Luis Peiro
El regalo
19/05/2004

A la Monarquía le nacen los hijos con camomila, de rubios rubísimos que son, y con los mofletes más sonrosados que a los demás mortales. Y nada como una boda principesca para desplegar glamour y magia por palacios, calles y templos. Es como si el pueblo soberano esperara embobado el evento para comprobar, en medio de tanta parafernalia real y solemnidad, hasta qué punto son distintos y casi de otro mundo sus Soberanos. De ahí la importancia de que sean lo más altos, guapos y rubios posible. Este país se permitiría muy mal un rey bajito, con bigote y cara de mala uva permanente. Las autoridades e invitados, muchos de los cuáles deben su rango al plebeyo voto de los ciudadanos, se nos vestirán de domingo y tirarán la casa por la ventana. Sacarán de los armarios sus mejores galas o acudirán al alquiler de trajes de etiqueta o al favor del traje prestado por los modistos para solo un día con el fin de estar al nivel y no desentonar ante tanta seda, uniforme de gala y Toisón de Oro desplegados. Se anuncian audiencias televisivas y shares de escándalo. Los del couché y el corazón se van a olvidar unos días de los cutres Matamoros de turno para hacer su agosto en esta fría y aún incierta primavera.

Pero para que la magia funcione y la Monarquía se mantenga esa distancia del ceremonial deberá tornarse en cercanía cuando no hay celebraciones. Al Príncipe Felipe se le ha visto mucho en la tele y en las revistas del corazón y demasiado poco en la calle. A través de algunos biógrafos y las indiscreciones de alguna prensa rosa se ha filtrado una imagen frívola del futuro Rey de España, con amistades demasiado pijas y de familias bien del país. Muy en la línea del accidentado crucero caribeño en el que la pareja celebró la despedida de su soltería. Tampoco le ayuda mucho en su popularidad la reciente construcción de su palacio que ha costado al Patrimonio Nacional cerca de 6 millones de euros, justo en un momento en el que casi parece más milagrosos que los jóvenes de su edad puedan comprarse un piso.

Hay además una leyenda, en algunos casos tradición, en las familias de abolengo según la cual son los padres quienes se sacrifican, esfuerzan e invierten para levantar y sacar a flote una empresa y luego llegan los hijos para vivir de las rentas. A la pregunta que lanza José García Abad en su magnífico y transgresor libro La soledad del Rey, ¿está la Monarquía consolidada 25 años después de la Constitución? Yo soy de los que se alinean en el bando de los que opinan que en España hay juancarlistas y no monárquicos, que esta institución anacrónica para el siglo XXI en las democracias occidentales depende mucho de la persona que la encarna.

Por eso mi regalo a los contrayentes sería una foto que seguramente Dalda, el fotógrafo de Palacio de La Zarzuela no le ha enseñado nunca a Don Felipe y dudo mucho que éste reparara en ella cuando mi buen amigo Manuel Silva, por aquel entonces director de Efe gráfica, le enseñó el poderoso archivo de fotos que posee la agencia sobre su real persona.

Está tomada el día del bautizo del Príncipe. Y en ella se ve a la Infanta Elena, una niña de cinco años llena de lazos para la ocasión que se entretiene como puede en ese evento demasiado protocolario para una niña. Y se entretiene tirando de los flecos de la borla del fajín de general con el que va vestido Francisco Franco, testigo del acto sacramental e infortunadamente -para él- colocado a la derecha de la hija primogénita del entonces Príncipe Don Juan Carlos. Habrá también cintas del archivo del NO-DO que darán más detalles de la secuencia.

No se trata de aguar la fiesta a los Príncipes de Asturias ni de recordarles todos los días que vean la instantánea que fue el dictador quien volvió a traer la Monarquía a España. Esta Monarquía debe su existencia ahora al voto de los ciudadanos al refrendar la Constitución. Pero sí es un recordatorio de todo el largo caminar de sus padres desde una dictadura a la democracia en la que el rey Juan Carlos se tuvo que batir el cobre muchas veces para hacer que los ciudadanos aceptaran que esta institución secular siga aún vigente porque es útil para los ciudadanos: lo fue para hacer la transición y para defender y consolidar la democracia. Y lo será mientras se siga ganando a la gente día a día.

Letizia, su futura esposa, puede ilustrar muy bien al Príncipe de lo efímero de la gloria, de la que es una buena muestra la TV. Basta trabucarse un día, decir mal una frase, para que salgas del plató pensando que todo el país está diciendo eso de "no sabe hablar" o, lo que es peor, "no sabe de lo que está hablando". Y al cuerno años de buen hacer ante las cámaras.

Pues eso. Póngase un marco de plata a la foto y envíese al Palacio de la Zarzuela, Casa del Príncipe. Inclúyase una tarjeta deseando mucha felicidad a los novios por el bien de todos.