Antonio Pérez Henares
Avergonzado
23/05/2004


Pues si. Vergüenza. Esta es la sensación que en la tarde del sábado me fue creciendo hasta hacerme apagar el televisor. Esperaba el exceso y estaba preparado para el agobiante repetirse de imágenes, gestos, caras y lugares comunes en las palabras de los presentadores. Para eso si estaba dispuesto, lo mismo que los auténticos profesionales que en las diferentes cadenas aguantaron con entereza y veteranía el chaparrón, y nunca mejor dicho, que se les vino encima.

Pero no estaba preparado para lo de la tarde. Ahí las bandadas de mamarrachos bien pagados que la estupidez colectiva ha convertido en estrellas mediáticas cayeron como bandada de grajas y grajos sobre la pantalla y convirtieron el día en una prolongación de sus miserias personales, de sus amaneramientos, cursilería, zafiedad y cortedad mental y, en suma, en el basurero que son hoy toda esta gama de programas reflejo de la penuria intelectual y moral de una parte de la sociedad española.

Salvo muy honrosas excepciones por allí no asomaba un periodista ni un historiador, ni nadie que en una fecha que tanto puede significar para nuestra historia hiciera una reflexión de mínima inteligencia. ¡Quia! Esa era la peor reunión de barraganas de lujo, de maricones desatados (si, maricones es como les llaman mis amigos homosexuales a esos), de adefesios con ínfulas y de una caterva de protocolarios visigóticos autoerigidos en árbitros de elegancias y presuntas reglas de comportamientos dedicados al viejo oficio de despellejar a quien no puede defenderse y ante quien si lo tuvieran delante se desharían en zalemas y babosos agasajos.

Que eso, cuente el lo quiera es lo que le pasó el otro día a Peñafiel -mascarón de proa de esta cofradía y que ha chupado más plano y más horas que los propios Príncipes de Asturias- ante Letizia Ortíz. Los testigos relatan su atropellado balbuceo, su vergonzante intento de escapar y en absoluto ninguna agudeza en respuestas ni la dignidad de gesto que ha pretendido colocar.

Pero el sábado, impunes y en su salsa, ridículos en su desvergüenza que confunden con libertad y en su zafiedad que pretenden colar independencia crítica me hicieron, y conmigo creo que a muchos, avergonzarme en mi condición de periodista. Porque puede la gente confundir a tales pajarracos con esta honrada aunque canalla profesión, por cierto la que la novia ejerció con apego y dignidad, y que ellos ensucian y arrastran tarde a tarde y noche a noche por los estercoleros.

OTR/PRESS