiera, la 'etapa Kerry'? Y ya puestos, ¿por qué no buscar el consenso del PP en materia de reforma de RTVE? ¿Y por qué habría el PP de quedarse fuera de la regeneración política enunciada por María Teresa Fernández de la Vega, un importante conjunto de catorce medidas --'olvidó' el desbloqueo de las listas electorales, pero acaba de declarar que ese punto también va a ser contemplado-- que fortalecerán la democracia?

Solamente será necesario dotar a las conversaciones que vienen de una buena dosis de generosidad por ambas partes. Algunas actitudes aisladas de 'vendetta' que han podido detectarse en la actuación primera de los socialistas han sido, hay que reconocerlo, eso: aisladas. El espíritu prometido por Zapatero a su llegada al poder sigue predominando. España puede entrar en una de esas raras etapas en las que prima el consenso constructivo entre las fuerzas políticas, por más que, como es lógico, cada cual se mantenga fiel a sus esencias. ¿Sabrá el PSOE aunar sus compromisos con la izquierda y con los nacionalistas con esta negociación con el PP? ¿Es todo ello como intentar la cuadratura del círculo? Personalmente, no lo creo: todos habrán de hacer un esfuerzo de progreso y, al tiempo, de renuncia a sus programas de máximos. Eso es lo que facilitó aquella transición, que tantos consideran modélica, que posibilitó la Constitución de 1978 para salir de la dictadura. Pienso que hemos entrado en un momento semejante, en el que los cambios en el mundo y en la propia España reclaman un máximo de imaginación de la clase política.



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