Fernando Jáuregui
La pasión: la tortura que nos relata Mel Gibson
02/04/2004

Director: Mel Gibson
Intérpretes: James Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Bellucci, Francesco Cabras.
Guinista: Benedict Fitzgerald, Mel Gibson
Productor: Bruce Davey, Mel Gibsob, Stephen McEveety, Enzo Sisti
Música: Lames Horner
Fotografía: Caleb Deschanel
Montaje: John Wright

Veinte siglos lleva el occidente cristiano conmemorando de alguna manera la pasión del fundador de su doctrina. La mayor parte de las veces, estas Semanas Santas se consumen en imaginería, en ritos precesionales y en tópicos más o menos instalados. Lo que nos trae Mel Gibson en su película, que ya está haciendo furor en el mundo entero, es una propuesta más descarnada que la mayor parte de aquellas que se resumen en cuadros edulcorados o tallas inertes. Debo decir, de entrada, que esta película a nadie puede dejar indiferente: la aberración de la tortura contra el ser humano queda brutalmente de relieve en casi cada uno de los minutos de las dos horas largas que dura La pasión.

No es ésta una película fácil -tampoco la versión subtitulada en arameo y latín ayuda- ni es una película agradable, sino que es una obra para la Semana Santa. Sus detractores hablan de exceso de gore y de antisemitismo. También de planteamientos reaccionarios. No estoy de acuerdo con ninguna de las tres descalificaciones: el gore, naturalmente, viene exigido por el planteamiento con el que Mel Gibson aborda la película: es el retrato de un asesinato colectivo contra una persona, del ensañamiento de la soldadesca contra un hombre, de la refinada maldad de unos sacerdotes hipócritas. Más de acuerdo estaría con algunas críticas minoritarias que hablan del desprecio que Gibson muestra por la turba, manipulable, simplista inculta, brutal. No fue el de Jesucristo un asesinato por la turba sino por los dirigentes de la misma, la inhibición de un Poncio Pilatos aquí retratado como casi un intelectual justo pero timorato y las circunstancias políticas de un país en ocupación.

No hay antisemitismo por lo que mismo que acabo de decir. Y en cuanto a los planteamientos reaccionarios, dependen de la óptica desde la que se aborde esta película: puede usted verla como la crónica sanguinolenta de verdugos contra víctimas o puede usted, y aquí Gibson ha sido bastante cuidadoso, abordarla como el supremo sacrificio asumido por un Dios para la redención de los humanos. Yo prefiero asumirlo con un criterio cinematográfico. Y aquí forzoso reconocer que esta película angustiosa, tremenda, tiene valores técnicos indudables. La escenografía, las caracterizaciones, los primeros planos de unos personajes dramáticos, la interpretación de todos lo actores, están cuidados al máximo. Lástima que Mel Gibson se haya permitido algunas concesiones facilonas, improcedentes y que para nada aparecen en los textos evangélicos, como la aparición esperpéntica y fuera de lugar del demonio. O algunos recursos estéticos que rompen la línea de realismo con la que se borda la película (la primera gota de lluvia tras producirse efectivamente el fallecimiento en la cruz). Por lo demás, Gibson no nos ahorra ni un fotograma angustioso, ni un ápice de sangre, ni un grito de dolor.

Se puede o no ser creyente -allí está Monseñor Rouco Varela al preestreno al que asistí, rodeado de varios obispos-, pero la película no deja de conmover, al menos desde el punto de vista meramente humano. En lo personal, no pude evitar sublevarme una vez más ante la violencia del hombre contra el hombre, ante el recuerdo que siguen existiendo los verdugos que torturan y las víctimas torturadas sin razón; porque, al margen de los textos evangélicos y de su desarrollo posterior en estos veinte siglos que forman parte de nuestra cultura occidental, nadie, nunca jamás, bajo ninguna circunstancia, tiene derecho a torturar y matar a nadie. Que es la enseñanza renovada con la que muchos nos quedamos cuando llega cada una de estas llamadas semanas santas.