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Ocho meses después
de que se hiciera público el compromiso
del Príncipe Felipe y
Letizia Ortiz, la que fuera
presentadora de Televisión Española
ha hecho su debut social en el momento
oportuno, y en presencia de los
representantes de todas las casas
reales europeas que, se habían dado
cita en Copenhague el pasado fin
de semana. ¿Motivo? La celebración
de la boda de Federico de
Dinamarca y Mary Donaldson.
El resultado no ha podido ser más
positivo.
Habíamos visto a Letizia desenvolverse
con soltura ante las cámaras, en
los aledaños de la guerra de Irak,
pisando chapapote, en el Congreso,
en el Senado, de visita en Asturias,
en Barcelona, vestida con trajes
de chaqueta, con trajes pantalón,
con vaqueros, de sport, nunca con
traje de noche. De ahí el revuelo
que se ha organizado después de
ver con que naturalidad se desenvolvía
en la corte de Margarita
de Dinamarca, donde según me dicen
se ha ganado la simpatía de todos
ellos.
Letizia estaba preciosa y demostró
que no hace falta haber nacido en
un Palacio, ni entre sábanas de
hilo, para brillar con luz propia.
Habrá quién diga que el traje no
era el apropiado, que el rojo de
la boda era excesivo porque le quitaba
protagonismo a la novia. Tonterías.
Envidia cochina. Todas las mujeres
que asistieron al enlace de Federico
y Mary Donaldson intentan -unas
con éxito y otras sin él- llamar
la atención, ponerse sus mejores
galas pues de sobra sabían que esas
imágenes darían la vuelta al mundo,
como así ha ocurrido.
Es indudable que la futura Princesa
de Asturias ha estado sometida durante
estos meses a un intenso aprendizaje
que ha dado sus frutos. No porque
no supiera comportarse en público
que estoy segura que sí, pero era
necesario que se encontrase cómoda
en su nuevo papel. Nada fácil por
otra parte pues como bien debe saber
a estas alturas ya no podrá dar
un paso sin que mil ojos la observen
a cada instante. Algo que no todo
el mundo puede soportar de buen
grado o sin que se le escape un
gesto de contrariedad. Algo lógico
en cualquier otra persona, imperdonable
en un miembro de la familia real
de quiénes se espera una perfección
que no existe más que en la imaginación
de la gente.
Letizia es valiente, aprende rápido,
sabe moverse, pero a partir de ahora
tendrá que ganarse el respeto de
un pueblo que ha demostrado que
es poco convencional en las formas
pero muy conservador en el fondo.
Un pueblo voluble y exigente, siempre
dispuesto a ver la viga en el ojo
ajeno y nunca en el propio. Que
se la acepte como se ha aceptado
al resto de su nueva familia, será
su gran reto a partir del sábado.
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