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A la puerta de
mi casa, un autodenominado Movimiento
Popular contra la Boda Real ha plantado
una pegatina en la que se expone
un sucinto programa de actos para
los días 21 y 22, convocatorias
lúdico-festivas que aspiran a demostrar
al mundo que no todos están entusiasmados
con el enlace Felipe-Letizia.
"¡Menos bodas reales y más gastos
sociales!", gritan los alternativos.
Y no les falta razón.
Yo me conformaba incluso con algún
gesto social. Pero nadie nos hará
caso, ni a ellos ni a mí, porque
España se encuentra en Estado de
Catatonia, que no es un país inventado
por Albert Boadella, sino
una suerte de síndrome esquizofrénico-monárquico,
con rigidez muscular (a la altura
de la boca, obligada a la sonrisa
permanente) y estupor mental (a
la altura del cerebro, obligado
a mantenerse en stand-by),
acompañado de una gran excitación.
¡Quién nos lo iba a decir! En este
viejo país de izquierdas, en el
que la mayoría de los ciudadanos,
por vergüenza torera o por fidelidad
ideológica, se declaraban "republicanos
pero juancarlistas", estamos
a punto de inventar el republicanismo
letizista. Oiga, es que se nos
cae la baba.
Los que nos incitan a salivar de
tal manera son los agitadores habituales:
plumillas y demás fauna del mundo
rosa, voceros de la jet y sus derivados.
Pero, en esta ocasión, al coro se
han sumado los periodistas a los
que, para diferenciar (y no me hagan
decir lo que estoy pensando) acostumbramos
a llamar serios. En vísperas del
casorio, los medios de comunicación
no son aptos para diabéticos: la
sobredosis de azúcar puede ser letal.
Una, que no se cae de un guindo,
puede entender que la Monarquía,
ese vestigio (como el coxis o la
muela del juicio, determinó un sabio),
exige un tratamiento específico
en el que la imparcialidad, la serenidad
y el raciocinio no desempeñan necesariamente
un papel determinante. Pero este
fervor mediático me supera. Y sobre
superarme, me sulfura.
Al despliegue merecido (es una expresión
acuñada, creo que no se lo merecía)
por la boda de Federico de Dinamarca
me remito. Sé que el sí, quiero
del danés no era lo importante,
que lo importante era ver actuar
a los novios españoles, pero ¡un
poco de contención y decoro! En
estos tiempos dolorosos y turbulentos,
la reiterada contemplación de esa
pasarela de superpijos, cuyos ajados
títulos de nobleza adquieren brillos
nuevos con la mención de una marca
(¿marquesado?) de alta costura,
me indigna. "La Princesa ...,
heredera del trono de ..., vestida
de ...", y que cada cual rellene
los puntos suspensivos con sus cada
quienes.
Curioso también resulta ver pasear
a todos los herederos de tanta rancia
estirpe colgados del brazo de quienes,
sin tener ni escudo de armas ni
antepasados dignos de mención, son
esperanza de salvación para la obsoleta
institución. Sangre nueva, y eso,
y tal, que diría el periodista de
látex. Curioso digo porque los retoños
de esos frondosos y no siempre sanos
árboles genealógicos han decidido
fiar su supervivencia a personas
de pasado ajetreado, quizá porque,
como dijera Chavela Vargas,
y otros antes que ella, las mujeres
con pasado y los hombres con futuro
son las personas más interesantes.
Aunque del futuro de la monarquía
hablaremos en otro momento...
Dicho todo lo cual, imagino que
nos resulta difícil renunciar a
esta manera vicaria de ser felices.
El domingo vi y no podía creérmelo
cómo cuatro senegaleses a los que
sé llegados a España tras una peripecia
triste y agotadora y que, me consta,
malviven entre nosotros, pasaban
el tiempo en torno a un periódico
que informaba de la boda de Copenhague.
Y no parecían resentidos. Y que
vivan los novios.
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