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La boda del siglo,
según se ha venido denominando,
se llevó a cabo de acuerdo con los
preparativos realizados y sin que
nada ni nadie turbara ese desarrollo.
Con la lluvia también se contaba:
la habían anunciado como inevitable
los hombres del tiempo y estuvo
profusa y abundante. Ojalá haya
sido el vaticinio de la fertilidad
que, también se espera de la pareja.
Y ahora, después de una jornada
en la que las televisiones proporcionaron
una y otra vez las imágenes de los
asistentes y una vez que los presuntos
especialistas debatieron acerca
de la oportunidad de cada modelo,
y determinaron los mejores y los
menos adecuados, estamos en la situación
en la que ya tenemos Príncipes herederos
de la Corona española, parece que
entusiasmados y enamorados, por
más que se hayan podido escuchar
algunas críticas como una cierta
ausencia de pasión visible, de besos
apasionados, entre los contrayentes.
Después de todo, el público, presente
o ausente, reclamaba lo mismo que
hace en cualquiera de las bodas
a las que es invitado: que se besen,
y a esa voluntad resultaron escasamente
complacientes los novios. Pero hay
que decir que funcionaron perfectamente
los servicios del Estado, o del
Municipio, puestos en marcha para
atender a las necesidades que planteaba
esta boda "de Estado y por amor",
al mismo tiempo. Los veinte mil
policías que dieron seguridad al
acontecimiento estaban en su lugar
desde las seis de la mañana.
Y la guardia real, y los policías
de las Harley Davidson, y los servicios
de limpieza, y los sanitarios del
Samur, y el cardenal Rouco,
y el alcalde Gallardón. Cada
cual estuvo donde debía. Y a los
postres del ágape de ilustrísimos
invitados, el Príncipe dijo
lo que de él cabía esperar: "Soy
un hombre feliz porque me he casado
con la mujer que amo". Sin que
faltara el gran propósito de actuación
de la pareja recién constituida:
"Siempre pensaremos en España",
dijo.
Y don Juan Carlos, jefe de
la Casa Real y padre del Príncipe
heredero, recordó y destacó de la
pareja que les "anima la pasión
de servir a este gran país, diverso
y plural". Probablemente fue
el mensaje más político y trascendente,
por cuanto recordaba la razón de
ser de la institución monárquica
-servir al país-, y el tipo o circunstancia
del país al que servirán en su momento:
Un país grande, diverso y plural.
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