Fernando Reinlein
La Boda, las luces y la República
21/05/2004

Monárquicos y Republicanos. Parecen términos contrapuesto e irreconciliables de un pasado remoto, pero la realidad es que dejaron de serlo, según piensan los juancarlistas que entienden la monarquía parlamentaria española como algo que ha sido útil a la convivencia. "Una especie de república coronada que nos ha venido muy bien", recordaba estos días un ilustre cocinero aficionado al análisis político.

Pero existen, además de los republicanos tradicionales -y no se entienda por tradicionales a quienes llevan a las espaldas el peso de los años- los monárquicos tradicionales. Y tal parece que se han puesto de acuerdo para reavivar un sentimiento que permanecía dormido en la moderna sociedad española.

Según publica la Prensa en estos días, hubo una sugerencia real el pasado año para que le reforma constitucional, en los referente a la igualdad de derechos por razón de sexo en lo referente a los herederos de la Corona, se realizase antes de la boda del príncipe Felipe El PSOE manifestó su acuerdo, pero Aznar, que por entonces demonizaba cualquier deseo reformista de la Carta Magna, lo impidió.

Y se ha entrado en un proceso complicadísimo de orden legal que nos lleva a desear, para evitar complicaciones, que el próximo embarazo de Letizia Ortíz alumbre un niño para facilitar las cosas. La verdad es que al Rey Juan Carlos, los otros y los otros le están complicando las cosas de manera inesperada.

Y en este estado de cosas se presenta la boda real como una especie de cuento de hadas tan del agrado del público en general, en el que un príncipe y una plebeya, son los protagonistas. La ciudad de Madrid, se dice, aprovecha el gran evento para mostrarse al mundo a través de más de mil millones de espectadores en todo el mundo. Y, como es lógico se engalana para ello.

Cientos de miles de flores son distribuidas por la ciudad, los edificios en obras, por donde pasará la comitiva, se cubren con enormes "tapices" perecederos con motivos del cielo de Madrid y se organiza un espectáculo de luz en edificios, plazas y fuentes emblemáticas. Y en este último apartado, surge la sorpresa.

El miércoles por la noche se armó la marimorena en las calles de la capital. Los medios de comunicación, sobre todo los públicos, lanzan al personal a las calles -el personal es fácilmente lanzado, por otra parte, en estos casos- al resaltar la belleza, simbolismo y colorido de la obra que se estrena en calles y plazas.

Pero quienes paseamos, o intentamos pasear, esa noche vimos cosas muy curiosas. Por ejemplo: la falta de previsión del Ayuntamiento de Madrid ante lo que era previsible. Un gentío tratando de ver ese cielo de tarde noche primaveral que se decía se representaba en la iluminación, miles de coches colapsando la ciudad, la imposibilidad de llamar un taxi, heridos leves, actuación del Samur como mejor podía…Y algo más.

Alguien se había referido a la iluminación como un pastel al mejor estilo de Disneylandia. Otros habían ido más lejos al comparar, y creo que con razón,algunas de las iluminaciones con casas de putas de carretera, pero a lo bestia. Los enormes focos para iluminar el cielo nocturno, eran hilillos de luz comparados con los que nos ofrecen, un sábado cualquiera, algunas ciudades tanto europeas como españolas.

Y luego estaban los tonos de los colores.

Un hombre de edad incierta le preguntaba a un amigo al pasar por Cibeles, Neptuno y El Prado.

- Oye..esos colores¿ No te dicen nada?

- Pues bien mirado…ahora que lo dices…

Al poco rato, estos dos amigos y otros tarareaban, con voz queda, pero inconfundible, el himno de Riego.

¿Quién ha engañado al Alberto Ruiz Gallardón?