|
El día, viernes
12 siguiente al jueves más negro
de la Historia de España en más
de medio siglo, amaneció lluvioso.
Iba a seguir así, o peor, durante
toda la jornada. Los periódicos
llegaron a los quoscos mostrando
fotografías espeluznantes, y las
televisiones seguían con las macabras
imágenes. Una pregunta política
que quedaba en segundo término,
¿ETA? ¿Al Qaeda?, no encontraba
una respuesta del todo certera.
El secretario de Organización del
PSOE, José Blanco, realizaba
unas declaraciones polérmicas, sugiriendo
que el Gobierno no decía la verdad
sobre la autoría de la monstruosidad.
Dos horas después, Aznar,
en rueda de prensa en el Palacio
de La Moncloa tras lo que parecía
heber sido un tensísimo Consejo
de MInistros, consideraba "miserable"
esta interpretación, y aseguraba
la transparencia de la versión oficial.
Zapatero, que también salió
-como Rajoy- ante los periodistas,
se mostró más moderado que su segundo
de a bordo: apenas pìdió que el
Gobierno informe "con diligencia"
y pidió una reunión para el
lunes. Ya después de que conozcamos
los resultados electorales.
Así comenzaba el día. La rueda de
prensa de Aznar, en la que se mostró
inicialmente tranquilo, no descartando
nada en contraposición a la seguridad
que había mostrado en la autoría
de ETA el ministro del Interior
la jornada antes, fue lo más destacado
de la mañana. Aznar estuvo sereno,
hasta que las preguntas finales
de dos periodistas lo descompusieron:
"no toca", había dicho para
eludir un interrogatorio sobre si
creía quesu posición internacional,
sobre Irak, tenía algo que ver con
el sangriento y masivo atentado.
Puso cara de pocos amigos y se marchó,
para protagonizar el minuto de silencio
con el que los trabajadores de La
Moncloa mostraban su repulsa.
Seguro que, en este fin de mandato,
Aznar ha pasado sus horas más tristes.
Dicen que La Moncloa era, el viernes
del Consejo de Ministros, un panteón.
Y que todos los ministros se acercaron
a confortar al titular de Interior,
Ángel Acebes, que
vivía unos momentos angustiosos,
con muchos medios extranjeros cuestionando
esa atribución a ETA. Y eso que
la ministra Ana Palacio había enviado
una nota a los embajadores de España,
pidiéndoles que difundiesen la versión
oficial del Ejecutivo, lo que a
Inocencio Arias, representante
en la legación ante las Naciones
Unidas en Nueva York, le costó un
disgusto en la ONU. Mal papel hizo
Acebes, que a media tarde salía
a refrendar, ahora con más dudas,
la culpabilidad de ETA, sólo minutos
antes de que la banda del terror
apareciese en su periódico favorito
y en otros medios vascos desmintiendo
su participación en el atentado.
Todpo indicaba, cuando se inició
la enorme manifestación, que las
pancartas contra ETA, que nunca
están injustificadas, no estaban
esta vez de actualidad. Muchos datos
apuntaban ya a la autoría de Al
Qaeda u organizaciones afines. No
importaba quién fuese el culpable
de la matanza: millones de españoles
desafiaban la lluvia, en silencio,
en perfecto orden pese a las deficiencias
de organización -¿quién es capaz
de canalizar la mayor manifestación
de la historia en Madrid?-, solidarizándose
con las víctimas y protestando,
con su impresionante silencio, contra
los verdugos. Allí estaban el Príncipe,
y Rouco, y Aznar, y Felipe
González, y Fidalgo,
y Zapatero, y Llamazares,
y Almodóvar y tantos otros
más anónimos que paralizaron Madrid
durante casi tres horas. Jamás tanta
gente salió a la calle en toda España.
Mientras, en Ifema seguía el desfile
de familiares destrozados. Ellos,
los que allí están en sus féretros,
los heridos, los que quedarán discapacitados,
son nuestros héroes. Y como tal
debemos tratarlos, más allá incluso
de las medidas adoptadas por el
Consejo de Ministros.
Casi a medianoche, la ciudad se
normalizaba y las calles quedaban
desiertas, brillantes de lluvia.
Se abría la jornada de reflexión,
una reflexión seguramente más necesaria
que nunca.
|