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Preboda en vena;
fue sin querer pero no arrepiento
lo más mínimo: ayer bajé por la
Gran Vía y se me aparecieron, en
plena primavera, una especie de
árboles de navidad zen colgados
de las farolas. No son verde abeto,
claro, pero las espirales cuelgan
doradas -el dorado resulta siempre
muy vistoso y muy real- y no sé
si es por deformación ornamentística
o por qué, pero el caso es que me
sonaban, ya digo, a Navidad, a Reyes
Magos, a ángeles anunciadores.
Tiré luego por Mayor hacia Bailen
y justo al final de la calle del
Ayuntamiento, está la tienda de
los suvenires, todo un espacio dedicado
al real enlace en el que puedes
comprarte de la horterada más pequeña
a la mas grande de las horteradas,
amén de toda clase de horteradas.
Dicho lo cual, que no se me enfade
el dueño porque yo también compré,
que quede claro, lo mismo que compró,
según cuentan las crónicas la Infanta
Elena. Aquí somos todos muy finos
y exclusivos hasta que nos pone
delante y por un euro la consabida
taza con las caras del Príncipe
Felipe y doña Leticia estampadas
junto al mango. Picamos todos. Porque
en la tienda -desengáñense- había
algunos japoneses muy serios pero
la mayoría eran españoles que hacían
risas mirando los objetos y entre
risa y risa pillaban un dedal, un
abanico o una moneda o un plato
con el canto purpurina.
Cumplido el rito de la compra, sigo
hasta situarme frente a la catedral
de la Almudena, ese espanto que
siempre fue un espanto y que Monseñor
Rouco -con el debido respeto- ha
terminado de espantar gracias a
la inestimable colaboración de un
tal Kiko Argüello que Dios confunda
y luego perdone. Las cercanías de
Palacio y la Catedral eran un continuo
ir y venir de guiris, policías,
trabajadores de TVE y curiosos.
La gente esperaba paciente por si
había un ensayo de última hora y
aparecía sobre todo Froilán que
se ha ganado el cariño del pueblo
gracias una rara habilidad: hacer
que lleva la cola de la Novia y
a la vez ir dando patadas a una
lata. Habría que contar con Froilán
para algo más, es total.
Como ya se hacía de noche, seguí
la senda de los elefantes y guiándome
sólo por los flashes logré ver Madrid
convertido por obra y gracia de
los rayos láser en una especie de
Disneyword incomprensible para mí
aunque respetable aunque yo creo
que se les ha ido la mano en los
fucsias, rosas y otros colores que
suenan como a película de dibujos
animados o a gelatina americana.
Y flores, muchas flores por todos
los sitios, y telones, muchos telones
por todos los sitios, y policía,
mucha policía por casi todos los
sitios.
A los que no vi fue a los protestantes
de la cosa, un grupo que decide
manifestarse contra la boda de la
misma forma que el ayuntamiento
de Barcelona decide nombrar a la
ciudad capital antitaurina: contra
el pueblo o al menos contra la mayoría
del pueblo. Pero está bien eso de
crear problemas donde no lo hay.
Termino mi periplo y llego a casa.
Me despido del coche porque hoy
ya me habrán cerrado la calle. Es
molesto, desde luego, pero no insoportable.
¿Qué quieren que les diga? ¿Esperaban
una severa crítica? Pues no. En
el fondo a mi estos líos me gustan,
me hacen gracia y me rompen el mortal
aburrimiento del día a día. Para
aburrirse ya están ahí la elecciones
europeas, que esas si que no me
interesan nada.
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