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En algunos programas de televisión,
un calendario y un cronometro contabilizan
la cuenta atrás hacia la gran fecha
del 22 de mayo. Caminamos inexorablemente
hacia el punto cero -el antes y
el después- de nuestra vida colectiva.
Por tierra y aire Madrid es un fortín.
Eso sí, una fortaleza adornada con
centenares de miles de flores, con
el mobiliario urbano repintado y
una catedral a la que acaba de estropear
un poco mas si cabe el inconmensurable
Kiko, cuya insolencia pictórica
rechina junto a los tapices del
Patrimonio, acumulados para ocultar
la fealdad. Legiones de comentaristas
especializados nos descubren detalles
tan trascendentales como el nombre
del diseñador de unos zapatos o
la procedencia familiar de una tiara.
En todas las cadenas se emiten programaciones
especiales de duración infinita,
con el carácter propio de los "previos"
a los grandes encuentros futbolísticos.
Sólo falta, por comparación a los
eventos deportivos, la inquietud
por el resultado: aquí ya sabemos
que Don Felipe y Doña
Letizia van a decir sí al pie
del altar. Lo contrario no sería
una sorpresa sino una catástrofe.
La literatura dominante es la del
empalago. Pero sería injusto que
fueran los contrayentes y su familia
quienes aparecieran como principales
culpables. Los reyes han hecho,
desde su acceso a la Jefatura del
Estado, todos los esfuerzos posibles
por defenderse de los cortesanos,
pero están a punto de perecer en
ese intento ante la ola de adulación
que nos invade. El Príncipe tiende
a ser un joven normal, pero no ha
contado con los efectos perversos
que sobre la sociedad española han
proyectado miles de horas y páginas
consagradas a la información del
"colorín". Algunos, seguro
que pocos, estamos a punto de asfixiarnos
con tanto pastel. Deseo fervientemente
que llegue el 23 de mayo, y Felipe
y Letizia disfruten de una magnifica
luna de miel y que, a la vuelta,
sentados en una mesa de trabajo,
evalúen el numero de heridas producidas
entre quienes, conservando la cabeza
republicana, aceptan esta monarquía
precisamente por su voluntad de
alejamiento de estos espectáculos.
Porque, de austeridad, como nos
decían, nada.
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