Basilio Rogado
La bodísima
13/05/2004


A mí no me gustan las bodas. Bueno, para ser más exacto, lo que no me gusta es ir de boda. Que las parejas se casen si están enamoradas o si lo hacen para arreglar los papeles y colmar la ilusión de los padres, sobre todo las madres, y los familiares y amigos más allegados, a mí ni me importa ni me deja de importar, porque aunque el amor es amor y no obligación como pensaban la gente y Raphael, cada uno es muy dueño de hacer de su capa un sayo.

Que se casen, sí, pero que no cuenten conmigo, ni para la ceremonia, ya sea civil, ya religiosa, ni para el convite, ya sea ágape o simple tentempié. Como el Príncipe Felipe y la periodista Letizia no me han invitado a la boda, a mi no me importa que se casen. Es más, creo que le viene bien a Madrid, aunque sean cien años después, que haya una boda principesca y que la mayoría de los ciudadanos estén ilusionados ante la perspectiva de ver al Heredero de la Corona de España, casado y con posibilidades de hacer posible la continuidad de la Monarquía.

Esta ciudad, Madrid, que es mi pueblo, alegre y no tan confiada como la de don Jacinto, ha pasado, pasa y pasará por muchas vicisitudes. Por estos lares madrileños no sólo se da de beber a quien pasa, como en la boa vila de Pontevedra, sino que se acepta a todo el que llega. Por eso llegan tantos y tantos se quedan. Desgraciadamente, entre toda esa buena gente que nos visita y se nos asimila, también vienen algunos desalmados que nos intentan hacer la vida imposible. Lo hicieron el 11 de marzo, igual que en otras ocasiones anteriores y hasta la boda principesca de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg en 1906 terminó de mala manera. Ya era hora de que podamos contar una historia de amor con final feliz.

Es Madrid centro de todas las protestas, guardián de todas las manifestaciones, patio de vecindad -Monipodio unas veces, Corrala otras- donde intrigan conspiradores y residen las almas benéficas, también tiene derecho a la diversión. Convertidas las fiestas patronales en un caleidoscopio con imágenes asimétricas, donde Isidro es únicamente un santo al que se adora por la peana, la boda bodísima del día 22 es una de las pocas alegrías que podemos permitirnos los madrileños en los últimos tiempos. Ya está bien de llorar lo del día 11 de marzo. Hora es, insisto, de alegrarnos por lo del 22 de mayo. Y eso, mal que les pese a los miserables, a esos que sólo piensan en lo que nos va a costar la boda sin ver los beneficios que podemos obtener. Si gana la imagen de Madrid gana la de España y los que vengan a la capital y se acerquen al Prado, al día siguiente pueden viajar a la nueva Valencia, a la clásica Sevilla, al moderno Bilbao o a la cálida Marbella, pongo por ejemplo. Y aunque sea del País Vasco de donde vienen las críticas nacionalistas, como siempre, y de Cataluña de donde llegan las tácticas pueblerinas que insisten en apagar voces y ecos y en equiparar banderas nacionales con enseñas locales, ellos también tendrán su merecido, aunque no se lo merezcan.

España es, por ahora, sólo una, monárquica, parlamentaria y democrática. Y mientras todos los españoles no decidamos lo contrario, la boda de Felipe de Borbón es la ceremonia que le faltaba a la continuidad de la dinastía. Quizás sea eso lo que molesta a los republicanos de ERC, los indecisos del PNV, los restos de IU y los náufragos del Grupo Mixto. Todos ellos, sin excepción, como era de esperar dada su escasez de miras, han cometido el desaire de no aceptar la invitación a la boda, como si la mala educación sirviera para reivindicar las ideas políticas. Hay quienes, como estos políticos tan poco sensibles a las emociones que no sean endogámicas, confunden la ideología con la cortesía; en su corto entendimiento, creen que los derechos de las minorías deben estar por encima de las ideas de la mayoría y, sobre todo ello, están convencidos de que el paso por las urnas sirve para quitar el polvo de la dehesa.

Es curioso que todavía haya miserables que prefieran quedarse con el culo al aire con tal de ahorrarse un regalo de boda.