Fernando Jáuregui
Crónica de un día terrible
12/03/2004

El día, viernes 12 siguiente al jueves más negro de la Historia de España en más de medio siglo, amaneció lluvioso. Iba a seguir así, o peor, durante toda la jornada. Los periódicos llegaron a los quoscos mostrando fotografías espeluznantes, y las televisiones seguían con las macabras imágenes. Una pregunta política que quedaba en segundo término, ¿ETA? ¿Al Qaeda?, no encontraba una respuesta del todo certera. El secretario de Organización del PSOE, José Blanco, realizaba unas declaraciones polérmicas, sugiriendo que el Gobierno no decía la verdad sobre la autoría de la monstruosidad. Dos horas después, Aznar, en rueda de prensa en el Palacio de La Moncloa tras lo que parecía heber sido un tensísimo Consejo de MInistros, consideraba "miserable" esta interpretación, y aseguraba la transparencia de la versión oficial. Zapatero, que también salió -como Rajoy- ante los periodistas, se mostró más moderado que su segundo de a bordo: apenas pìdió que el Gobierno informe "con diligencia" y pidió una reunión para el lunes. Ya después de que conozcamos los resultados electorales.

Así comenzaba el día. La rueda de prensa de Aznar, en la que se mostró inicialmente tranquilo, no descartando nada en contraposición a la seguridad que había mostrado en la autoría de ETA el ministro del Interior la jornada antes, fue lo más destacado de la mañana. Aznar estuvo sereno, hasta que las preguntas finales de dos periodistas lo descompusieron: "no toca", había dicho para eludir un interrogatorio sobre si creía quesu posición internacional, sobre Irak, tenía algo que ver con el sangriento y masivo atentado. Puso cara de pocos amigos y se marchó, para protagonizar el minuto de silencio con el que los trabajadores de La Moncloa mostraban su repulsa.

Seguro que, en este fin de mandato, Aznar ha pasado sus horas más tristes. Dicen que La Moncloa era, el viernes del Consejo de Ministros, un panteón. Y que todos los ministros se acercaron a confortar al titular de Interior, Ángel Acebes, que vivía unos momentos angustiosos, con muchos medios extranjeros cuestionando esa atribución a ETA. Y eso que la ministra Ana Palacio había enviado una nota a los embajadores de España, pidiéndoles que difundiesen la versión oficial del Ejecutivo, lo que a Inocencio Arias, representante en la legación ante las Naciones Unidas en Nueva York, le costó un disgusto en la ONU. Mal papel hizo Acebes, que a media tarde salía a refrendar, ahora con más dudas, la culpabilidad de ETA, sólo minutos antes de que la banda del terror apareciese en su periódico favorito y en otros medios vascos desmintiendo su participación en el atentado.

Todpo indicaba, cuando se inició la enorme manifestación, que las pancartas contra ETA, que nunca están injustificadas, no estaban esta vez de actualidad. Muchos datos apuntaban ya a la autoría de Al Qaeda u organizaciones afines. No importaba quién fuese el culpable de la matanza: millones de españoles desafiaban la lluvia, en silencio, en perfecto orden pese a las deficiencias de organización -¿quién es capaz de canalizar la mayor manifestación de la historia en Madrid?-, solidarizándose con las víctimas y protestando, con su impresionante silencio, contra los verdugos. Allí estaban el Príncipe, y Rouco, y Aznar, y Felipe González, y Fidalgo, y Zapatero, y Llamazares, y Almodóvar y tantos otros más anónimos que paralizaron Madrid durante casi tres horas. Jamás tanta gente salió a la calle en toda España.

Mientras, en Ifema seguía el desfile de familiares destrozados. Ellos, los que allí están en sus féretros, los heridos, los que quedarán discapacitados, son nuestros héroes. Y como tal debemos tratarlos, más allá incluso de las medidas adoptadas por el Consejo de Ministros.

Casi a medianoche, la ciudad se normalizaba y las calles quedaban desiertas, brillantes de lluvia. Se abría la jornada de reflexión, una reflexión seguramente más necesaria que nunca.