Andrés Aberasturi
Ausencias en la boda
13/05/2004


Me abruma un poco el tema de la boda, lo reconozco y pese a mi declarado republicanismo, comprendo y acepto que estamos ante un hecho histórico; esto de los casorios reales ha preocupado mucho y de siempre a los historiadores. Me pasa a mí al contrario que a la mayoría de mis colegas: conozco de un par de veces al Príncipe de Asturias pero no he coincidido ni en la máquina del café de TVE con Letizia, por edad más que nada. He compartido mesa y mantel con la Reina Sofía, el Rey me ha gastado alguna broma y he tenido ocasión de acompañar y explicar a la Infanta Elena algunas cosas en actos relacionados con la discapacidad.

Para desmarcarme de ciertas actitudes, debo explicar que soy republicano lo mismo que soy agnóstico: muy a mi pesar porque lo que me gustaría de verdad es ser creyente de la misma forma que me gustaría entender la monarquía, pero… no puedo; una cosa es el deseo, la sentimentalidad y otra bien distinta el análisis racional que uno debe hacer en algún momento de su vida y repetirlo después cada pocos años. Las ideas son como la medicina preventiva y si es bueno hacerse chequeos para ver cómo va lo de la próstata, también es bueno cuestionarse y reflexionar sobre las cosas que uno cree o que uno niega por si hay cambios.

Pero aunque nunca he sido invitado a las recepciones multitudinarias del Campo del Moro (es mas hermoso el nombre que Campo) siento por la familia Real cariño y respeto. Por otra parte, al margen de lo que cada cual piense o sienta, está la Constitución y la realidad de la España que la mayoría hemos elegido democráticamente. Por eso no termino de entender las ausencias de determinados partidos en el enlace. Son muy dueños, claro, de hacer lo que les parezca mejor, pero dudo mucho que las actitudes simbólicas, en este caso, sean más importantes que la educación, la responsabilidad institucional y un discutible pero cierto sentido del estado.

Hay cosas que chirrían en una democracia donde más o menos todos sabemos quienes somos y cómo pensamos. Ir o dejar de ir a aquellos festivales que se marcaba doña Carmen o Franco o quien fuera en el palacio de la Granja, tenía un valor del que carece -me tomo- declinar la invitación a la boda del que está llamado a ser Rey constitucional de todos los españoles por voluntad de la mayoría de los españoles.

Supongo que los que no van tendrán sus argumentos y serán tan válidos -para ellos- como los míos, pero quien firma esta columna soy yo. Ya sé que ni van a temblar las estructuras del Estado por esas ausencias ni, lo que sería más positivo, Kiko Argüello (¿se llama así?) en un alarde de lucidez va a destruir sus terroríficos murales de la Almudena. Pero si tantas veces hemos dicho que en democracia las formas son tan importantes como el fondo, tal vez no estaría de más abandonar ya los viejos resabios heredados y dejar las actitudes simbólicas para situaciones realmente importantes. Digo yo, lo cual no quiere decir, ni por asomos, que tenga razón.