EDITORIALES DE LA PRENSA VASCA

EDITORIAL DE GARA (31/12/04)

Ibarretxe tendrá que retratarse


El Parlamento de Gasteiz, en una sesión histórica que debe enterrar definitivamente el Estatuto del 79, aprobó una propuesta que como se recogía en el editorial de ayer tiene la paradoja de basarse en conceptos como una Euskal Herria de siete territorios, el derecho de libre determinación y la necesidad de una consulta, para después constreñir todo ello en un nuevo proyecto estatutario para tres provincias. Sin embargo, el Gobierno de Lakua y los partidos que lo sustentan saben que ese paso ha sido posible gracias a la audaz apuesta política de hondo calado realizada por la izquierda abertzale, cuyo fin, expuesto con toda nitidez, no es el de abrir una negociación sobre competencias o transferencias, sino habilitar un proceso que, con los elementos recogidos en el preámbulo del plan, pueda llevar, desde un acuerdo entre todos, a la definitiva resolución del conflicto.

El lehendakari, Juan José Ibarretxe, que tan dado es a la fotografía de las actitudes de los demás cayendo en demasiadas ocasiones en la caricaturización de las posiciones políticas de sus adversarios tiene ahora una estupenda oportunidad para retratarse a sí mismo. En sus manos está pretender conducir el enorme caudal político existente en estos momentos en Euskal Herria por el embudo de buscar únicamente una mayor capacidad de gestión administrativa para la CAV, un nuevo Estatuto para otros 25 años, o aprovechar esta coyuntura histórica, desconocida hasta la fecha en el país, para buscar un acuerdo político, lo más amplio posible, que abra el camino de la paz y de la democracia.

Si los discursos lanzados ayer en la tribuna de oradores del Parlamento de Gasteiz son sinceros, Juan José Ibarretxe debe tener la seguridad de que cuenta, no con 39 votos a favor de su plan, sino con una amplia mayoría política y social del país que considera que el reconocimiento de Euskal Herria como sujeto político y el derecho de autodeterminación son las claves para construir, con el mayor consenso político posible, un país democráticamente normalizado, en el que las vascas y vascos sean los dueños de su propio futuro para decidir lo que libremente quieran. En esa vía, resulta imprescindible contar con la voluntad popular, por lo que la consulta se convierte en un elemento esencial de la misma. Eso es lo que ahora toca. Toca trabajar por el acuerdo y por dar la palabra al pueblo, toca hacer la paz entre todos. Y toca, sobre todo, que el conjunto de agentes políticos y sociales esté a la altura de las circunstancias. -

EDITORIAL DE El CORREO (31/12/04)

Plan con Batasuna


La votación del plan Ibarretxe en el Parlamento vasco ofreció ayer el resultado que deseaban sus promotores: su aprobación como proyecto de reforma estatutaria. De esa manera, el momento programado por Ibarretxe para dar inicio a la campaña electoral de cara a los próximos comicios autonómicos se ve reforzado con la tramitación de dicho plan ante las Cortes Generales. Desde el principio, el nacionalismo gobernante ha intentado transferir al Estado constitucional la responsabilidad sobre su disposición rupturista. Elevando a las Cortes Generales la decisión adoptada ayer, Ibarretxe y su partido consiguen enfocar los comicios autonómicos como una liza entre la voluntad de los vascos y el marco constitucional; como un enfrentamiento entre la legitimidad vasca y la legalidad española. Ése es precisamente el escenario propicio para las aspiraciones electorales del PNV pero, sobre todo, para lograr que sus votos arraiguen sobre la división y el enfrentamiento.

Las llamadas y requerimientos que el nacionalismo gobernante había dirigido hacia Batasuna acabaron cuajando ayer en una coincidencia de intereses. Poco importa que dicho resultado fuese consecuencia de un acuerdo previo que contemple contrapartidas a favor de la formación liderada por Arnaldo Otegi. Porque la votación constituyó, en sí misma, un pacto. Lo que parece indiscutible es que ayer Euskadi se adentró definitivamente por un callejón que no ofrece otra salida que la derrota electoral de los patrocinadores del plan soberanista en las próximas elecciones. De lo contrario, acabará haciéndose realidad la advertencia de Ibarretxe de que el camino por él emprendido no tiene vuelta atrás. El nacionalismo de PNV y EA decidió en septiembre de 1998 proyectar el futuro del País Vasco mirando a la izquierda abertzale y dando la espalda a los vascos constitucionalistas y al resto de los españoles. Tras el fracasado ensayo realizado en torno a la Declaración de Estella, el nacionalismo gobernante confió en el poder de arrastre del plan Ibarretxe convertido tanto en factor de cohesión para sus filas como en elemento de atracción hacia las bases de la izquierda abertzale.

Con la votación de ayer, Euskadi se va a convertir en el único rincón del mundo democrático en el que el marco básico de convivencia es definido no a través de un esfuerzo de consenso, sino mediante la aplicación de un criterio mayoritario alejado tenazmente de los deseos de quienes no lo secundan. El apoyo de Batasuna a los propósitos del tripartito gobernante no resulta gratuito. Es cierto que sus frutos no podrán ser capitalizados por una formación que se encuentra fuera de la ley y que, si nada cambia, continuará excluida de la contienda electoral. Pero el pacto implícito que representa la votación de ayer contribuye a una mayor radicalización de los postulados de partida del plan Ibarretxe. En una situación de extrema debilidad y desconcierto, la izquierda abertzale ha decidido cobijarse a la sombra del nacionalismo gobernante. Pero a la vez ha conseguido escorar a éste hacia su lado, cegando así toda posibilidad a las ya limitadas esperanzas de que el PNV decidiera virar hacia una mínima moderación de sus postulados.

