Andrés Aberasturi
Crónica del día antes
21/05/2004

Preboda en vena; fue sin querer pero no arrepiento lo más mínimo: ayer bajé por la Gran Vía y se me aparecieron, en plena primavera, una especie de árboles de navidad zen colgados de las farolas. No son verde abeto, claro, pero las espirales cuelgan doradas -el dorado resulta siempre muy vistoso y muy real- y no sé si es por deformación ornamentística o por qué, pero el caso es que me sonaban, ya digo, a Navidad, a Reyes Magos, a ángeles anunciadores.

Tiré luego por Mayor hacia Bailen y justo al final de la calle del Ayuntamiento, está la tienda de los suvenires, todo un espacio dedicado al real enlace en el que puedes comprarte de la horterada más pequeña a la mas grande de las horteradas, amén de toda clase de horteradas. Dicho lo cual, que no se me enfade el dueño porque yo también compré, que quede claro, lo mismo que compró, según cuentan las crónicas la Infanta Elena. Aquí somos todos muy finos y exclusivos hasta que nos pone delante y por un euro la consabida taza con las caras del Príncipe Felipe y doña Leticia estampadas junto al mango. Picamos todos. Porque en la tienda -desengáñense- había algunos japoneses muy serios pero la mayoría eran españoles que hacían risas mirando los objetos y entre risa y risa pillaban un dedal, un abanico o una moneda o un plato con el canto purpurina.

Cumplido el rito de la compra, sigo hasta situarme frente a la catedral de la Almudena, ese espanto que siempre fue un espanto y que Monseñor Rouco -con el debido respeto- ha terminado de espantar gracias a la inestimable colaboración de un tal Kiko Argüello que Dios confunda y luego perdone. Las cercanías de Palacio y la Catedral eran un continuo ir y venir de guiris, policías, trabajadores de TVE y curiosos. La gente esperaba paciente por si había un ensayo de última hora y aparecía sobre todo Froilán que se ha ganado el cariño del pueblo gracias una rara habilidad: hacer que lleva la cola de la Novia y a la vez ir dando patadas a una lata. Habría que contar con Froilán para algo más, es total.

Como ya se hacía de noche, seguí la senda de los elefantes y guiándome sólo por los flashes logré ver Madrid convertido por obra y gracia de los rayos láser en una especie de Disneyword incomprensible para mí aunque respetable aunque yo creo que se les ha ido la mano en los fucsias, rosas y otros colores que suenan como a película de dibujos animados o a gelatina americana. Y flores, muchas flores por todos los sitios, y telones, muchos telones por todos los sitios, y policía, mucha policía por casi todos los sitios.

A los que no vi fue a los protestantes de la cosa, un grupo que decide manifestarse contra la boda de la misma forma que el ayuntamiento de Barcelona decide nombrar a la ciudad capital antitaurina: contra el pueblo o al menos contra la mayoría del pueblo. Pero está bien eso de crear problemas donde no lo hay. Termino mi periplo y llego a casa. Me despido del coche porque hoy ya me habrán cerrado la calle. Es molesto, desde luego, pero no insoportable. ¿Qué quieren que les diga? ¿Esperaban una severa crítica? Pues no. En el fondo a mi estos líos me gustan, me hacen gracia y me rompen el mortal aburrimiento del día a día. Para aburrirse ya están ahí la elecciones europeas, que esas si que no me interesan nada.