Eva Orúe
Gastos y gestos sociales
17/05/2004

A la puerta de mi casa, un autodenominado Movimiento Popular contra la Boda Real ha plantado una pegatina en la que se expone un sucinto programa de actos para los días 21 y 22, convocatorias lúdico-festivas que aspiran a demostrar al mundo que no todos están entusiasmados con el enlace Felipe-Letizia. "¡Menos bodas reales y más gastos sociales!", gritan los alternativos. Y no les falta razón.

Yo me conformaba incluso con algún gesto social. Pero nadie nos hará caso, ni a ellos ni a mí, porque España se encuentra en Estado de Catatonia, que no es un país inventado por Albert Boadella, sino una suerte de síndrome esquizofrénico-monárquico, con rigidez muscular (a la altura de la boca, obligada a la sonrisa permanente) y estupor mental (a la altura del cerebro, obligado a mantenerse en stand-by), acompañado de una gran excitación.

¡Quién nos lo iba a decir! En este viejo país de izquierdas, en el que la mayoría de los ciudadanos, por vergüenza torera o por fidelidad ideológica, se declaraban "republicanos pero juancarlistas", estamos a punto de inventar el republicanismo letizista. Oiga, es que se nos cae la baba.

Los que nos incitan a salivar de tal manera son los agitadores habituales: plumillas y demás fauna del mundo rosa, voceros de la jet y sus derivados. Pero, en esta ocasión, al coro se han sumado los periodistas a los que, para diferenciar (y no me hagan decir lo que estoy pensando) acostumbramos a llamar serios. En vísperas del casorio, los medios de comunicación no son aptos para diabéticos: la sobredosis de azúcar puede ser letal.

Una, que no se cae de un guindo, puede entender que la Monarquía, ese vestigio (como el coxis o la muela del juicio, determinó un sabio), exige un tratamiento específico en el que la imparcialidad, la serenidad y el raciocinio no desempeñan necesariamente un papel determinante. Pero este fervor mediático me supera. Y sobre superarme, me sulfura.

Al despliegue merecido (es una expresión acuñada, creo que no se lo merecía) por la boda de Federico de Dinamarca me remito. Sé que el sí, quiero del danés no era lo importante, que lo importante era ver actuar a los novios españoles, pero ¡un poco de contención y decoro! En estos tiempos dolorosos y turbulentos, la reiterada contemplación de esa pasarela de superpijos, cuyos ajados títulos de nobleza adquieren brillos nuevos con la mención de una marca (¿marquesado?) de alta costura, me indigna. "La Princesa ..., heredera del trono de ..., vestida de ...", y que cada cual rellene los puntos suspensivos con sus cada quienes.

Curioso también resulta ver pasear a todos los herederos de tanta rancia estirpe colgados del brazo de quienes, sin tener ni escudo de armas ni antepasados dignos de mención, son esperanza de salvación para la obsoleta institución. Sangre nueva, y eso, y tal, que diría el periodista de látex. Curioso digo porque los retoños de esos frondosos y no siempre sanos árboles genealógicos han decidido fiar su supervivencia a personas de pasado ajetreado, quizá porque, como dijera Chavela Vargas, y otros antes que ella, las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes. Aunque del futuro de la monarquía hablaremos en otro momento...

Dicho todo lo cual, imagino que nos resulta difícil renunciar a esta manera vicaria de ser felices. El domingo vi y no podía creérmelo cómo cuatro senegaleses a los que sé llegados a España tras una peripecia triste y agotadora y que, me consta, malviven entre nosotros, pasaban el tiempo en torno a un periódico que informaba de la boda de Copenhague. Y no parecían resentidos. Y que vivan los novios.