Fernando Jáuregui
La Boda (capítulo...)
19/05/2004

Mira que se ha resistido uno a escribir sobre la boda. Básicamente, para no hacer lo mismo que los demás. Pero ya es imposible: cómo evitar lo inevitable. Para colmo, uno es periodista y a ver quién es el guapo que sortea la noticia que está en boca de todos, la noticia que está cambiando el paisaje de tu ciudad y que está llevando a muy sesudas disquisiciones sobre la forma del Estado, el papel de las monarquías en el mundo moderno o si Don Felipe ha heredado el carisma de su padre, de modo que los españoles juancarlistas se conviertan en felipistas.

No quisiera yo, en un simple artículo como éste, abordar de golpe lo que requiriría varios tratados de ciencia política, sociología y hasta relaciones internacionales. Pero, como España, esta España nuestra tan binaria, tan de blancos y negros, tan cainita y tan poco dada a los matices y a la tolerancia, se ha dividido ya en los pro-boda y los anti-boda, yo debo declararme, para comenzar, radicalmente favorable a este enlace entre el Príncipe y la periodista, perdón, ex periodista (habría que ver, no obstante, si es posible dejar de ser periodista, algo que quizá sea más un estado de espíritu que una profesión).

Estoy a favor, como lo está, pienso, la mayoría de los españoles, porque no creo que haya que cambiar las cosas que están dando buen resultado. No, al menos, por principio. Y porque he tenido la oportunidad de conocer algo a Don Felipe y algo a Doña Letizia (lo suficientemente poco como para no estar invitado a una ceremonia a la que confieso que me hubiese encantado asistir); pienso que los dos están perfectamente capacitados para entender el papel de una Monarquía en estos tiempos de cambio radical, tan poco dados a creer en sistemas feudales, en tradiciones arcaicas, en vasallajes o en regalar respeto a quien no lo merece. La Corona, ya le ocurrió en parte a Juan Carlos I, se conquista día a día, por méritos propios. Y quien será Felipe VI y su esposa representarán bien a los españoles y a sus intereses en el exterior y en el interior. Porque ¿qué otra cosa es un Rey que un equilibrio suprapartidario de las tensiones internas y el primer representante comercial y de imagen del país en el mundo?

Las primeras sensaciones, en ambos sentidos, son positivas: recuérdese la magnífica acogida del pasado fin de semana en Dinamarca. Y es cierto que ciertos aspectos de la biografía de doña Letizia no gustan en algunos segmentos de la sociedad española, pero, en cambio, a otros sectores, entre los que me cuento, son precisamente los que les parecen más acordes con los tiempos en los que vivimos, los que más acercan la personalidad de la periodista al común de los mortales.

El interés desbordante que ha suscitado este enlace muestra que la pareja tiene carisma y que cuenta no sé si aún con la declarada simpatía, pero sí con el indudable interés de la mayor parte de los ciudadanos. Ahora sólo falta todo lo demás. Pero esa es tarea que tendrán que ir cumpliendo, día a día, el futuro Rey y la futura Reina de una España que sabe que está iniciando una nueva era.

OTR/PRESS