León Buil Giral
Los austeros
19/05/2004

Es imposible durante estos días previos a la boda entre el Príncipe don Felipe y doña Letizia sustraerse a la avalancha de noticias de todo tipo que cae desde todos los medios de comunicación, incluso con la palabra hablada y directa entre conocidos. Esto último, sobre todo, para trasladar las hablillas menudas y los chistes que han proliferado exponencialmente. Pero es lo cierto que al margen de cuáles sean los sentimientos de los receptores de la información, ésta se extiende a todo lujo de detalles sobre los preparativos de la boda, los ilustres invitados que van confirmando su asistencia, los regalos que va a recibir o está recibiendo la feliz pareja y un minucioso repaso a la biografía de ambos. Tras este examen de todo lo que puede interesar a un alto porcentaje de los ciudadanos españoles, caben pocas dudas de que estos quedarán bien ilustrados sobre los aspectos más sobresalientes de unas ceremonias que llevarán a los contrayentes a quedar en disposición de asumir las responsabilidades de la Corona en su momento. Bien.

Habrá que convenir que tanto el heredero de la Corona como su hasta ahora prometida han aplicado buenas dosis de discreción y sencillez en sus apariciones públicas y privadas, considerando el rango que la Constitución les reconoce. También está en correspondencia con el deseo de la Casa Real de una celebración austera sin merma del aparato siempre ostentoso de una boda principesca y en un marco fastuoso como es el Palacio Real de Madrid. Difícil la conjugación de ambas notas, austeridad y esplendor, pero que hasta ahora se ha conseguido mantener en un difícil equilibrio por parte de la Zarzuela.

Pero algo muy distinto está aconteciendo en el entorno institucional, en el que parece haberse establecido una emulación a la carrera entre los nuevos cortesanos, que ahora descubren el deleite social del agasajo con dinero público. Todo el respeto y reconocimiento para quienes obsequian con su peculio a los herederos de la Corona; otro tanto cabe decir de las medidas de seguridad que se han arbitrado; pero la largueza en aspectos suntuarios de que están usando algunos dirigentes de la cosa pública raya en la prodigalidad, y adjetiva el conjunto del acontecimiento como dispendioso ante los ojos de un notable porcentaje de los ciudadanos.

La cuestión no tendría mayor importancia de no tratarse de una institución que en España se ha consolidado gracias a la trayectoria prudente de don Juan Carlos y doña Sofía, que han sabido conectar con los españoles y han rendido a la nación importantes servicios. Gracias a ellos, muchos, también el que esto escribe, hemos reconvertido unas convicciones republicanas a la conveniencia y oportunidad de una monarquía parlamentaria, como elemento aglutinante de la nación española y garantía de continuidad y neutralidad ideológica. Pero la monarquía, como la democracia o las libertades, hay que preservarlas continuamente evitando su deterioro. El Principe parte con una buena dosis de simpatías, pero en su papel institucional tendrá que mantener y aumentar las adhesiones con el máximo d e aciertos y los mínimos errores. Como su padre.

En estos días, en los que se acumulan todas las aportaciones al mayor ornato y solemnidad de la boda del heredero, deberían cuidar algunos representantes de instituciones en reprimir algunos excesos de gastos que mucha gente, que no distingue ni tiene por qué distinguir, carga en el debe de los contrayentes. Y esto no es bueno ni para la institución monárquica ni para la nación española.