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Pues si. Vergüenza. Esta es la sensación
que en la tarde del sábado me fue
creciendo hasta hacerme apagar el
televisor. Esperaba el exceso y
estaba preparado para el agobiante
repetirse de imágenes, gestos, caras
y lugares comunes en las palabras
de los presentadores. Para eso si
estaba dispuesto, lo mismo que los
auténticos profesionales que en
las diferentes cadenas aguantaron
con entereza y veteranía el chaparrón,
y nunca mejor dicho, que se les
vino encima.
Pero no estaba preparado para lo
de la tarde. Ahí las bandadas de
mamarrachos bien pagados que la
estupidez colectiva ha convertido
en estrellas mediáticas cayeron
como bandada de grajas y grajos
sobre la pantalla y convirtieron
el día en una prolongación de sus
miserias personales, de sus amaneramientos,
cursilería, zafiedad y cortedad
mental y, en suma, en el basurero
que son hoy toda esta gama de programas
reflejo de la penuria intelectual
y moral de una parte de la sociedad
española.
Salvo muy honrosas excepciones por
allí no asomaba un periodista ni
un historiador, ni nadie que en
una fecha que tanto puede significar
para nuestra historia hiciera una
reflexión de mínima inteligencia.
¡Quia! Esa era la peor reunión de
barraganas de lujo, de maricones
desatados (si, maricones es como
les llaman mis amigos homosexuales
a esos), de adefesios con ínfulas
y de una caterva de protocolarios
visigóticos autoerigidos en árbitros
de elegancias y presuntas reglas
de comportamientos dedicados al
viejo oficio de despellejar a quien
no puede defenderse y ante quien
si lo tuvieran delante se desharían
en zalemas y babosos agasajos.
Que eso, cuente el lo quiera es
lo que le pasó el otro día a Peñafiel
-mascarón de proa de esta cofradía
y que ha chupado más plano y más
horas que los propios Príncipes
de Asturias- ante Letizia Ortíz.
Los testigos relatan su atropellado
balbuceo, su vergonzante intento
de escapar y en absoluto ninguna
agudeza en respuestas ni la dignidad
de gesto que ha pretendido colocar.
Pero el sábado, impunes y en su
salsa, ridículos en su desvergüenza
que confunden con libertad y en
su zafiedad que pretenden colar
independencia crítica me hicieron,
y conmigo creo que a muchos, avergonzarme
en mi condición de periodista. Porque
puede la gente confundir a tales
pajarracos con esta honrada aunque
canalla profesión, por cierto la
que la novia ejerció con apego y
dignidad, y que ellos ensucian y
arrastran tarde a tarde y noche
a noche por los estercoleros.
OTR/PRESS
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