Rafael Torres
La boda
19/05/2004

La vía pública debe ser siempre, en cualquier caso, pública, esto es, de todos, pues es la red de espacios comunes por la que la ciudadanía se desplaza, vive y se relaciona. Sin embargo, el próximo sábado, o no desde mañana mismo, las calles del centro de Madrid, esas que sirven para dirigirse por ellas al trabajo, al cine, a casa, a los comercios, a las urgencias hospitalarias o al restaurante donde se ha quedado con la familia para celebrar algo, estarán vedadas al uso comunal, selladas al público disfrute. De semejante dislate o trasgresión cívica se infiere que, por el mero designio nupcial de unos jóvenes bien situados o de la Institución que se sirve de ellos para sobrevivir en el tiempo, una buena parte de los habitantes de la ciudad serán despojados de sus más elementales derechos sobre ella.

Dejando a un lado cualquier otra consideración sobre esa boda (el descomunal derroche de seguridad, figuración, ornato y cuchipanda; su carácter no civil, sino adscrito a una confesión religiosa; el intento de, mediante la propaganda masiva, convertir una celebración personal en símbolo de sucesión dinástica...), dejando todo esto a un lado, lo cual es mucho dejar, es el del gran perjuicio a la ciudadanía el aspecto más relevante, pues la democracia no es sino un constante y sutil encaje de bolillos entre los derechos de unos y otros. ¿No podrían estas bodas de gran aparato y magnificencia, por ventura, celebrarse en las afueras?

Una ciudad no es, se ponga uno como se ponga, un recinto, ni un salón, ni un escenario, ni una pasarela, sino un ámbito común que, por su naturaleza, ha de estar siempre expedito para la celebración sencilla y cotidiana de la libertad de movimientos. ¿No sería más adecuado, ya digo, trasladar la representación del sábado a un espacio (El Pardo, La Zarzuela, La Granja, Aranjuez...) donde no invadiera ese otro donde ha de desenvolverse libremente y sin restricciones el conjunto de la comunidad? Porque no hay nada más triste, ni más desolador, que una ciudad como Madrid, tan abierta, cerrada.

OTR/PRESS