Rosa Villacastín
Letizia Ortiz, la princesa del pueblo 18/05/2004

Ocho meses después de que se hiciera público el compromiso del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz, la que fuera presentadora de Televisión Española ha hecho su debut social en el momento oportuno, y en presencia de los representantes de todas las casas reales europeas que, se habían dado cita en Copenhague el pasado fin de semana. ¿Motivo? La celebración de la boda de Federico de Dinamarca y Mary Donaldson. El resultado no ha podido ser más positivo.

Habíamos visto a Letizia desenvolverse con soltura ante las cámaras, en los aledaños de la guerra de Irak, pisando chapapote, en el Congreso, en el Senado, de visita en Asturias, en Barcelona, vestida con trajes de chaqueta, con trajes pantalón, con vaqueros, de sport, nunca con traje de noche. De ahí el revuelo que se ha organizado después de ver con que naturalidad se desenvolvía en la corte de Margarita de Dinamarca, donde según me dicen se ha ganado la simpatía de todos ellos.

Letizia estaba preciosa y demostró que no hace falta haber nacido en un Palacio, ni entre sábanas de hilo, para brillar con luz propia. Habrá quién diga que el traje no era el apropiado, que el rojo de la boda era excesivo porque le quitaba protagonismo a la novia. Tonterías. Envidia cochina. Todas las mujeres que asistieron al enlace de Federico y Mary Donaldson intentan -unas con éxito y otras sin él- llamar la atención, ponerse sus mejores galas pues de sobra sabían que esas imágenes darían la vuelta al mundo, como así ha ocurrido.

Es indudable que la futura Princesa de Asturias ha estado sometida durante estos meses a un intenso aprendizaje que ha dado sus frutos. No porque no supiera comportarse en público que estoy segura que sí, pero era necesario que se encontrase cómoda en su nuevo papel. Nada fácil por otra parte pues como bien debe saber a estas alturas ya no podrá dar un paso sin que mil ojos la observen a cada instante. Algo que no todo el mundo puede soportar de buen grado o sin que se le escape un gesto de contrariedad. Algo lógico en cualquier otra persona, imperdonable en un miembro de la familia real de quiénes se espera una perfección que no existe más que en la imaginación de la gente.

Letizia es valiente, aprende rápido, sabe moverse, pero a partir de ahora tendrá que ganarse el respeto de un pueblo que ha demostrado que es poco convencional en las formas pero muy conservador en el fondo. Un pueblo voluble y exigente, siempre dispuesto a ver la viga en el ojo ajeno y nunca en el propio. Que se la acepte como se ha aceptado al resto de su nueva familia, será su gran reto a partir del sábado.