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Buen discurso en el fondo, buena
y atinada forma, escasos olvidos.
Esa es mi opinión inicial inmediatamente
después de haber escuchado las ofertas
con las que Zapatero se ha
garantizado el pasaporte a La Moncloa.
Estuvo moderadamente elegante, aunque
le faltó un reconocimiento más explícito
de los logros de sus antecesores:
obviamente, no hay sintonía, aunque
sí corrección, entre él y Aznar,
ese Aznar al que ha enviado al Consejo
de Estado, que adquiere un nuevo
papel.
Insisto: me pareció bien, hasta
muy bien, el discurso de Zapatero.
Es lo que necesitaba la ciudadanía:
tranquilidad y cambio moderado.
No un discurso de tono socialista,
ni siquiera partidario, sino regeneracionista.
Pero, en este ámbito, faltaron referencias
más explícitas a medidas de profundización
de la democracia (reformas en la
ley electoral, desbloqueando, por
ejemplo, las candidaturas electorales,
reforma de la financiación de los
partidos). O al Plan Ibarretxe,
al que no se puede incluir en la
genérica pretensión de reformar
algunos estatutos de autonomía.
Se le veía a Zapatero algo presionado
por la necesidad de contar con los
votos de algunos nacionalistas,
y por ello fue ambiguo en ese terreno,
aunque sus palabras, sin duda, suponen
un avance sobre lo que existía.
Se le notaba, también, necesitado
del apoyo catalán, y por ello la
inmediata suspensión de la ley de
Calidad de la Enseñanza. Habló poco
del otro vértice del estado de bienestar,
la sanidad. Y, desde luego, a todos
nos pareció que, en cuestión de
política exterior, se hacía menos
hincapié en una fecha concreta para
la retirada de las tropas de Irak.
Ni tampoco habló de la reforma de
los servicios de inteligencia. Uno
de los temas pendientes desde siempre.
Pero no es cierto, como dijeron
los portavoces del Partido Popular,
que el discurso fuese vacío, exento
de compromisos. Sí los hubo -más
de una veintena, de distinta importancia
y trascendencia-. Un discurso de
Estado, cargado de buenos propósitos
y, como el propio Zapatero dijo,
acaso de algo de utopía. Pero ¿no
es hora ya de incorporar algo de
utopía a la vida política? Incluso,
puestos a hacer honor al título
de este artículo, pienso que en
este terreno de quedó algo corto.
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