Hay poquísimos autores más o menos directos del borrador del Estatut que no reconozcan que en el texto han metido mano demasiadas personas. No ha estado bien coordinado y, por mor de la consecución de un consenso lo más amplio posible (90% de los diputados del Parlament), la armonía entre sus partes y la coherencia brillan por su ausencia.
23/01/2006
Diariocrítico
Ya en la primera mitad del siglo XVII, don Francisco de Quevedo se formuló el dilema que estos meses ha vuelto con fuerza a los palacios de La Moncloa y de las Cortes: ¿las agitaciones y las demandas de Cataluña son “por el huevo o por el fuero”? Esto es, ¿el conflicto en torno al llamado 'problema catalán' versa sobre materias tangibles, dinerarias –contribuciones, quintas aranceles, financiación, competencias...-, o bien sobre intangibles simbólicos y emocionales: sobre si Cataluña es región, nacionalidad o nación, sobre los imaginarios históricos respectivos de Cataluña y España, sobre el estado jurídico de la lengua catalana, sobre las prelaciones protocolarias, himnos, banderas..?
En síntesis, el huevo se resolvería con una financiación suficiente y equilibrada. Y el fuero, con un reconocimiento de la identidad nacional.
En las últimas reuniones negociadoras, una vez resueltas las discrepancias sobre las nuevas competencias de la Generalitat, los representantes de Convergència i Unió se han inclinado por primar el huevo, por anteponer el asunto de la financiación al de la inclusión del término nación en el Estatut. Mientras que los otros portavoces nacionalistas, los de Esquerra Republicana, pondrían el acento en la cuestión nacional y se mostraron reacios a bajar un ápice en sus pretensiones de que Cataluña apareciera como nación en el nuevo Estatuto.
Hay poquísimos autores más o menos directos del borrador del Estatut que no reconozcan que en el texto han metido mano demasiadas personas. No ha estado bien coordinado y, por mor de la consecución de un consenso lo más amplio posible (90% de los diputados del Parlament), la armonía entre sus partes y la coherencia brillan por su ausencia.
Cada una de las cuatro formaciones políticas con representación parlamentaria en Cataluña que lo respaldan (todas menos el PP) han querido dejar impresa su huella. No tanto porque tuvieran que cubrir va cíos legales potencialmente perjudiciales si no se llenaban, sino porque ninguno de los partícipes querían renunciar a poder jactarse en el futuro de que el Estatut del siglo XXI era obra “sobre todo” de ellos. Todos han querido poner su bolita de Navidad en el gran árbol estatutario. Pero nadie la ha dirigido ni se ha dejado coordinar. Y se nota a todas luces la ausencia de una batuta que otorgase a la obra coherencia y cohesión.
Maragall, Mas, Duran...
El gran impulsor del nuevo Estatut ha sido Pasqual Maragall. La idea original no es suya. Como tampoco lo fue la de pedir y organizar los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona. Pero el jefe de obras y el gran rentabilizador electoral del éxito mundial de Barcelona 92 fue el actual presidente de los socialistas catalanes.
Convergència i Unió, Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya Verds también abogaron en las autonómicas de 2003 por la promulgación de un nuevo convenio de relación con el resto de España. Jordi Pujol estuvo 23 años quejándose de las dificultades que tenía Cataluña para encontrar su encaje en España, pero se resistió hasta el último momento a redactar un nuevo Estatut. Prefirió apurar hasta la última coma y la penúltima competencia la ley aprobada en 1979 antes que meterse en un berenjenal como el que se han encontrado los actuales negociadores.
