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Es imposible durante
estos días previos a la boda entre
el Príncipe don Felipe y
doña Letizia sustraerse a
la avalancha de noticias de todo
tipo que cae desde todos los medios
de comunicación, incluso con la
palabra hablada y directa entre
conocidos. Esto último, sobre todo,
para trasladar las hablillas menudas
y los chistes que han proliferado
exponencialmente. Pero es lo cierto
que al margen de cuáles sean
los sentimientos de los receptores
de la información, ésta se extiende
a todo lujo de detalles sobre los
preparativos de la boda, los ilustres
invitados que van confirmando su
asistencia, los regalos que va a
recibir o está recibiendo la feliz
pareja y un minucioso repaso a la
biografía de ambos. Tras este examen
de todo lo que puede interesar a
un alto porcentaje de los ciudadanos
españoles, caben pocas dudas de
que estos quedarán bien ilustrados
sobre los aspectos más sobresalientes
de unas ceremonias que llevarán
a los contrayentes a quedar en disposición
de asumir las responsabilidades
de la Corona en su momento. Bien.
Habrá que convenir que tanto el
heredero de la Corona como su hasta
ahora prometida han aplicado buenas
dosis de discreción y sencillez
en sus apariciones públicas y privadas,
considerando el rango que la Constitución
les reconoce. También está en correspondencia
con el deseo de la Casa Real de
una celebración austera sin merma
del aparato siempre ostentoso de
una boda principesca y en un marco
fastuoso como es el Palacio Real
de Madrid. Difícil la conjugación
de ambas notas, austeridad y esplendor,
pero que hasta ahora se ha conseguido
mantener en un difícil equilibrio
por parte de la Zarzuela.
Pero algo muy distinto está aconteciendo
en el entorno institucional, en
el que parece haberse establecido
una emulación a la carrera entre
los nuevos cortesanos, que ahora
descubren el deleite social del
agasajo con dinero público. Todo
el respeto y reconocimiento para
quienes obsequian con su peculio
a los herederos de la Corona; otro
tanto cabe decir de las medidas
de seguridad que se han arbitrado;
pero la largueza en aspectos suntuarios
de que están usando algunos dirigentes
de la cosa pública raya en la prodigalidad,
y adjetiva el conjunto del acontecimiento
como dispendioso ante los ojos de
un notable porcentaje de los ciudadanos.
La cuestión no tendría mayor importancia
de no tratarse de una institución
que en España se ha consolidado
gracias a la trayectoria prudente
de don Juan Carlos y doña
Sofía, que han sabido conectar
con los españoles y han rendido
a la nación importantes servicios.
Gracias a ellos, muchos, también
el que esto escribe, hemos reconvertido
unas convicciones republicanas a
la conveniencia y oportunidad de
una monarquía parlamentaria, como
elemento aglutinante de la nación
española y garantía de continuidad
y neutralidad ideológica. Pero la
monarquía, como la democracia o
las libertades, hay que preservarlas
continuamente evitando su deterioro.
El Principe parte con una buena
dosis de simpatías, pero en su papel
institucional tendrá que mantener
y aumentar las adhesiones con el
máximo d e aciertos y los mínimos
errores. Como su padre.
En estos días, en los que se acumulan
todas las aportaciones al mayor
ornato y solemnidad de la boda del
heredero, deberían cuidar algunos
representantes de instituciones
en reprimir algunos excesos de gastos
que mucha gente, que no distingue
ni tiene por qué distinguir, carga
en el debe de los contrayentes.
Y esto no es bueno ni para la institución
monárquica ni para la nación española.
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