Eduardo Sotillos
Tendrá que ser así...
14/05/2004


En algunos programas de televisión, un calendario y un cronometro contabilizan la cuenta atrás hacia la gran fecha del 22 de mayo. Caminamos inexorablemente hacia el punto cero -el antes y el después- de nuestra vida colectiva. Por tierra y aire Madrid es un fortín. Eso sí, una fortaleza adornada con centenares de miles de flores, con el mobiliario urbano repintado y una catedral a la que acaba de estropear un poco mas si cabe el inconmensurable Kiko, cuya insolencia pictórica rechina junto a los tapices del Patrimonio, acumulados para ocultar la fealdad. Legiones de comentaristas especializados nos descubren detalles tan trascendentales como el nombre del diseñador de unos zapatos o la procedencia familiar de una tiara. En todas las cadenas se emiten programaciones especiales de duración infinita, con el carácter propio de los "previos" a los grandes encuentros futbolísticos. Sólo falta, por comparación a los eventos deportivos, la inquietud por el resultado: aquí ya sabemos que Don Felipe y Doña Letizia van a decir sí al pie del altar. Lo contrario no sería una sorpresa sino una catástrofe.

La literatura dominante es la del empalago. Pero sería injusto que fueran los contrayentes y su familia quienes aparecieran como principales culpables. Los reyes han hecho, desde su acceso a la Jefatura del Estado, todos los esfuerzos posibles por defenderse de los cortesanos, pero están a punto de perecer en ese intento ante la ola de adulación que nos invade. El Príncipe tiende a ser un joven normal, pero no ha contado con los efectos perversos que sobre la sociedad española han proyectado miles de horas y páginas consagradas a la información del "colorín". Algunos, seguro que pocos, estamos a punto de asfixiarnos con tanto pastel. Deseo fervientemente que llegue el 23 de mayo, y Felipe y Letizia disfruten de una magnifica luna de miel y que, a la vuelta, sentados en una mesa de trabajo, evalúen el numero de heridas producidas entre quienes, conservando la cabeza republicana, aceptan esta monarquía precisamente por su voluntad de alejamiento de estos espectáculos. Porque, de austeridad, como nos decían, nada.