Si ya con anterioridad el plan Ibarretxe no ofrecía posibilidad alguna para el encuentro entre nacionalistas y no nacionalistas, los 39 votos que ayer secundaron su tramitación según lo previsto en el artículo 46 del Estatuto de Gernika conducen a una fractura ineludible. Es el momento de recordar que el contenido del proyecto aprobado va mucho más allá de una mera reforma estatutaria y que en realidad quiebra los principios que la Constitución de 1978 estableció como marco para el desarrollo autonómico. Por eso resulta impensable que las Cortes Generales, a través del pleno del Congreso, puedan siquiera admitir a trámite la propuesta votada por el Parlamento vasco. Esto es algo que el nacionalismo no sólo conoce perfectamente, sino que se dispone a utilizar como argumento central de su campaña electoral, para convertir el rechazo constitucional a la decisión del Parlamento vasco en la palanca de una nueva victimización abertzale. Los tres votos de Batasuna han adelantado el calendario inicial de Ibarretxe, de forma que no sólo va a concurrir a los comicios con un plan, sino que a éste se le añadirá la explícita negativa de las Cortes Generales, del PSOE y del PP, a dar carta de naturaleza a un proyecto que quiebra el marco de convivencia en Euskadi y entre Euskadi y el resto de España. Pero si las Cortes Generales son depositarias de la facultad constitucional para evitar el dislate que entrañaría la normal tramitación del plan Ibarretxe, la reconducción de los acontecimientos hacia un horizonte más racional y sensato depende de la ciudadanía vasca y de su opción de voto en las próximas autonómicas.

EDITORAL DE DEIA (31/12/04)

Apasionante futuro político

LA PROPUESTA de nuevo Estatuto auspiciada por el Gobierno vasco es desde ayer un proyecto asumido por el Parlamento una vez que el Pleno del mismo aprobara por mayoría absoluta su contenido y el camino que traza hacia la reforma del marco legal de la Comunidad Autónoma Vasca. Un apasionante escenario político de futuro que no por complicado tiene por qué dejar de ser ilusionante. Por sorpresa, con una maniobra de fracción del voto propio, Sozialista Abertzaleak aportó los tres sufragios que propiciaron una mayoría absoluta de 39 votos. El primer debate a suscitar es, como era previsible, uno interesado sobre la calidad de los votos que han propiciado la mayoría absoluta. El valor de esos votos es el mismo que hubieran tenido en sentido contrario. Ni más, ni menos. El argumento esgrimido ayer por Leopoldo Barreda en el sentido de que esos votos harían del Plan Ibarretxe el Plan de ETA se desfonda al invertir los términos ya que el parlamentario "popular" no suscribirá nunca el criterio de que la alineación en numerosas situaciones precedentes de SA con PP y PSE frente al tripartito implique la coincidencia de objetivos entre estos partidos y la organización armada. No hay perversión en esos votos, que son representación de voluntad popular expresada en las urnas. Menos aún tras el archivo del "caso Atutxa", que ahoga polémicas estériles. La perversión a la política vasca la aporta la violencia de ETA. Y a ella corresponde ceder el protagonismo de una realidad sociopolítica existente pese a todo a quien lo debe tener, que son los representantes políticos del sentir de ese mundo. Una cesión sólo reconocible en el abandono inmediato de la violencia, como exige la sociedad vasca.

CONVIENE DESPEJAR dudas sobre lo aprobado ayer. El texto que el Parlamento hace suyo es el que es y no otro. No es un texto inmutable, como no debe serlo ninguno legal en la medida de poder adaptarlo a las realidades de la sociedad que se dota de ellos. Pero tampoco cabe interpretar unilateralmente el sentido de lo aprobado en función de la conveniencia de SA ni de nadie. La administración del escenario subsiguiente corresponde a cada uno de quienes lo han propiciado pero sin perder de vista esa realidad. Un escenario que es decisión de la sociedad vasca por vía de sus representantes. De ello hay que felicitarse. De ello y de que el texto consagre ese criterio de decisión, residenciada en la voluntad última del pueblo vasco, que era una de las carencias evidentes del marco legal vigente. El camino viene plagado de dificultades y queda por delante una ruta complicada en la que nuestros políticos deben estar a la altura de las circunstancias; de abandonar posturas encastilladas. La complicación añadida del inminente final de la legislatura es prueba de fuego en la que las cartas del peso parlamentario vuelven a quien tiene en su mano la decisión de repartirlas: el votante. En la expectativa más inmediata no resulta alentadora la primera reacción del PSOE y del Gobierno español. Denota doble rasero que habla de desprecio a las decisiones soberanas del Parlamento vasco cuando se compara con el compromiso a priori de respaldo a la voluntad que exprese la Cámara catalana en relación a su propia reforma estatutaria. La coherencia está en ser fiel a principios democráticos con carácter universal, no a pactos de interés político privado como el tripartito catalán o el de PSOE-PP. Pero el futuro es un período apasionante e ilusionador que requiere lo mejor de la inteligencia política de todos.

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