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A mí no me gustan las bodas.
Bueno, para ser más exacto, lo que
no me gusta es ir de boda. Que las
parejas se casen si están enamoradas
o si lo hacen para arreglar los
papeles y colmar la ilusión de los
padres, sobre todo las madres, y
los familiares y amigos más allegados,
a mí ni me importa ni me deja de
importar, porque aunque el amor
es amor y no obligación como pensaban
la gente y Raphael, cada
uno es muy dueño de hacer de su
capa un sayo.
Que se casen, sí, pero que no cuenten
conmigo, ni para la ceremonia, ya
sea civil, ya religiosa, ni para
el convite, ya sea ágape o simple
tentempié. Como el Príncipe Felipe
y la periodista Letizia no
me han invitado a la boda, a mi
no me importa que se casen. Es más,
creo que le viene bien a Madrid,
aunque sean cien años después, que
haya una boda principesca y que
la mayoría de los ciudadanos estén
ilusionados ante la perspectiva
de ver al Heredero de la Corona
de España, casado y con posibilidades
de hacer posible la continuidad
de la Monarquía.
Esta ciudad, Madrid, que es mi pueblo,
alegre y no tan confiada como la
de don Jacinto, ha pasado,
pasa y pasará por muchas vicisitudes.
Por estos lares madrileños no sólo
se da de beber a quien pasa, como
en la boa vila de Pontevedra, sino
que se acepta a todo el que llega.
Por eso llegan tantos y tantos se
quedan. Desgraciadamente, entre
toda esa buena gente que nos visita
y se nos asimila, también vienen
algunos desalmados que nos intentan
hacer la vida imposible. Lo hicieron
el 11 de marzo, igual que en otras
ocasiones anteriores y hasta la
boda principesca de Alfonso XIII
con Victoria Eugenia de Battenberg
en 1906 terminó de mala manera.
Ya era hora de que podamos contar
una historia de amor con final feliz.
Es Madrid centro de todas las protestas,
guardián de todas las manifestaciones,
patio de vecindad -Monipodio unas
veces, Corrala otras- donde intrigan
conspiradores y residen las almas
benéficas, también tiene derecho
a la diversión. Convertidas las
fiestas patronales en un caleidoscopio
con imágenes asimétricas, donde
Isidro es únicamente un santo al
que se adora por la peana, la boda
bodísima del día 22 es una de las
pocas alegrías que podemos permitirnos
los madrileños en los últimos tiempos.
Ya está bien de llorar lo del día
11 de marzo. Hora es, insisto, de
alegrarnos por lo del 22 de mayo.
Y eso, mal que les pese a los miserables,
a esos que sólo piensan en lo que
nos va a costar la boda sin ver
los beneficios que podemos obtener.
Si gana la imagen de Madrid gana
la de España y los que vengan a
la capital y se acerquen al Prado,
al día siguiente pueden viajar a
la nueva Valencia, a la clásica
Sevilla, al moderno Bilbao o a la
cálida Marbella, pongo por ejemplo.
Y aunque sea del País Vasco de donde
vienen las críticas nacionalistas,
como siempre, y de Cataluña de donde
llegan las tácticas pueblerinas
que insisten en apagar voces y ecos
y en equiparar banderas nacionales
con enseñas locales, ellos también
tendrán su merecido, aunque no se
lo merezcan.
España es, por ahora, sólo una,
monárquica, parlamentaria y democrática.
Y mientras todos los españoles no
decidamos lo contrario, la boda
de Felipe de Borbón es la ceremonia
que le faltaba a la continuidad
de la dinastía. Quizás sea eso lo
que molesta a los republicanos de
ERC, los indecisos del PNV, los
restos de IU y los náufragos del
Grupo Mixto. Todos ellos, sin excepción,
como era de esperar dada su escasez
de miras, han cometido el desaire
de no aceptar la invitación a la
boda, como si la mala educación
sirviera para reivindicar las ideas
políticas. Hay quienes, como estos
políticos tan poco sensibles a las
emociones que no sean endogámicas,
confunden la ideología con la cortesía;
en su corto entendimiento, creen
que los derechos de las minorías
deben estar por encima de las ideas
de la mayoría y, sobre todo ello,
están convencidos de que el paso
por las urnas sirve para quitar
el polvo de la dehesa.
Es curioso que todavía haya miserables
que prefieran quedarse con el culo
al aire con tal de ahorrarse un
regalo de boda.
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