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A la Monarquía
le nacen los hijos con camomila,
de rubios rubísimos que son, y con
los mofletes más sonrosados que
a los demás mortales. Y nada como
una boda principesca para desplegar
glamour y magia por palacios, calles
y templos. Es como si el pueblo
soberano esperara embobado el evento
para comprobar, en medio de tanta
parafernalia real y solemnidad,
hasta qué punto son distintos y
casi de otro mundo sus Soberanos.
De ahí la importancia de que sean
lo más altos, guapos y rubios posible.
Este país se permitiría muy mal
un rey bajito, con bigote y cara
de mala uva permanente. Las autoridades
e invitados, muchos de los cuáles
deben su rango al plebeyo voto de
los ciudadanos, se nos vestirán
de domingo y tirarán la casa por
la ventana. Sacarán de los armarios
sus mejores galas o acudirán al
alquiler de trajes de etiqueta o
al favor del traje prestado por
los modistos para solo un día con
el fin de estar al nivel y no desentonar
ante tanta seda, uniforme de gala
y Toisón de Oro desplegados. Se
anuncian audiencias televisivas
y shares de escándalo. Los del couché
y el corazón se van a olvidar unos
días de los cutres Matamoros
de turno para hacer su agosto en
esta fría y aún incierta primavera.
Pero para que la magia funcione
y la Monarquía se mantenga esa distancia
del ceremonial deberá tornarse en
cercanía cuando no hay celebraciones.
Al Príncipe Felipe se le
ha visto mucho en la tele y en las
revistas del corazón y demasiado
poco en la calle. A través de algunos
biógrafos y las indiscreciones de
alguna prensa rosa se ha filtrado
una imagen frívola del futuro Rey
de España, con amistades demasiado
pijas y de familias bien del país.
Muy en la línea del accidentado
crucero caribeño en el que la pareja
celebró la despedida de su soltería.
Tampoco le ayuda mucho en su popularidad
la reciente construcción de su palacio
que ha costado al Patrimonio Nacional
cerca de 6 millones de euros, justo
en un momento en el que casi parece
más milagrosos que los jóvenes de
su edad puedan comprarse un piso.
Hay además una leyenda, en algunos
casos tradición, en las familias
de abolengo según la cual son los
padres quienes se sacrifican, esfuerzan
e invierten para levantar y sacar
a flote una empresa y luego llegan
los hijos para vivir de las rentas.
A la pregunta que lanza José
García Abad en su magnífico
y transgresor libro La soledad
del Rey, ¿está la Monarquía
consolidada 25 años después de la
Constitución? Yo soy de los que
se alinean en el bando de los que
opinan que en España hay juancarlistas
y no monárquicos, que esta institución
anacrónica para el siglo XXI en
las democracias occidentales depende
mucho de la persona que la encarna.
Por eso mi regalo a los contrayentes
sería una foto que seguramente Dalda,
el fotógrafo de Palacio de La Zarzuela
no le ha enseñado nunca a Don Felipe
y dudo mucho que éste reparara en
ella cuando mi buen amigo Manuel
Silva, por aquel entonces director
de Efe gráfica, le enseñó
el poderoso archivo de fotos que
posee la agencia sobre su real persona.
Está tomada el día del bautizo del
Príncipe. Y en ella se ve a la Infanta
Elena, una niña de cinco
años llena de lazos para la ocasión
que se entretiene como puede en
ese evento demasiado protocolario
para una niña. Y se entretiene tirando
de los flecos de la borla del fajín
de general con el que va vestido
Francisco Franco, testigo del acto
sacramental e infortunadamente -para
él- colocado a la derecha de la
hija primogénita del entonces Príncipe
Don Juan Carlos. Habrá también cintas
del archivo del NO-DO que darán
más detalles de la secuencia.
No se trata de aguar la fiesta a
los Príncipes de Asturias ni de
recordarles todos los días que vean
la instantánea que fue el dictador
quien volvió a traer la Monarquía
a España. Esta Monarquía debe su
existencia ahora al voto de los
ciudadanos al refrendar la Constitución.
Pero sí es un recordatorio de todo
el largo caminar de sus padres desde
una dictadura a la democracia en
la que el rey Juan Carlos se tuvo
que batir el cobre muchas veces
para hacer que los ciudadanos aceptaran
que esta institución secular siga
aún vigente porque es útil para
los ciudadanos: lo fue para hacer
la transición y para defender y
consolidar la democracia. Y lo será
mientras se siga ganando a la gente
día a día.
Letizia, su futura esposa, puede
ilustrar muy bien al Príncipe de
lo efímero de la gloria, de la que
es una buena muestra la TV. Basta
trabucarse un día, decir mal una
frase, para que salgas del plató
pensando que todo el país está diciendo
eso de "no sabe hablar" o,
lo que es peor, "no sabe de lo
que está hablando". Y al cuerno
años de buen hacer ante las cámaras.
Pues eso. Póngase un marco de plata
a la foto y envíese al Palacio de
la Zarzuela, Casa del Príncipe.
Inclúyase una tarjeta deseando mucha
felicidad a los novios por el bien
de todos.
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