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Monárquicos y Republicanos.
Parecen términos contrapuesto e
irreconciliables de un pasado remoto,
pero la realidad es que dejaron
de serlo, según piensan los juancarlistas
que entienden la monarquía parlamentaria
española como algo que ha sido útil
a la convivencia. "Una especie
de república coronada que nos ha
venido muy bien", recordaba
estos días un ilustre cocinero aficionado
al análisis político.
Pero existen, además de los republicanos
tradicionales -y no se entienda
por tradicionales a quienes llevan
a las espaldas el peso de los años-
los monárquicos tradicionales. Y
tal parece que se han puesto de
acuerdo para reavivar un sentimiento
que permanecía dormido en la moderna
sociedad española.
Según publica la Prensa en estos
días, hubo una sugerencia real el
pasado año para que le reforma constitucional,
en los referente a la igualdad de
derechos por razón de sexo en lo
referente a los herederos de la
Corona, se realizase antes de la
boda del príncipe Felipe
El PSOE manifestó su acuerdo, pero
Aznar, que por entonces demonizaba
cualquier deseo reformista de la
Carta Magna, lo impidió.
Y se ha entrado en un proceso complicadísimo
de orden legal que nos lleva a desear,
para evitar complicaciones, que
el próximo embarazo de Letizia
Ortíz alumbre un niño para facilitar
las cosas. La verdad es que al Rey
Juan Carlos, los otros y los
otros le están complicando las cosas
de manera inesperada.
Y en este estado de cosas se presenta
la boda real como una especie de
cuento de hadas tan del agrado del
público en general, en el que un
príncipe y una plebeya, son los
protagonistas. La ciudad de Madrid,
se dice, aprovecha el gran evento
para mostrarse al mundo a través
de más de mil millones de espectadores
en todo el mundo. Y, como es lógico
se engalana para ello.
Cientos de miles de flores son distribuidas
por la ciudad, los edificios en
obras, por donde pasará la comitiva,
se cubren con enormes "tapices"
perecederos con motivos del cielo
de Madrid y se organiza un espectáculo
de luz en edificios, plazas y fuentes
emblemáticas. Y en este último apartado,
surge la sorpresa.
El miércoles por la noche se armó
la marimorena en las calles de la
capital. Los medios de comunicación,
sobre todo los públicos, lanzan
al personal a las calles -el personal
es fácilmente lanzado, por otra
parte, en estos casos- al resaltar
la belleza, simbolismo y colorido
de la obra que se estrena en calles
y plazas.
Pero quienes paseamos, o intentamos
pasear, esa noche vimos cosas muy
curiosas. Por ejemplo: la falta
de previsión del Ayuntamiento de
Madrid ante lo que era previsible.
Un gentío tratando de ver ese cielo
de tarde noche primaveral que se
decía se representaba en la iluminación,
miles de coches colapsando la ciudad,
la imposibilidad de llamar un taxi,
heridos leves, actuación del Samur
como mejor podía…Y algo más.
Alguien se había referido a la iluminación
como un pastel al mejor estilo de
Disneylandia. Otros habían ido más
lejos al comparar, y creo que con
razón,algunas de las iluminaciones
con casas de putas de carretera,
pero a lo bestia. Los enormes focos
para iluminar el cielo nocturno,
eran hilillos de luz comparados
con los que nos ofrecen, un sábado
cualquiera, algunas ciudades tanto
europeas como españolas.
Y luego estaban los tonos de los
colores.
Un hombre de edad incierta le preguntaba
a un amigo al pasar por Cibeles,
Neptuno y El Prado.
- Oye..esos colores¿ No te dicen
nada?
- Pues bien mirado…ahora que lo
dices…
Al poco rato, estos dos amigos y
otros tarareaban, con voz queda,
pero inconfundible, el himno de
Riego.
¿Quién ha engañado al Alberto
Ruiz Gallardón?
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