Donde la ciudad se hace mestiza

Mientras el reloj, como el bolero, marca las horas que faltan para la cita con las urnas, la Barcelona baja, la del Barrio Gótico, el de la Ribera, el Raval, las Ramblas y el Mercado de la Boquería, bullen de vida sabatina. Este distrito, el del Casco Antiguo, oscila entre el cosmopolitismo del que siempre ha hecho gala la capital catalana y el tipismo más trasnochado, casi en color sepia de un cartel del antiguo Ministerio de Información y Turismo.

28/10/2006
Paco Vilariño / Diariocrítico / Barcelona

Estamos en la Barcelona mestiza, bien delimitada por lo que antaño fueran los caminos de ronda de las antiguas murallas de la ciudad. Y, en el distrito, los dos símbolos más señeros del poder barcelonés y catalán: el Palau de la Generalitat y el Ayuntamiento de la ciudad. Muy cerca, el Gran Teatre del Liceu, antaño aristocratizante reducto de la burguesía catalana, hogaño refugio de melómanos con pátina de progresía ilustrada, pero al que se sigue acudiendo para ver y ser visto durante la temporada de ópera.

Y es especialmente en las Ramblas donde se deja sentir la presencia de imágenes de la campaña electoral: pancartas de lado a lado y las banderolas con la efigie de los candidatos. En la de Canaletes, junto a la fuente y a un paso de la Plaza de Catalunya, todos los partidos han montado casetas y tenderetes de propaganda, incluyendo extraparlamentarios como el POSI (Partido Obrero Socialista Internacionalista) de estricta obediencia trotskista que, en el 2003, obtuvo casi 6.000 votos en toda Catalunya.

Calurosa mañana de octubre, gente con atuendo veraniego deambula ante un puesto de castañas asadas, sin demasiado éxito, aunque por diversificación del negocio, vende nada disimuladamente tabaco. Y allí encontramos a Malika, marroquí, en la treintena granada. Lleva once años en Barcelona, tiene los papeles en regla y su oficio es el de segunda cocinera y repostera en un restaurante de la zona: “¿Las elecciones catalanas? –explica— sólo me afectan en que viene más gente a comer y a cenar al restaurante ”. Ella está integrada en Barcelona y por eso, curiosamente, considera normal que a determinados inmigrantes –esos que están sin papeles—s les pongan las cosas difíciles.

De casi idéntica opinión es el ucraniano Ruslan, también treintañero, camarero de profesión en un bar de Sarrià, vecino, como Malika, del Raval, inquilino de un piso de 70 metros cuadrados en un edificio rehabilitado. Y eso que Ruslan, que reside en Barcelona desde hace cuatro años, sólo ha estrenado permiso de residencia hace seis meses. Lo que a él le gustaría es, no obstante, que inmigrantes residentes y empadronado pudieran votar en las elecciones municipales.

En un minibar de barra estrecha de la entrada principal del mercado de la Boquería, Nuria y Montse, en la cincuentena ambas, rubias teñidas las dos, han dejado un momento sus paradas respectivas de huevos (Montse) y de fruta y verdura (Nuria), para tomarse el segundo café de la mañana y cotillear un poco. El 1 de noviembre irán votar y lo harán ambas por CiU: “es nuestro partido”, dicen a coro. Hubiesen preferido que Jordi Pujol fuese eterno, pero “Artur Mas no lo hace mal. Y habla claro: los inmigrantes tienen que adaptarse, que nosotros estamos en nuestra casa” . Y ambas comentan que consiguieron retratarse hace tres días con Mas, en una de sus visitas al más popular de los mercados barceloneses.

Y como en su casa, desde hace dos años, se encuentra Steve, escocés de Glasgow y del Glasgow Rangers, por supuesto, Ya está en la cuarentena y trabaja en asuntos de comercio exterior. Él está concienciado, porque en su casa vota al Partido Nacionalista Escocés y, de poderlo hacer aquí, sería CiU –“es lo más parecido al mío”— la opción política elegida. Steve, que en una mañana de sábado va por su tercera cerveza, vive en la parte alta de la calle de Balmes, pero le gusta callejear y es un habitual de la zona.

También habituales de la zona son Rita y Eduardo, casi sexagenarios, argentinos y que llevan en Barcelona desde 1980 y están naturalizados en España. Residen en el Paseo del Borne, en un edificio que se ha rehabilitado hace tres años. Eduardo, nieto de italianos y gallegos, irá a votar pero duda entre el PSC e Iniciativa per Catalunya: “siempre me ocurre en las elecciones de acá ”, explica mientras enciende un cigarrillo. En cambio, Rita, lo tiene clarísimo: “soy militante del PSC y Montilla es mi candidato”. Militancias y querencias aparte, ambos reconocen que el tripartito “fue un quilombo” .

Los cuñados Ahmed y Omar son paquistaníes, residen y tienen su negocio (una tienda de comestibles) en el vecino Raval, en el Carrer Nou de la Rambla, que comunica ésta con el Paralelo. Para ellos la campaña electoral no las va ni les viene. “ Queremos trabajo y buenos negocios ”, dicen en un balbuciente español. Uno de ellos, a saber cuál, está en situación irregular, el otro tiene los papeles en regla, lo que le permitió, hace menos de un año, coger en traspaso la tienda que regenta. Como muchos de sus compatriotas (son cerca de 7.000 paquistaníes de ambos sexos, en diferentes estadios de documentación los que residen, en este trozo de la ciudad). Aquí se han construido su pequeño mundo, que incluye una pequeña mezquita, muy próxima, por cierto al oratorio que los sikhs (unos 1.500 en Barcelona) a la vuelta de la esquina.

Y a cien metros escasos, el flujo y reflujo de la gente que llena las Ramblas. Un sábado más en la gran ciudad. Pasará el Día de Todos los Santos, se conocerán los resultados electorales, quizá haya pactos de unos con otros o de otros con los unos. Unos operarios, cachazudamente –su empresa está en La Estrada, provincia de Pontevedra—van empezando a colgar las luces navideñas, a la espera del pistoletazo de salida –cada año más adelantado—de la gran fiesta del consumo.

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