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Todo se había preparado
con mimo, con celo, sin olvidar
los atentados del 11-M, ni sus terribles
consecuencias, pero lo que nadie
podía prever es que empezase a llover
torrencialmente en el preciso instante
en que Doña Letizia tenía
que empezar a caminar sobre la alfombra
roja que la conduciría hasta la
puerta de la Basílica de La Almudena.
Un corto paseo que nos permitiría
ver con detalle el traje, la cola,
el velo, los zapatos, el ramo, y
la diadema. Y que ayudaría a la
novia a relajar la tensión después
de días de intensa actividad. No
pudo ser. A toda prisa tuvieron
que recogerla en un rolls que segundos
después la dejó en la puerta Principal
de la Almudena, desde donde accedió
al templo con los nervios a flor
de piel.
Un contratiempo que deslució la
ceremonia y que influyó en el ánimo
de los contrayentes, muy especialmente
de Doña Letizia, que hasta bien
entrada la mañana no logró relajar
el semblante. Se le ha criticado
a la novia su frialdad -que definiría
de emoción contenida-, el que no
se dieran besos 'de tornillo'. Poco
hablan de la complicidad de la pareja,
de cómo le mira Doña Letizia al
Príncipe -se le come con los ojos-,
de los apretones de mano, de las
palabras que intercambiaron en el
altar...
A los más puntillosos tampoco les
ha gustado el traje, ni el peinado,
ni la forma de llevar el velo, lo
que me reafirma en lo difícil que
lo va a tener una mujer que hasta
antes de ayer era una presentadora
de televisión que se comía la pantalla,
con la que nadie se metía porque
era eso, una presentadora a secas.
Pero a la que hoy nadie perdona
el más mínimo fallo.
Me consta que Doña Letizia apenas
si durmió un par de horas antes
de enfrentarse al día más importante
de su vida. Se había acostado tardísimo,
ya que tuvieron que permanecer en
El Pardo -donde los Reyes
ofrecieron la víspera de la boda
una cena a sus invitados-, hasta
que el último de ellos se marchó
del Palacio. Al día siguiente a
las seis de la mañana ya estaba
en el Palacio Real donde se vistió
y peinó con el fin de que nadie
la viera antes de su aparición pública.
A mí me gustó el traje, digno de
un prestigioso diseñador como es
Pertegaz. ¿Qué estuvo comedida
en los gestos? Sí, pero lo normal
en un marco que invitaba poco a
la emoción. Y sin embargo no dejó
de mirar a Don Felipe, ni
hacia donde se encontraban sus abuelos,
sus padres, sus hermanas, sus primos.
Seguramente porque sabía que era
de ahí de donde más cariño recibirá
siempre, en cualquier circunstancia
en la que se encuentre, porque es
un cariño desinteresado y generoso,
que se hizo presente cuando su abuela
Menchu leyó ese párrafo que
decía: "El amor es comprensivo,
el amor disculpa sin límites, espera
sin límites, aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca".
Que así sea.
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