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Es la broma del momento, -esta boda
me está haciendo republicano- que,
sin embargo, habría que considerar
con cierta prevención: son, en efecto,
muchos los ciudadanos que vienen
expresando algún grado de queja
o de protesta por alguna clase de
los inevitables inconvenientes que
origina la boda del Príncipe don
Felipe y doña Letizia.
Son expresiones espontáneas que
han provocado las extraordinarias
medidas de seguridad adoptadas,
los cortes de determinadas calles
de la ciudad, las desviaciones del
tráfico en otras... Luego, a poco
que se consideran esas quejas, sucede
que la mayor parte de quienes las
expresan son y se muestran perfectamente
comprensivos: es normal que se hayan
adoptado medidas extraordinarias
de seguridad, es lógico que la tragedia
del 11-M haya hecho extremar esas
medidas, sobre todo, ante la presencia
de varios centenares de personalidades
que han llegado de todo el mundo
para asistir a la ceremonia religiosa
y civil por cuya virtud la Monarquía
española dispondrá de la esperada
vía para su continuidad.
Pero no es menos cierto que resulta
sumamente difícil determinar en
qué punto una celebración empieza
a resultar una tortura o un suplicio
difíciles de soportar. La programación
de las televisiones, por ejemplo,
han bordeado, también, los límites
de lo tolerable. Me contaba un amigo,
que se declara escasamente "televisionario",
que en estos últimos días ha llegado
a ver hasta cinco veces, en distintos
programas de televisión, las imágenes
del bautizo del infante don Felipe,
príncipe de Asturias. Se han recuperado
imágenes del novio correspondientes
a su más tierna infancia, de jovencito,
de escolar, de alumno de las escuelas
militares... Y desde el mediodía
del sábado deberemos estar mentalizados
para contemplar una y otra vez el
"sí, quiero" de los novios,
que ya serán esposos, herederos
de la Corona de España. Es inevitable,
y bastará recordar los años durante
los que la pregunta que se hacía
una y otra vez tanto al Príncipe
como a sus padres era la misma:
Cuándo se casará...
Pues bien, llega el momento. Dicen
quienes han tratado al príncipe
don Felipe que su relación con doña
Letizia, en los últimos meses, lo
ha hecho más tratable, simpático
y abierto. Más inclinado a participar
de los problemas de sus conciudadanos.
O lo que es lo mismo, que doña Letizia
ejerce sobre él una influencia positiva.
Ojalá se mantenga y perviva mucho
más allá de la ilusión inicial o
de los primeros años.
El presidente Rodríguez Zapatero
expresaba días atrás su deseo de
que la felicidad de los novios refleje
la felicidad de los ciudadanos de
la Nación. O viceversa: que la pareja
real venga a ser reflejo de un pueblo
que "progresa razonablemente",
como dicen ahora las anotaciones
escolares.
El pueblo, la ciudadanía, con toda
certeza, se ha sumado a esa clase
de buenos deseos y, a su modo y
por su cuenta, habrá tenido su propia
celebración y adhesión a las ceremonias...
OTR/PRESS
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