|
Director:
Mel Gibson
Intérpretes: James Caviezel,
Maia Morgenstern, Monica Bellucci,
Francesco Cabras.
Guinista: Benedict Fitzgerald,
Mel Gibson
Productor: Bruce Davey, Mel
Gibsob, Stephen McEveety, Enzo Sisti
Música: Lames Horner
Fotografía: Caleb Deschanel
Montaje: John Wright
Veinte siglos lleva el occidente
cristiano conmemorando de alguna
manera la pasión del fundador de
su doctrina. La mayor parte de las
veces, estas Semanas Santas se consumen
en imaginería, en ritos precesionales
y en tópicos más o menos instalados.
Lo que nos trae Mel Gibson en
su película, que ya está haciendo
furor en el mundo entero, es una
propuesta más descarnada que la
mayor parte de aquellas que se resumen
en cuadros edulcorados o tallas
inertes. Debo decir, de entrada,
que esta película a nadie puede
dejar indiferente: la aberración
de la tortura contra el ser humano
queda brutalmente de relieve en
casi cada uno de los minutos de
las dos horas largas que dura
La pasión.
No es ésta una película fácil -tampoco
la versión subtitulada en arameo
y latín ayuda- ni es una película
agradable, sino que es una obra
para la Semana Santa. Sus detractores
hablan de exceso de gore y de antisemitismo.
También de planteamientos reaccionarios.
No estoy de acuerdo con ninguna
de las tres descalificaciones: el
gore, naturalmente, viene exigido
por el planteamiento con el que
Mel Gibson aborda la película: es
el retrato de un asesinato colectivo
contra una persona, del ensañamiento
de la soldadesca contra un hombre,
de la refinada maldad de unos sacerdotes
hipócritas. Más de acuerdo estaría
con algunas críticas minoritarias
que hablan del desprecio que Gibson
muestra por la turba, manipulable,
simplista inculta, brutal. No fue
el de Jesucristo un asesinato por
la turba sino por los dirigentes
de la misma, la inhibición de un
Poncio Pilatos aquí retratado como
casi un intelectual justo pero timorato
y las circunstancias políticas de
un país en ocupación.
No hay antisemitismo por lo que
mismo que acabo de decir. Y en cuanto
a los planteamientos reaccionarios,
dependen de la óptica desde la que
se aborde esta película: puede usted
verla como la crónica sanguinolenta
de verdugos contra víctimas o puede
usted, y aquí Gibson ha sido bastante
cuidadoso, abordarla como el supremo
sacrificio asumido por un Dios para
la redención de los humanos. Yo
prefiero asumirlo con un criterio
cinematográfico. Y aquí forzoso
reconocer que esta película angustiosa,
tremenda, tiene valores técnicos
indudables. La escenografía, las
caracterizaciones, los primeros
planos de unos personajes dramáticos,
la interpretación de todos lo actores,
están cuidados al máximo. Lástima
que Mel Gibson se haya permitido
algunas concesiones facilonas, improcedentes
y que para nada aparecen en los
textos evangélicos, como la aparición
esperpéntica y fuera de lugar del
demonio. O algunos recursos estéticos
que rompen la línea de realismo
con la que se borda la película
(la primera gota de lluvia tras
producirse efectivamente el fallecimiento
en la cruz). Por lo demás, Gibson
no nos ahorra ni un fotograma angustioso,
ni un ápice de sangre, ni un grito
de dolor.
Se puede o no ser creyente -allí
está Monseñor Rouco Varela
al preestreno al que asistí, rodeado
de varios obispos-, pero la película
no deja de conmover, al menos desde
el punto de vista meramente humano.
En lo personal, no pude evitar sublevarme
una vez más ante la violencia del
hombre contra el hombre, ante el
recuerdo que siguen existiendo los
verdugos que torturan y las víctimas
torturadas sin razón; porque, al
margen de los textos evangélicos
y de su desarrollo posterior en
estos veinte siglos que forman parte
de nuestra cultura occidental, nadie,
nunca jamás, bajo ninguna circunstancia,
tiene derecho a torturar y matar
a nadie. Que es la enseñanza renovada
con la que muchos nos quedamos cuando
llega cada una de estas llamadas
semanas santas.
|