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Me abruma un poco el tema de
la boda, lo reconozco y pese a mi
declarado republicanismo, comprendo
y acepto que estamos ante un hecho
histórico; esto de los casorios
reales ha preocupado mucho y de
siempre a los historiadores. Me
pasa a mí al contrario que a la
mayoría de mis colegas: conozco
de un par de veces al Príncipe
de Asturias pero no he coincidido
ni en la máquina del café de TVE
con Letizia, por edad más
que nada. He compartido mesa y mantel
con la Reina Sofía, el Rey me ha
gastado alguna broma y he tenido
ocasión de acompañar y explicar
a la Infanta Elena algunas
cosas en actos relacionados con
la discapacidad.
Para desmarcarme de ciertas actitudes,
debo explicar que soy republicano
lo mismo que soy agnóstico: muy
a mi pesar porque lo que me gustaría
de verdad es ser creyente de la
misma forma que me gustaría entender
la monarquía, pero… no puedo; una
cosa es el deseo, la sentimentalidad
y otra bien distinta el análisis
racional que uno debe hacer en algún
momento de su vida y repetirlo después
cada pocos años. Las ideas son como
la medicina preventiva y si es bueno
hacerse chequeos para ver cómo va
lo de la próstata, también es bueno
cuestionarse y reflexionar sobre
las cosas que uno cree o que uno
niega por si hay cambios.
Pero aunque nunca he sido invitado
a las recepciones multitudinarias
del Campo del Moro (es mas hermoso
el nombre que Campo) siento por
la familia Real cariño y respeto.
Por otra parte, al margen de lo
que cada cual piense o sienta, está
la Constitución y la realidad de
la España que la mayoría hemos elegido
democráticamente. Por eso no termino
de entender las ausencias de determinados
partidos en el enlace. Son muy dueños,
claro, de hacer lo que les parezca
mejor, pero dudo mucho que las actitudes
simbólicas, en este caso, sean más
importantes que la educación, la
responsabilidad institucional y
un discutible pero cierto sentido
del estado.
Hay cosas que chirrían en una democracia
donde más o menos todos sabemos
quienes somos y cómo pensamos. Ir
o dejar de ir a aquellos festivales
que se marcaba doña Carmen
o Franco o quien fuera en
el palacio de la Granja, tenía un
valor del que carece -me tomo- declinar
la invitación a la boda del que
está llamado a ser Rey constitucional
de todos los españoles por voluntad
de la mayoría de los españoles.
Supongo que los que no van tendrán
sus argumentos y serán tan válidos
-para ellos- como los míos, pero
quien firma esta columna soy yo.
Ya sé que ni van a temblar las estructuras
del Estado por esas ausencias ni,
lo que sería más positivo, Kiko
Argüello (¿se llama así?) en
un alarde de lucidez va a destruir
sus terroríficos murales de la Almudena.
Pero si tantas veces hemos dicho
que en democracia las formas son
tan importantes como el fondo, tal
vez no estaría de más abandonar
ya los viejos resabios heredados
y dejar las actitudes simbólicas
para situaciones realmente importantes.
Digo yo, lo cual no quiere decir,
ni por asomos, que tenga razón.
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