Una vez redactado el borrador del nuevo Estatut, Maragall logró el año pasado que Mas se sumara al proyecto. Pujol se mostró reacio hasta el último momento. Pero ante las concesiones que el tripartito hizo para lograr el concurso de CiU y convertir el proyecto en cuatripartito, Mas aceptó sumarse al proyecto. Entonces, Pujol cogió de los brazos a Maragall y Mas y, cual si fueran dos escolares tras un partido de fútbol reñido, les felicitó en las escaleras del Parlament, ante decenas de fotógrafos y camarógrafos: “Chicos, lo habéis hecho muy bien, muy bien”. Es probable que ahora, tras el pacto Zapatero-Mas, Pujol escriba un artículo en algún diario amigo para ensalzar la visión de estadista del presidente español e insista en el acierto que tuvo al legar a Artur Mas la herencia de CiU. Difícilmente veremos demasiados halagos de Pujol a Maragall. El acuerdo Mas-Zapatero consolida a aquel como líder de CiU y confirma que Josep Antoni Duran Lleida continuará teniéndose que conformar con desarrollar un papel secundario en la p olítica catalana. No sería extraño que al leer los diarios del domingo pasado a Duran le volviera a tentar la idea de aceptar alguna de las millonarias ofertas que ha recibido para dedicarse a la abogacía privada; seguro que sufriría menos sinsabores que ser el “abogado” de los intereses de Cataluña en Madrid.
Montilla, De Mandre, Llamazares...
Al igual que el resto de los partidos catalanes, el PSC tiene dos almas. Una federalista y otra catalanista, de un nacionalismo moderado, pero firme. Maragall encarna esta segunda alma, mientras que Montilla y Manuela de Madre representarían al sector más “españolista”.
Algo parecido sucede con Iniciativa. Pocos pueden dudar del catalanismo de los herederos del PSUC. Y al igual que sus antecesores comunistas, los dirigentes ecosocialistas de ICV han chocado con un importante sector de Izquierda Unida, el más vinculado al Partido Comunista de España, contrario a que haya distintos sistemas de financiación autonómica y la diferenciación entre naciones y regiones dentro de las comunidades autónomas españolas. También Gaspar Llamazares ha tenido que lidiar con sus particulares Ibarra y Bono.
La promulgación del nuevo Estatut confirma a Maragall y Saura al frente de sus respectivas organizaciones y les aúpa como candidatos a la presidencia de la Generalitat en las próximas elecciones autonómicas.
Esquerra y PP
No tan claro resulta el panorama en Esquerra y en el PP de Cataluña. En estos dos partidos también cohabitan dos almas. En ERC convive el asamblearismo independentista con el clásico sistema de cuadros. Aunque no lo parezca, el liderato de Carod Rovira está cuestionado. Quién en verdad controla el aparato del partido es Joan Puigcercós. Carod es la imagen, en ocasiones, más que brillante, y Puigcercós quien mueve la cocina. La presencia en los medios de comunicación de Carod, sin embargo, es cada vez más puesta en duda por una parte del partido, convencida de que las salidas de tono y “boutades” del filólogo de Cambrils (encuentro con ETA, corona de espinas, JJOO de Madrid) en nada favorecen a la imagen de “responsabilidad institucional” que desean ofrecer los Puigcercós, Bargalló y Ridao. El radicalismo identitario de Carod ha dado buenos réditos hasta ahora. Pero el caladero de votos decisivos para c onseguir la mayoría electoral se encuentra sólo en la centralidad del catalanismo pospujolista, en la moderación que desarrolla mejor Puicercós así en Madrid como en su Ripoll natal. Una prudencia que en ocasiones hasta recuerda la mejor retórica roquista.
Queda por último la crisis larvada del PPC. El único partido catalán que se ha opuesto frontalmente al Estatut, que le ha negado el pan, la sal y la constitucionalidad, queda en una posición muy incómoda ante la inmensa mayoría de los electores catalanes. Piqué, quizás el mejor orador del Parlament, es un incomprendido en la calle Génova, un “traidor” para Jiménez Losantos y poco menos que un apestado político en Barcelona. El sector anticatalanista del PPC, encarnado por Alejo Vidal-Quadras y su aliado coyuntural, Alberto Fernández Díaz, permanece al acecho. Y al menor movimiento de cejas de Mariano Rajoy se lanzará a la yugular de Piqué y su fiel escudero Francesc Vendrell, bajo la grave acusación de “tibios y contemporizadores” con el tripartito.
Volver |